Un cuerpo, muchos miembros… (1)


Con este título, presentamos la primera parte de un trabajo sobre los dones espirituales, en la perspectiva del Cuerpo de Cristo, de la pluma de Antoni Mendoza i Miralles. Escrito originalmente en catalán, ofrecemos aquí la traducción castellana, con la esperanza que más adelante se publique en formato de libro impreso.

Nuestro deseo ha sido recoger en esta introducción ciertos elementos previos que Pablo presentó a sus lectores, bajo la inspiración del Espíritu Santo, para que contextualizarán los dones dentro de una vida cristiana espiritual. La grave situación que provocó la manifestación de los dones espirituales a Corintio, fue motivada, básicamente, por el hecho de que los hermanos olvidaron que las tareas espirituales no se pueden llevar a cabo sin una auténtica vida espiritual, o sea, sin experimentar los beneficios de la Cruz de Cristo y la plenitud del Espíritu Santo.
Cuando Pablo escribió a la Iglesia de Roma sobre los dones, en el capítulo 12 de la Epístola a los Romanos, en primer lugar los exhortó a ofrecerse en sacrificio a Dios, y a tener un autoconcepto juicioso. Cuando escribió a la Iglesia de Efes, les va exhortado a andar|caminar de una manera digna de la vocación en que habían sido llamados.
El Señor presenta de esta manera el lugar|sitio central que ocupa la función sacerdotal en la vida del cristiano. Igual que el sacerdote de la dispensación de la Ley tenía que oficiar en primer lugar a favor suyo, antes de hacerlo en beneficio de los otros, a los sacerdotes de la dispensación de la Gracia tenemos que venir en primer lugar a ofrecernos a nosotros mismos a Dios en sacrificio, por|para poder llevar a cabo después nuestra tarea a favor de los otros. Tenemos que ofrecer nuevamente nuestros cuerpos, que es el medio por|para el cual se manifiesta externamente nuestra vida, a morir al pecado, porque únicamente de esta manera podemos ser unos instrumento que lleven a cabo la voluntad de Dios. Eso involucra a nuestra voluntad regenerada que, conociendo y queriendo hacer la voluntad de Dios, puede aceptar romper el molde en que este mundo pecador nos quiere aprisionar|encarcelar, para disfrutar de una experiencia transformadora, de metamorfosis, en nuestra mente, de manera que la mente carnal se convierta en una mente espiritual conformada con la mente de Cristo (1Co 2:16b). Si primero no «discernimos» la voluntad del Señor, y la consideramos como a «buena y agradable y perfecta», será imposible ser de provecho espiritual en los otros.
Pablo, después de exhortar a los hermanos de Roma a oficiar de forma sacerdotal en propio beneficio, se dirigió a cada uno de ellos «individualmente» por indicar-lis su necesidad de tener un correcto autoconcepto. No habla de «mejorar el autoconcepto», ni de tener un «buen autoconcepto», que son las propuestas que a menudo escuchemos en nuestra sociedad; habla de tener un «autoconcepto correcto». El autoconcepto cristiano se encuentra regulado por la gracia de Dios. La gracia hace imposible que tengamos un «autoconcepto» más alto de lo que conviene tener, ya que si somos alguna cosa lo somos por|para la gracia de Dios, y no por ningún mérito propio. Pero la gracia de Dios tampoco permite que nuestro autoconcepto sea más bajo de lo que conviene, ya que la gracia de Dios nos ha hecho unas nuevas criaturas participantes de la vida divina (2Pe 1:4), y miembros de la familia de Dios (Ef 2:19; Gà 3:26). Un autoconcepto correcto quiere decir «un concepto juicioso de sí mismo», y eso es básico para entender como es debido lo que significa ser miembro del cuerpo de Cristo con una función específica, en medio de otros miembros con otras funciones específicas.
Cuando Pablo escribió a la Iglesia de Efes, en el capítulo 4, los exhortó a «andar|caminar de una manera digna de la vocación en que habéis sido llamados». Los cristianos hemos sido llamados a identificarnos con Cristo (Fl 3:10, 12-12), que incluye el hecho de conducirnos con toda humildad, mansedumbre, longanimidad y amor; y también a tener una solicitud especial para «guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz». Y eso, estableciendo la centralidad de la persona y de la obra de Cristo, como la base por|para la que recibimos los dones que nos permitirán participar en la edificación de su Cuerpo.
Hemos querido recoger esta «exhortación» del apóstol Pablo, por|para evitar que entremos a considerar un tema «espiritual», sin incorporar, en la propia experiencia como cristianos, laso santas verdades que Dios ha tenido a bien dejarnos en su santa Palabra para experimentarlas; dado que únicamente incorporándolas podremos vivir y manifestar lo que verdaderamente es la Iglesia de Dios, y eso en la comunión de la Iglesia local.
PRINCIPIOS GENERALES
Significado de la palabra don
La palabra que encontramos transcrita en nuestras biblias como don, traduce diferentes palabras griegas que refieren a aspectos diferentes.
Uno de ellos es la palabra griega doma, que habla tanto de la acción de dar como de la cosa dada. Ésta palabra se ha traducido a Efesios por «dones» (Ef 4:8), con el significado de «buenas dádivas», que es como se traduce la misma palabra en los Evangelios (Mt 7:11; Lc 11:13), y a Filipenses por «dádivas» (Fil 4:17).
Otra palabra es doron, que indica un presente que no siempre es gratuito, ni desprovisto de una cognotació de recompensa (Mt 2:11 comp. Ap 11:10).
Otro es doreà, que acentúa su carácter de gratuidad, y, en el Nuevo Testamento, siempre se refiere a un don espiritual o sobrenatural (Ef 3:7).
Otro es dosis, que habla de aquello que Dios da, como poseedor de todas las cosas (Fil 4:15; Stg 1:17).
Otro, seguramente el más conocido, es carisma, un don de gracia: ésta es la palabra que nos interesa en este contexto. Se utiliza en el Nuevo Testamento para hablar:

  • del don de la vida eterna (Rm 6:23 comp. 5:15).
  • de los dones que Dios dio a Israel (Rm 11:29).
  • del don de quedar soltero o casado (1Co 7:7).
  • del don como respuesta a la plegaria (2Co 1.11).
  • de los dones espirituales dados a los creyentes para servicio: hablando de ellos de manera general (1Co 12:4, 31; 1Pe 4:10); o de una manera particular hablando del don de curaciones (1Co 12:9. 28, 30), y de evangelista (1Tm 4:14; 2Tm 1:6

Un Cuerpo, muchos miembros, y diferentes funciones (Ro 12:4-8)
Una de las figuras que ilustran lo que es la Iglesia es la de un cuerpo humano. El cuerpo humano es una realidad bastante compleja, pero la Escritura la presenta de una manera sencilla, excesivamente sencilla, dirían algunos.
La verdad es que las realidades espirituales nos son presentadas en las Escrituras como realidades sencillas, aunque esconden una complejidad que supera nuestra comprensión. Parecería que Dios quiere que nos demos cuenta de su simplicidad, y que dejemos su complejidad en sus manos. Lo cierto es que los «cristianos» a menudo hacemos complejo lo que se nos presenta de una manera sencilla, y una de las cosas que tenemos especial tendencia a hacer compleja es lo que tiene relación con la organización de la Iglesia.
La figura aquí incluye tres ideas bien sencillas: un cuerpo, muchos miembros, diferentes funciones. Éstas hablan de unidad, diversidad en la unidad, y funcionalidad. No tenemos que entrar más a fondo en la figura de lo que Dios quiere que penetramos bajo la indicación del escritor sagrado.
La figura se centra en «un cuerpo», como una realidad cumplida y suficiente en ella misma; y se hace corresponder con los cristianos siendo «un cuerpo Cristo». Todos los cristianos somos una sola realidad, y ésta es una realidad corporativa, integrada, cumplida y suficiente. No se puede desintegrar, ya que su desintegración haría que el cuerpo quedara incompleto, y que la parte separada se muriera. Es una unidad vital interrelacionada, bajo una dirección centralizada y única, que es la de la cabeza.
A pesar de formar una unidad vital, está constituido por partes funcionales identificables, que siempre actúan en dependencia e interacción con las otras partes y con el todo. Estas partes, llamadas «miembros», son muchas, aunque dado que actúan en la unidad del cuerpo no siempre tenemos conciencia de su multiplicidad. El cuerpo, no sería cuerpo sin ellas, ni ellas tendrían existencia fuera de la unidad del cuerpo. La Iglesia, a pesar de ser una unidad vital, está formada por muchas partes, por muchas personas, pero ningún cristiano independientemente es Iglesia, los cristianos somos Iglesia debido a nuestra unidad vital en el Cuerpo de Cristo. Es en Cristo que uno se puede convertir en Iglesia, como parte de ella; pero no se puede vivir esta realidad fuera de la vinculación con Cristo, que equivale a decir con la vinculación al Cuerpo de Cristo.
Sin embargo, el cierto es que en el cuerpo humano cada miembro no ocupa un lugar sin más. Cada «miembro», como parte, ocupa un lugar concreto y permanente en el Cuerpo, como dice Pablo: «Mas ahora Dios ha colocado los miembros, cada uno de ellos en el cuerpo, como quiso» (1Co 12:18). Esta posición dentro del cuerpo tiene como objetivo llevar a cabo una función específica y necesaria para el desarrollo normal de la vida del cuerpo. Si un miembro queda afectado por cualquier razón, su función queda alterada y todo el cuerpo se resiente. El cristiano forma parte del Cuerpo de Cristo, pero su existencia y su posición en el Cuerpo de la Iglesia es para llevar a cabo una función bien definida, y diferente de las de los otros. Eso es definido por el Apóstol como «diferentes dones» que son regalos de gracia que el Señor nos ha dado. Es un hecho importante, pero no tenemos que olvidar que es producto de la gracia de Dios.
La figura es sencilla, y la tenemos que tomar con la sencillez que nos es presentada. Pero no la podemos parcializar, olvidando ninguno de los tres aspectos que nos presenta: un solo cuerpo, formado por muchos miembros, con funciones definidas y diferenciadas, para beneficio del Cuerpo como un todo.

La gracia de Dios hace útil la pertenencia de todo redimido al Cuerpo de Cristo (Ef 4:7-18)
La palabra don en Efesios 4:7 a 18 traduce diferentes palabras griegas, que enfatizan diversos aspectos, en un contexto de gracia.
En primer lugar, se habla de una experiencia individual de cada cristiano, que, a pesar de ser personal, es común a todos los redimidos. Cristo nos ha dado a cada uno de nosotros un don de gracia, o sea un lugar con una función concreta dentro del Cuerpo de Cristo, y la gracia que hace falta para llevar a cabo esta función.
Pero acto seguido presenta a ciertas personas con una función concreta en el Cuerpo de Cristo, como dones a los hombres en general, y a la comunidad de redimidos que forman la Iglesia en particular.
Cada renacido recibe un don de gracia, pero a la vez se convierte él mismo, en su función dentro de la Iglesia, en un don de Dios a los demás.
Este hecho se debe a que la función que llevan a cabo es la de trabajar en el perfeccionamiento de todos los otros miembros, presentados aquí como «santos». Este perfeccionamiento de los santos les permitirá a éstos poder trabajar sirviendo al resto de los miembros, y colaborando con el Espíritu Santo en la edificación de la realidad corporativa que es el Cuerpo de Cristo.
El texto habla de la expresión local visible de la realidad del Cuerpo de Cristo, hecho que se concreta en el seno de la Iglesia local. Es una tarea que únicamente Dios puede llevar a cabo, pero que quiere hacerlo por medio de aquéllos que ha redimido, capacitado y enviado para que se lleve a cabo. Es la gracia de Dios en acción, en la vida de los hombres y mujeres pecadores, para redimirnos, y en los redimidos para hacer que nuestras vidas de redimidos sean en la tierra de provecho a los otros y para la gloria de Dios

El reparto lo hace Dios, no es elección nuestra (1Co 12)
Los regalos de la gracia Divina nunca los recibimos debido a nuestros propios méritos, pues así no sería una gracia, sino un salario.
Los tesoros de Dios son ilimitados, y entre estos tesoros hay algunos que en su gracia quieren repartirnos a los redimidos para que podamos ocupar un lugar de provecho en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.
El Dios uno, se manifiesta en Trinidad, para presentar una acción común proveyendo para las diferentes necesidades.

Los «repartos» de Dios trino y uno (vv. 4-11)
Bajo el principio de unidad y diversidad, Pablo presenta al Dios trino y uno en una acción de «reparto» de las sus gracias a los salvados como Cuerpo de Cristo.
La palabra reparto únicamente la encontramos tres veces en el Nuevo Testamento, y está en este contexto. El verbo del que proviene este nombre lo encontramos dos veces en el Nuevo Testamento, uno en este contexto, en el versículo 11, y otro en el Evangelio según Lucas, donde se describe la acción del padre de la parábola del hijo pródigo como «repartir» sus bienes, distribuirlos. Implica hacer partes de una misma cosa, y dar cada una de estas partes a una persona diferente.
Aquello que Dios distribuye entre los creyentes, como miembros del Cuerpo de Cristo, se identifica con tres palabras: dones, ministerios y operaciones. Aunque el personaje central aquí es el Espíritu Santo, el apóstol recuerda que todo aquello que se presenta como una actividad de una de las tres Personas de la Trinidad, lo es también de las otras dos: el Dios Trino siempre actúa en unidad, nunca una Persona actúa independientemente de las otras.
Lo primero que el Dios trino distribuye entre los renacidos son «dones», jarismatón, regalos de la gracia Divina que cada uno recibe individualmente, pero que, aunque son diferentes, el Espíritu que los da y que los gobierna es el mismo: el Espíritu de Dios. Son capacidades que el Espíritu entrega a cada uno de manera soberana, pero aun así tienen un origen común, el Espíritu, quien las gobierna.
El segundo son «ministerios», diakonion, que los distribuye el mismo Dios, pero que se llevan a cabo bajo su gobierno; por eso el Señor se presenta como el que los controla y a quien hay que dar cuentas. Las capacidades de gracia, los dones, se concretan prácticamente en diferentes áreas de servicio, de ministerio, recibidas por el mismo Dios que nos ha dado esas capacidades, y bajo las cuales los tenemos que llevar a cabo. Los servicios o ministerios que cada uno recibe, están en relación con los «dones» con que hemos sido agraciados.
El tercero son «operaciones», energematon, y habla de actividades, trabajos concretos que corresponden a los servicios que hemos recibido, y que son identificados como «obras» Divinas, aunque sean diferentes las personas que las lleven a término.
Lo que hemos visto nos permite ver la correspondencia bidireccional que hay entre dones, ministerios y operaciones:

dones ministerios operaciones

Estos «repartos» que el Espíritu da a cada uno –que incluye dones, ministerios y operaciones– son maneras cómo el Espíritu Santo se manifiesta en la Iglesia y en el mundo. Y, dado que todo lo que hace Dios tiene un propósito claro, éste queda expresado con las palabras: «para provecho» (v. 7).
La centralidad del Espíritu en todo se ejemplifica en los versículos 8 a 10, donde destacan tres palabras: «a éste», «a otros», «el mismo Espíritu».
Concluimos esta sección recordando que todo eso es una acción soberana de la voluntad Divina; que queda claramente expresado en el nuestros texto, que afirma que «todas estas cosas obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno cómo quiere» (v. 11).

Los repartos individuales se tienen que considerar en la realidad del Cuerpo de Cristo (vv. 12-30)
Pablo utiliza en la escribir a los corintios la misma figura y verdad que utilizará cuando escriba sobre el tema a la Iglesia de Roma (Rm 12): un cuerpo, muchos miembros, Cristo.
Primero de todo, hay que establecer las bases de esta pertenencia al Cuerpo, y lo hace diciendo que hemos sido bautizados por un Espíritu en un cuerpo, y que hemos bebido de un Espíritu. Ésta es una experiencia de gracia que todo cristiano verdadero ha conocido en el momento de creer para salvación.
Acto seguido, hay que recordar que el Cuerpo tampoco es un solo miembro, que incluye una multiplicidad de «miembros» (v. 14).
Es la distinción que existe entre los miembros lo que confirma su pertenencia al Cuerpo; nunca puede ser un motivo de exclusión. Y eso que queda tan claro en la figura, es lo que tanto nos cuesta entender a los cristianos en la práctica: no aceptando nuestra diferencia, y queriendo ser aquello que no somos en el Cuerpo. Eso da lugar a dos hechos muy graves para la vida de la Iglesia: la insatisfacción con lo que somos, y la envidia del otro (vv. 15-16).
La distinción es lo que permite la existencia del Cuerpo, y ésta no es arbitraría ni cuestionable, la ha hecho a Dios mismo. Dios no hace nada arbitrariamente, de manera caprichosa, lo hace todo en el ejercicio de sus atributos, por eso tampoco puede cuestionarse. Él nos ha hecho un miembro concreto y nos ha capacidad para llevar a cabo la función de este miembro. Aquello que es cuestionable es querer hacer aquello que no podemos: por falta de condición y de capacidades (vv. 17-19).
El hecho es que cada cristiano-miembro somos dependientes de los otros cristianos-miembros para atender a nuestras necesidades, para poder funcionar, y para poder hacerlo de manera provechosa; es por eso que interactuamos los unos con los otros. No podemos decir, ni se nos puede decir: «No te necesito». Hemos de tener cuidado los unos de los otros. Hemos de entender que el padecimiento y la honra de uno afecta a los otros, hasta hacernos sufrir o alegrarnos a nosotros también (vv. 20-26).

Conclusión (vv. 27-30)
Para concluir este apartado, nos centraremos en el versículo 27, que dice: «Pues vosotros sois el cuerpo de Cristo, y miembros en parte», y dejaremos para más adelante la consideración de la lista de dones que Pablo da en la sección final de este capítulo doce. Es la conclusión a la que Pablo quería llevar a los corintios, y el Señor nos quiere llevar a nosotros, recogiendo todo lo que se ha dicho a lo largo del capítulo.
Estas dos verdades las tenemos que incorporar a nuestra manera de pensar y entender las cosas, para poder vivir vidas cristianas plenas y provechosas, y dejar que los otros también las vivan. Hace falta que tengamos conciencia, y experiencia de que nosotros, yo y los otros, somos «Cuerpo de Cristo»; por nuestra vinculación con Cristo somos Cuerpo, somos Iglesia, somos una unidad vital. Hace falta que tomemos conciencia, y experiencia, de que nosotros, yo y los otros, somos miembros, somos una parte del «cuerpo de Cristo» y no el todo, que estamos vinculados, que tenemos una función específica a llevar a cabo para provecho de los otros, que somos interdependientes. La comprensión y experiencia de estos dos hechos lo puede cambiar todo, sin eso no hay solución auténtica para el estado actual de la Iglesia de los redimidos sobre la tierra, que a menudo se encuentra muy lejos de esta realidad.

La necesidad de ejercer los dones en amor (1Co 13)
Pablo indica en el capítulo trece de su primera epístola a los Corintios que el ejercicio de los dones se tiene que llevar a cabo por amor, y explica lo que quiere decir con esta expresión.
Describe el tipo de amor del que les habla, dado que entonces como ahora hay diferentes interpretaciones sobre lo que eso quiere decir. Los rasgos distintivos que da del amor deja claro que está hablando del amor de Dios, aquel amor que el Espíritu Santo derramó en nuestros corazones (Rm 5:5). Su descripción abarca lo que es, lo que no es, como actúa, como reacciona, lo que busca –y mucho más–; y finaliza con la afirmación que nunca deja de ser.
Todo eso nos muestra que hemos de tener presente dos cosas en el ejercicio de los dones. En primer lugar, que si uno pudiera manifestar los dones más espectaculares –aquéllos que los corintios valoraban más– sin estar motivado por el amor a Dios y a los otros, algo imposible, este hecho se convertiría en inútil, sin ningún valor. En segundo lugar, que el amor que nos tiene que mover a ejercer los dones que hemos recibido tiene que ser el amor de Dios, aquél que el Espíritu Santo derramó nuestros corazones, y que ha de tener los rasgos que Pablo menciona en este capítulo.
Sin embargo, estas cosas no las habían tenido presente la mayoría de los hermanos en Corinto en el momento de ejercer sus dones; por eso, mientras enfatizaban la importancia del ejercicio de los dones espirituales, manifestaban una falta de amor extremo hacia los hermanos más necesitados.

La necesidad de ejercer los dones “para edificación” y “en orden (1Co 14)
Ha quedado claro que la base sobre la que se tienen que ejercer los dones es la del amor, el amor de Dios; ahora, pues, podemos considerar el hecho de que estos dones se tienen que manifestar con un propósito, tienen que abarcar objetivos concretos, de los que también habla Pablo a los corintios, en el capítulo catorce.
Los cristianos de Corinto ejercían los dones, mayoritariamente, con el objetivo de sentirse satisfechos. Consideraban necesario para los otros que ellos manifestaran públicamente sus dones, y que si alguien lo quería impedir atentaban contra su libertad. No podía ser que los otros se perdieran el beneficio de su actuación.
«Que todas las cosas sean para edificación»
Pablo no deja lugar a ninguna duda, dice claramente que el objetivo del ejercicio de los dones es la edificación. La palabra edificación, oikodemo, habla de construir un edificio, una vez se han puesto los fundamentos.
La edificación es la respuesta coherente a la motivación correcta, al ejercicio de los dones por amor, dado que el amor edifica (1Co 8:1). La base de actuación de un cristiano no puede ser legalista, centrándose únicamente en lo que está permitido y lo que no; se tiene que conformar en una norma superior a la de aquello que está permitido, es la norma que dice que hemos que condicionar lo que podemos hacer, el que nos es permitido, a lo que es provechoso, aquello que edifica (1Co 10:23b).
Llama la atención que Pablo tenga que distinguir entre la autoedificación y la edificación de la Iglesia, en el versículo cuatro. Los corintios tampoco habían entendido que los dones espirituales tenían el objetivo de edificar a los otros, a la Iglesia, y no la propia edificación. Les eran de edificación personal únicamente de una manera indirecta, por la necesidad de ejercerlos en las condiciones espirituales adecuadas, y en la medida que la edificación del otro lo llevaba a ejercer su don al resto de la Iglesia, beneficiándose el primero.
Pablo habla repetidamente de ejercer los dones para la edificación de los otros, de la Iglesia, a lo largo de todo el capítulo:

  • «… para que la iglesia tome edificación» (v. 5).
  • «… ¿ qué os aprovecharé …? (v. 6).
  • «… ser excelentes para la edificación de la iglesia» (v. 12).
  • «… mi entendimiento es sin fruto» (v. 14).
  • «… bien haces gracias; más el otro no es edificado» (v. 17 comparar con 1Co 10:23).
  • «… en la iglesia más quiero hablar cinco palabras con mi sentido, para que enseñe también a los otros…» (v. 19).
  • «… hágase todo para edificación» (v. 26).

El apóstol deja claro que todas aquellas actuaciones que no tienen el objetivo de edificar a los otros tienen que ser dejadas de lado en las reuniones de la iglesia: el hablar en lenguas sin provecho (v. 6); cuándo el oyente no puede entender lo que se habla, ya que si no se pronuncian palabras inteligibles es como hablar al aire (v. 9); y dar gracias sin que el otro lo entienda, y pueda decir «amén» (v. 16). Dejar de tener todo eso en cuenta, es evidencia de presunción y falta de madurez (v. 20), y si un incrédulo que viene a una reunión ve eso se marcharía sin beneficio espiritual, a más de creer que los creyentes son un grupo de locos (vv. 23-25).

«Hágase todo decentemente y con orden»
Llegamos al fin de este capítulo, después de haber considerado que lo que tiene que mover a todo creyente al ejercicio de sus dones ha de ser el amor a Dios y a los hermanos, y que el objetivo tiene que ser su edificación, la del Cuerpo. Ahora consideraremos un tercer hecho importante que hay que tener presente también al ejercer los dones: «Hágase todo decentemente y con orden» (v. 40). Algo que nos habla de la forma como se tienen que ejercer en público.
Pablo dice, en primer lugar, que se tienen que ejercer decentemente, o sea, con corrección en las maneras. Las otras dos veces que encontramos el mismo adverbio en el Nuevo Testamento se ha traducido «honestamente» (Rm 13;13; 1Ts 4:12). El hecho que Pablo lo diga a los corintios evidencia que era un rasgo que no siempre estaba presente en sus reuniones, aunque nos parezca que se tendría que dar por supuesto. Muchas veces la apelación a la libertad cristiana no es otra cosa que una manera de encubrir una actuación que ni entre los incrédulos se podría considerar como correcta. Teniendo presente esto, es que se prohibe ciertas actuaciones de las mujeres casadas en las reuniones (vv. 34-35).
También dice que se han de ejercer con orden, o sea, haciendo las cosas siguiendo un arreglo determinado, una cosa detrás de la otra. Es una manera de decir que la manera de conducirse de los cristianos en la reunión no podía ser anárquica, dónde cada uno hiciera lo que quisiera y cuándo quisiera. Es cierto que la libertad del Espíritu hace imposible que una reunión cristiana siga un «orden litúrgico», pero también es cierto que la libertad del Espíritu se manifiesta bajo la supervisión de los hermanos que el mismo Espíritu ha provisto (Rm 12:8).
Pablo conoce lo que sucede en las reuniones de la Iglesia de Corinto, por eso les da ciertas instrucciones precisas que permitirán que todo se lleve a cabo como el orden debido, y sin impedir la libre participación de los hermanos y hermanas según los dones que han recibido.
Lo primero que observamos es que Pablo pone límites al ejercicio de los dones en las reuniones. Límites en las participaciones, dos o tres; límites en el tiempo, el primero guarde silencio; y límites en el uso de la palabra, por turno, y la necesidad que alguien interprete en el caso de las lenguas, ya que de otra manera también se tendría que guardar silencio.
Lo segundo que observamos es que la participación tenía que ser ordenada en el sentido básico, uno por uno. ¿Quiere decir que todos hablaban al mismo tiempo? Al menos parece que hablaba más de uno al mismo tiempo, y eso hacía que aquello pareciera una olla de grillos.
Lo tercero, es que las aportaciones tenían que estar bajo el examen del resto de los presentes, que tenían que ejercer una acción discernidora, con la consecuente aprobación, puntualización o corrección de los otros.
Toda una serie de indicaciones claras, de principios generales, que tenían que permitir el ejercicio de los dones espirituales según las condiciones establecidas por el Señor, con un propósito benéfico para cada creyente, de una manera particular, y para toda la Iglesia, de una manera colectiva, corporativa. Dios sería así glorificado, y su Iglesia edificada.

El Texto tradicional del Nuevo Testamento (1): Argumentos preliminares


Ofrecemos en las páginas que siguen una primicia en castellano, la traducción de la obra de John Burgon El Texto Tradicional del Nuevo Testamento. Ante la imposibilidad de publicar el texto en formato de libro impreso, queremos ofrecer entre tanto algunos de sus capítulos. Es una obra clásica de crítica textual en defensa del Texto Receptus del Nuevo Testamento, por uno de los eruditos más importantes, contemporáneo de Wescott y Hort.


INTRODUCCIÓN

Unas pocas observaciones al comienzo de este tratado, que fue dejado inacabado por John Burgon con su repentina muerte, pueden hacer más comprensible su objetivo y perspectiva a muchos lectores.
La crítica textual del Nuevo Testamento es una profunda investigación sobre cual es el texto griego genuino -el verdadero texto de los santos Evangelios, de los Hechos de los Apóstoles, de las Epístolas Paulinas y Apostólicas, y del Apocalipsis-. Puesto que ello concierne al texto solamente, está dentro del campo de la baja crítica, según la nomenclatura alemana, así como el examen crítico del significado, con todas sus referencias y conexiones concomitantes, constituiría la alta crítica. Es por esto que es el preludio necesario para cualquier investigación científica sobre el lenguaje, el sentido y la enseñanza de los diversos libros del Nuevo Testamento, y debe realizarse siguiendo principios científicos y definidos. El objeto de este tratado es llegar al establecimiento general de esos principios. Con éste propósito John Burgon ha despojado la discusión de todo disfraz extraño, y la ha llevado adelante lúcidamente en múltiples detalles, a fin de que el uso de términos difíciles o sentencias complicadas no pudiera sembrar alguna mistificación sobre la cuestión discutida, y para que toda persona inteligente interesada en estas cuestiones -y ¿quién no lo está?- pueda entender los asuntos y sus pruebas.
En tiempos muy antiguos, hubo muchas variaciones en el texto del Nuevo Testamento, y particularmente de los santos Evangelios. Nosotros trataremos principalmente esos cuatro libros como constituyendo el apartado más importante para acotar un área más pequeña, y por ser más conveniente para la presente investigación. Lo que suscitó en la Iglesia una gran diversidad en palabras y expresiones. En consecuencia, la escuela de teología científica de Alejandría, en la persona de Orígenes, fue la primera que encontró necesario tomar conocimiento de la materia. Cuando Orígenes se trasladó a Cesarea, llevó sus manuscritos con él, y parece que constituyeron el fondo con el que se inició la célebre biblioteca de esa ciudad, que más tarde fue ampliada por Pánfilo y Eusebio, y también por Acacio y Euzoio1, que fueron los sucesivos obispos del lugar. Durante la vida de Eusebio, sino bajo su cuidado y control, los dos manuscritos unciales más antiguos existentes hasta ahora descubiertos, conocidos como B y Alef, o Vaticano y Sinaítico, fueron realizados en forma elegante y exquisita caligrafía. Pero poco después, a mediados del siglo IV -como ambas escuelas de críticos textuales concuerdan- un texto diferente al B y Alef alcanzó aceptación general y fue aumentándola hasta ser el predominante en el siglo VIII, superando a los de finales del siglo IV, llegando a prevalecer de tal manera en el cristianismo, que el pequeño número de manuscritos concordantes con B y Alef no eran de compararse con los muchos que diferían de esos dos. Así, el problema del siglo IV anticipó el problema del siglo XIX.
¿Estamos a favor de que el genuino texto del Nuevo Testamento siga a los manuscritos Vaticano y Sinaítico y a los otros pocos que concuerdan básicamente con ellos, o seguiremos al cuerpo principal de manuscritos del Nuevo Testamento, que a finales del siglo en que aquellos dos fueron realizados, ya dominaban el campo de batalla, y lo han continuado dominando desde entonces? Ese es el problema que este tratado se propone resolver, es decir, cual de esos dos textos o conjuntos de lecturas tiene mejor testimonio, y puede retroceder en el tiempo mediante la evidencia más poderosa hasta los autógrafos originales.
Es necesario decir ahora unas pocas palabras para describir y dar cuenta de como esta actualmente la controversia.
Después de la invención de la imprenta en Europa, la crítica textual comenzó a emerger nuevamente. Su desarrollo se puede dividir en cuatro etapas, que podemos denominar respectivamente: infancia, adolescencia, juventud e incipiente madurez2.

I. Erasmo editó en 1516 el Nuevo Testamento sobre la base de un número muy pequeño de manuscritos, seguramente sólo cinco, reconocidos en aquella época. Seis años después apareció la edición Complutense dirigida por el Cardenal Ximenes, que fue impresa dos años antes que la de Erasmo. Robert Stephen, Teodoro Beza, y también los Elzevirs, como es bien conocido, publicaron sus propias ediciones. En la última edición de los Elzevirs, publicada en 1633, apareció por primera vez la expresión “Textus Receptus”, tan ampliamente usada. El único objeto en este período era adherirse fielmente al texto recibido por todas partes.

II. En el siguiente período, la evidencia de los manuscritos, las versiones, y los Padres fue recopilada principalmente por Mill y Wetstein. Bentley pensó en retroceder hasta el siglo IV para buscar una evidencia decisiva. Bengel y Griesbach enfatizaron sobre las familias y las recensiones de los manuscritos, que marcaron el camino para apartarse del estándar recibido. El cotejo de manuscritos fue llevado a cabo por esos dos críticos y por otros hábiles eruditos, y especialmente por Scholz. Los materiales aumentaron, y aparecieron multitud de teorías. Mucho de lo que era impreciso y elemental se entremezcló con la promesa de que en el futuro se probaría más satisfactoriamente.

III. El líder en la siguiente etapa fue Lachmann, quien comenzó a descartar las lecturas del Texto Recibido, suponiendo que éste únicamente tenia dos siglos de antigüedad. Como las autoridades eran inconvenientemente innumerables, limitó su atención a los pocos que concordaban con los unciales más antiguos conocidos en el momento, es decir, el llamado L (Regius de París), uno o dos otros fragmentos de unciales, unos pocos de cursivos, unos manuscritos de la Antigua Latina, y un número reducido de Padres antiguos, reuniendo normalmente unos seis o siete en total para cada lectura individual. Tischendorf, el descubridor de Alef, el hermano gemelo de B, y cotejador de un gran número de manuscritos, siguió a Lachmann en lo principal, como también lo hizo Tregelles. Y el Dr. Hort, quien, con el obispo Westcott, comenzó a teorizar y trabajar cuando la influencia de Lachmann estaba en su punto más alto, en una muy ingeniosa y elaborada Introducción defendió los dos unciales más antiguos -especialmente B- y su reducido número de seguidores. Admitiendo que el Texto Recibido es, tan antiguo, como de mediados del siglo IV, Hort argumentó que estaba separado por más de dos siglos y medio de los autógrafos originales y que, de hecho, tomó importancia en Antioquía, por lo que debería llamarse “Sírio”, a pesar de reconocer que era el predominante desde finales del siglo IV. El llamó “Texto Neutral” a las lecturas de las que B y Alef eran los principales exponentes, y sostuvo que ese texto podía remontarse hasta los genuinos autógrafos.4

IV. He colocado en último lugar los inicios de la escuela opuesta como evidenciando signos de incipiente madurez científica, no porque admitamos que ellos la evidencien, que no es el caso, sino debido a sus méritos intrínsecos, que serán desarrollados en este volumen, y a la adición inmensa hecha recientemente de autoridades a nuestro depósito, como también a la influencia indirecta ejercida recientemente por los descubrimientos alcanzados en otras procedencias.5 Ciertamente, se busca establecer una mayor provisión de autoridades válidas, y un método más acertado para usarlas. Los líderes que han defendido este sistema han sido: el Dr. Scrivener, en un grado limitado, y especialmente John Burgon. Debe entenderse, en primer lugar, que nosotros no abogamos por la perfección del Textus Receptus. Nosotros reconocemos que requiere revisión aquí y allí. En el texto que dejó John Burgon,6 se sugieren alrededor de 150 correcciones solamente en el Evangelio de Mateo. Lo que nosotros defendemos es el Texto Tradicional, remontándolo a las épocas más antiguas de las cuales no tenemos ningún registro. Confiamos en el testimonio completo y la visión más clara de toda la evidencia. En humilde dependencia de Dios el Espíritu Santo, quien, afirmamos, ha multiplicado los testimonios a lo largo de las edades de la Iglesia, y cuya causa creemos defender, solemnemente requerimos a los muchos estudiantes de la Biblia, que actualmente están firmemente en pos de la verdad, sopesar sin prejuicio lo que decimos, orando que ello pueda contribuir en algo al establecimiento de las verdaderas expresiones empleadas en la genuina Palabra de Dios.

Notas:
1Ver Jerónimo, Epist. 34 (Migne, XXII, p. 448). El códice V de Filón tiene la siguiente inscripción: Eªzø› ®pskopoq ®n svmatoiq anene√sato, que quiere decir: transcrito de papiro a pergamino. Edición de Filón de Leopold Cohn, De Opiticiis Mundi, Bratislava, 1889.
2ver mi Guide to the Textual Criticism of the New Testament, pp. 7-37. George Bell and Sons, 1886.
3Para una estimación de la gran labor de Tischendorf, ver el artículo sobre el Testamento Griego de Tischendorf en Quaterly Review, julio de 1895.
4 La teoría del Dr. Hort, que es generalmente mantenida para suplir la explicación filosófica de los principios mantenidos por la escuela crítica que apoya a B y a como las fuentes preeminentes del texto correcto, puede ser estudiada en su Introducción. También es explicada y refutada en mi Guide to the Textual, pp. 38-59; y ha sido poderosamente refutada por John Burgon en The Revision revised, artículo III, o en el nº 306 del Quaterly Review, sin réplica.
5Quaterly Review, julio de 1895, “Tischendorf´s Greek Testament”.
6ver Prefacio.

ARGUMENTOS PRELIMINARES

Importancia del tema; necesidad de una nueva avance y franqueza en la investigación
En las siguientes páginas propongo discutir un problema de la mayor dignidad e importancia:1 ¿sobre qué principios se determinará el verdadero texto de las Escrituras del Nuevo Testamento? Mi tema es el texto griego de estas Escrituras, particularmente de los cuatro Evangelios; mi propósito, el establecimiento de ese texto sobre una base inteligible y digna de confianza.
Antes de 1880 no conocemos la existencia de ningún principio establecido, lo prueba el hecho de que los críticos más famosos no sólo difirieron considerablemente entre ellos, sino también en ellos mismos. Hasta entonces todo en este campo fue empirismo. De vez en cuando aparecía una sección, un capítulo, un artículo, un panfleto, un ensayo tentativo, y algunos de ellos eran excelentes en su género. Pero nosotros necesitamos algo mucho más metódico, argumentado y completo, que sea compatible con tan estrechos límites. Aún donde un relato de los hechos se ampliaba, ofreciendo mayor plenitud y exactitud, había la ausencia de un principio científico suficiente para guiar a los estudiantes a tomar una determinación satisfactoria y sólida de tan difíciles cuestiones. Las últimas dos ediciones de Tischendorf difieren entre sí al menos en 3.572 detalles. En 1872 contradijo en cada página lo que en 1859 había ofrecido como el resultado de su meditada opinión. Cada uno, para hablar claramente, fuese un experto o un mero principiante, se consideraba competente para sentenciar sobre cualquier lectura reciente que se presentase a su consideración. Fuimos informados que “según todos los principios de la sana crítica”, esta palabra debía ser conservadas y la otra rechazada. Pero hasta la aparición de la disertación del Dr. Hort, nadie fue tan amable de decirnos cuáles eran los principios a los que se referían, mediante la aplicación fiel de los cuales llegaríamos por nosotros mismos al mismo resultado. Y la teoría de Hort, como mostraremos más adelante, implica la violación de demasiados principios generalmente aceptados, y está desprovista de algo que la pruebe, para alcanzar una aceptación universal. En realidad, es fácilmente verificable el evidente antagonismo que mantiene con el juicio pronunciado por la Iglesia a lo largo de las edades, y que en muchos aspectos no concuerda con las enseñanzas de los críticos más célebres que le precedieron.
Confío que se me perdonará si, en el curso de la presente investigación, me aventuro a salir del camino trillado, y a llevar hacia adelante a mis lectores en un estilo algo más humilde que el que ha sido habitual por mis predecesores. Cada vez que han entrado a considerar los principios, siempre han empezado estableciendo un conjunto de proposiciones sobre la base de su propia autoridad, algunas de las cuales, lejos de ser axiomáticas, son repugnantes a nuestro juicio, y son halladas falsas en la manera en que se presentan. Es verdad que yo también tendré que empezar pidiendo la aceptación de algunas posiciones fundamentales, pero me aventuro a prometer que todas ellas son evidentes por si solas. Estaré muy equivocado si ellas tampoco nos llevan a unos resultados muy diferentes de aquéllos que han sido recientemente favorecidos por muchos de los escritores y maestros más avanzados.
Ante todo pido a cada lector juicioso que se esfuerce para aproximarse a este tema con una actitud imparcial. Sería irrazonable esperar que tendrá éxito en despojarse de todas las nociones preconcebidas acerca de lo que es o no probable; pero le invito al menos a ser tan imparcial como le sea posible, para estar dispuesto a dejarlas si en cualquier momento se le demuestra que están fundamentadas sobre un error; y a tomar la decisión de no asumir como garantizado nada que admita ser probado como verdadero o falso. Y, para enfrentar una objeción que seguramente se hará contra mí, cuando digo “probar evidentemente” únicamente me refiero a lo más próximo a una demostración que sea factible sobre esta cuestión.
Así, pido que, excepto que se pueda probar de alguna manera, no se tome como un hecho que una copia del Nuevo Testamento escrita en el siglo IV o V presentará un texto más fidedigno que una escrita en el XI o XII. Que efectivamente, entre dos documentos antiguos se espere que el más antiguo pueda razonablemente ser el más fidedigno, no quiero discutirlo, ni lo discutiré aquí; aunque la probabilidad que sea así no es axiomática. No se encontrará, me atrevo a decir, que en la mayoría de las veces una copia del siglo XIV de los Evangelios puede exhibir la verdad de la Escritura, mientras que la copia del siglo IV demuestre ser siempre la depositaria de un texto fabricado. Sólo pido que, hasta que el asunto se haya investigado completamente, los hombres suspendan su juicio sobre este punto: no tomando como un hecho nada que necesite ser comprobado, y no considerando algo como ciertamente verdadero o falso hasta que se demuestre que es así.

La crítica textual sagrada difiere de la profana; el Nuevo Testamento atacado desde el principio
Lo que distingue la ciencia sagrada, de toda otra ciencia que podamos mencionar, es que ésta es Divina, y tiene que ver con un Libro que es inspirado, el verdadero autor del cual es Dios. Es por esto que nosotros asumimos que la Biblia debe ser tomada como inspirada, y no considerarla al mismo nivel que los libros orientales que son considerados sagrados por sus devotos. Es principalmente por no advertir esta circunstancia, que prevalecen conceptos falsos en el campo de la ciencia sagrada conocido como “crítica textual”. Aunque son conscientes de que el Nuevo Testamento no es como cualquier otro libro en su origen, su contenido, su historia, muchos críticos actuales se permiten, no obstante, discurrir acerca de su Texto, como si no abrigaran la sospecha de que las palabras y frases de las que está compuesto estuvieran señaladas para experimentar un destino extraordinario. No están dispuestos a conceder que influencias de un tipo completamente diferente a las que la literatura profana está familiarizada se han hecho sentir en este campo, y, por consiguiente, que aun aquellos principios de crítica textual que los autores profanos consideran fundamentales son a menudo inadecuados en este caso.
Es imposible que todo esto pueda ser captado demasiado claramente. De hecho, a menos que los que se dedican al estudio de las palabras del Nuevo Testamento, estén convencidos de que se mueven en un terreno diferente, en el que les esperan fenómenos únicos a cada paso, y en el que hace mil setecientos cincuenta años causas corruptoras desconocidas en cualquier otro campo del conocimiento actuaron enérgicamente, no puede hacerse progresos reales en éste debate. Los hombres deben, por todos los medios, librar sus mentes de los prejuicios que produce el estudio de la literatura profana. Permítame explicar esta cuestión un poco más detalladamente, y establecer la racionalidad de lo anterior mediante algunas consideraciones simples que deben, creo, convencer. No ofreceré opiniones, únicamente apelaré a ciertos hechos innegables. Lo que yo desapruebo, no es el uso discriminado de una crítica respetuosa, sino el confundir torpemente puntos esencialmente diferentes.
En cuanto se reconoció la obra de los Apóstoles y Evangelistas como la necesaria contraparte y el complemento de las antiguas Escrituras de Dios, y conformó el “Nuevo Testamento”, se encontró que el mundo la recibió de una manera muy similar a como lo hizo con Aquél que es el tema de sus páginas. Calumnia y tergiversación, persecución y odio asesino, le asaltaron a continuamente. Y lo mismo les sucedió a la Palabra escrita, desde el principio fue vergonzosamente manipulada por los hombres. No sólo fue oscurecida por la debilidad y la equivocación humana, sino que también se volvió el objeto de una malicia incesante y de ataques implacables. Marción, Valentín, Basílides, Heracleón, Menandro, Asclepíades, Teodoto, Hermófilo, Apolónides y otros herejes adaptaron los Evangelios a sus propias ideas. Taciano, y después Amonio, confundieron con sus intentos por armonizar los cuatro Evangelios, o Diatesarón,2 o haciendo un intrincado arreglo por secciones, trayendo como resultado que las palabras de un Evangelio se asimilaron a las de otro. 3 La falta de familiaridad con las sagradas Palabras en las primeras épocas, el descuido de los escribas, la enseñanza incompetente y la ignorancia del griego en Occidente, llevaron a la posterior corrupción del Texto Sagrado. Luego, debido a la existencia de un gran número de copias corruptas, surgió la necesidad de una recensión, que fue realizado por Orígenes y su escuela. Esta fue una fatal necesidad, que se hizo sentir en una época en que los principios básicos de la ciencia no eran entendidos; porque “corregir” fue demasiado frecuentemente en aquellos días otra palabra para “corromper”. Y esto es lo primero que debe ser brevemente explicado y afirmado: pero más de un contrapeso fue provisto bajo la soberana providencia de Dios.

El predominio de la providencia; condiciones únicas y abrumadora masa de evidencia
Antes de que nuestro Señor ascendiera al Cielo dijo a Sus discípulos que les enviaría el Espíritu Santo, quien lo supliría y moraría con su Iglesia para siempre. Agregó la promesa de que la función de ese Espíritu inspirador no sería sólo la de recordarles3 todas las cosas que les había dicho,4 sino también la de “guiar” a Su Iglesia “a toda la verdad” o completamente a la verdad.5 En consecuencia, el primer gran logro de aquel tiempo fue cumplido al proveer a la Iglesia de las Escrituras del Nuevo Testamento, en las que la enseñanza autorizada fue sagradamente preservada en forma escrita. Y primero, guiándolos para discernir, de entre aquellos muchos evangelios sobre los que personas incompetentes habían “puesto sus manos” para escribir o compilar de entre mucho material flotante de naturaleza oral o escrita, cuatro que eran completamente diferentes del resto, aquellos que eran la verdadera Palabra de Dios.
Por tanto no existe razón alguna para suponer que el Agente Divino, que primeramente dio a la humanidad las Escrituras de verdad, inmediatamente abdicara en su función, no tuviera ningún cuidado posterior por su obra y abandonara esos preciados escritos a su suerte. Que un milagro perpetuo se produjera para su preservación –que los copistas fueran protegidos del riesgo de error, o del mal, prevenidos de adulterar vergonzosamente las copias del Depósito–, se presume que nadie puede ser tan poco razonable como para suponerlo. Pero es algo completamente diferente afirmar que durante todas las edades las Sagradas Escrituras necesariamente deben haber sido el especial cuidado de Dios; que la Iglesia bajo su acción las ha vigilado con inteligencia y habilidad; que ha reconocido que copias exhibían un texto fabricado, y cuales fueron honestamente transcritas; generalmente avalando una y desaprobado las otras. Estoy muy poco dispuesto a creer –parece tan groseramente improbable– que después de 1800 años 995 copias de cada 1000, supongamos, se compruebe que son poco fiables; y que, contrariamente, las una, dos, tres, cuatro o cinco que restan, cuyos contenidos eran hasta ayer tan buenos como desconocidos, se encuentre que han preservado el secreto de lo que el Espíritu Santo inspiró originalmente. Soy absolutamente incapaz de creer, en resumen, que la promesa de Dios haya fallado tan completamente, que después de 1800 años mucho del texto del Evangelio debió de hecho ser sacado de un cesto de papeles por un crítico alemán en el convento de Santa Catalina; y que todo el texto tuvo que ser remodelando según el modelo fijado por un par de copias que habían permanecido abandonadas durante quince siglos, y que probablemente debían su supervivencia a dicho abandono, mientras cientos de otras habían sido usadas hasta hacerse pedazos, y habían legado su testimonio a las copias que si hicieron de ellas.
He dicho lo anterior pensando en las personas que simpatizan con mi creencia. Para otros será necesario presentar el argumento de una manera diferente. Recuérdese, que en los primeros tiempos existió gran abundancia de copias; que en la Iglesia siempre se sintió la necesidad cuidar celosamente las Santas Escrituras; que sólo de la Iglesia hemos aprendido cuáles son los libros de la Biblia y cuáles no lo son; que en la época en la que el canon fue fijado, y en la que se presume por muchos críticos que se introdujo un texto adulterado, la mayoría de los intelectuales del Imperio Romano se encontraba dentro de la Iglesia, y se dedicaron a las cuestiones discutidas; que en las edades que siguieron el arte de transcribir alcanzó un gran nivel de perfección; y que el veredicto de los diversos períodos desde la producción de aquellos dos manuscritos ha sido hasta hace pocos años a favor del Texto que ha sido transmitido en sucesión. Se ha de tener presente que el testimonio no ha sido sólo de todas las edades, sino también de todos los países; y como mínimo se presentará una presunción tan fuerte a favor del Texto Tradicional, que ciertamente se necesita una poderosa argumentación para alterarla. Este no puede ser derrotado por teorías fundamentadas en consideraciones internas -frecuentemente llamadas de otra manera por gustos personales-, o por simpatías o antipatías eruditas, o por recensiones ficticias, o por cualquier selección arbitraria de manuscritos favoritos, o por una división forzada de las autoridades en familias o grupos, o por una aplicación deformada del principio de genealogía. En la determinación de lo que constituye el Texto Sagrado, debe seguirse estrictamente las leyes de la evidencia. En cuestiones relacionadas con la Palabra inspirada no tienen lugar la mera especulación ni la irracionalidad. En resumen, el Texto Tradicional, establecido sobre la inmensa mayoría de autoridades y sobre la Roca de la Iglesia de Cristo, será considerado, tras su examen sin comparación, superior a un texto del siglo XIX, independientemente de la habilidad e ingeniosidad que se pueda usar en su elaboración o defensa.

La autoridad de la Iglesia; la admisión de Hort; existencia y transmisión del Texto Recibido
¿Porque todavía nunca se ha prestado la debida atención a una circunstancia que, debidamente entendida, abriría una gran vía para establecer el texto de las Escrituras del Nuevo Testamento sobre una base sólida? Me refiero al hecho de que una cierta exhibición del Texto Sagrado -la exhibición de éste con la que estamos todos tan familiarizados- descansa sobre la autoridad eclesiástica. Generalmente hablando, el Texto Tradicional de las Escrituras del Nuevo Testamento, así como el canon del Nuevo Testamento, descansa sobre la autoridad de la Iglesia Universal. “Nos guste o no” (comentó un erudito escritor del primer cuarto del siglo XIX), “el presente canon del Nuevo Testamento es, ni más ni menos, el que validaron los obispos cristianos ortodoxos, y no sólo los del siglo I o II, sino también los del III y IV, e incluso de los siguientes.6 De igual manera, independientemente de que los hombres lo quieran o no, es un hecho evidente que el Texto griego Tradicional del Nuevo Testamento es ni más ni menos que el que validaron los obispos cristianos griegos ortodoxos, y si no como nosotros sostenemos durante los siglos I, II o III, es indiscutible que lo fue en los IV y V, e incluso los siguientes. Felizmente, la cuestión es un punto sobre el cual los discípulos más avanzados de la escuela moderna están completamente de acuerdo con nosotros. El Dr. Hort declara que “el texto fundamental de los manuscritos griegos tardíos existentes, en general y más allá de toda duda, es idéntico al texto dominante Antioqueño o Greco-sirio de la segunda mitad del siglo IV. La mayoría de los manuscritos existentes, escritos entre el siglo III o IV y el X u XI, debieron haber tenido en el mayor número de las variaciones existentes un original común contemporáneo con nuestros manuscritos más antiguos, o aún más antiguo que ellos”.7 Y añade, “Antes de finales del siglo IV, como hemos dicho, un texto griego no diferente al texto casi universal del siglo IX y de la Edad Media era el dominante, probablemente por mandato, en Antioquía, y ejerció mucha influencia en otras partes”.8 La mención de “Antioquía” es característico del escritor, completamente arbitrario. Un solo Texto Tradicional, excepto comparativamente en pocos detalles, ha prevalecido en la Iglesia desde el principio hasta ahora. Es especialmente merecedora de atención la admisión de que el Texto en cuestión es del siglo IV, al que también pertenecen los dos más antiguos de nuestros códices sagrados (B y Alef). Se observa el mismo fenómeno en los leccionarios de la Iglesia. Ellos han prevalecido en acuerdo ininterrumpido desde tiempos muy antiguos, probablemente desde los días de Crisóstomo,9 y han mantenido sin cambio, en lo principal, la forma de las palabras con las que fueron moldeados originalmente en el “invariable Oriente”.
Y ciertamente, el problema se presenta ante nosotros (¡Dios sea alabado!) en un forma singularmente conveniente, singularmente inteligible. Desde el siglo XVI -también lo debemos a la buena providencia de Dios- un mismo texto de las Escrituras del Nuevo Testamento ha sido generalmente recibido. No lo digo en defensa del “Textus Receptus”, simplemente estoy declarando el hecho de su existencia. Que éste no tiene una autoridad obligatoria, más aún, que requiere experta revisión en cada parte, es admitido libremente. No creo que éste sea completamente idéntico al verdadero Texto Tradicional. Su existencia, no obstante, es un hecho del cual no podemos escapar. Felizmente, la cristiandad occidental ha estado satisfecha empleando el mismo texto por más de trescientos años. Si se objeta, como probablemente se hará: “¿Entonces usted piensa confiar en los cinco manuscritos usados por Erasmo?”; yo responderé que las copias empleadas fueron seleccionadas porque se sabía que representaban con exactitud la Palabra sagrada; que el origen del texto fue evidentemente defendido con celoso cuidado, así como fue preservada la genealogía humana de nuestro Señor; que éste descansa principalmente en el más amplio testimonio; y que allí donde de éste discrepa con la evidencia mayoritaria, allí creo que requiere corrección.
La pregunta que se plantea entonces, y que necesariamente debe ser contestada afirmativamente antes de que una sola sílaba del texto actual sea cambiada, siempre será la misma: ¿Es seguro que la evidencia en favor de la nueva lectura propuesta es suficiente para autorizar la innovación? Porque confío que todos estaremos de acuerdo en que ante la ausencia de una respuesta afirmativa a esta pregunta, el texto no puede ser alterado en ninguna manera. Acertada o equivocadamente ha tenido la aprobación de la cristiandad occidental durante tres siglos, y actualmente domina el campo. Por consiguiente, el asunto que tenemos ante nosotros lo podríamos formular así: ¿Qué consideraciones han de determinar nuestra aceptación de una lectura que no esté en el Texto Recibido? o, para decirlo de una manera más general y básica: ¿Cuales determinarán nuestra preferencia de una lectura sobre otra? Porque hasta que se llegue a alguna clase de entendimiento sobre este punto, el progreso es imposible. No puede haber una crítica textual científica, y por consiguiente, no puede haber seguridad sobre la Palabra inspirada, mientras el juicio subjetivo –que fácilmente puede degenerar en un capricho personal– pueda determinar las lecturas que se han de rechazar y las que se han de retener.
En el siguiente capítulo discutiré los principios que deben formar el fundamento de esta ciencia. Entretanto, son necesarias algunas palabras para explicar el problema existente entre mí y aquellos críticos con quienes soy incapaz de concordar. Debo, si puedo, llegar a algún entendimiento con ellos; y usaré toda la claridad del lenguaje para que puedan ser completamente entendidas mi posición e intenciones.

La cuestión de la mayoría frente a la minoría; el alegato de la antigüedad de la minoría es virtualmente la pretensión de una sutil intuición; imposibilidad de un compromiso
Aunque pueda parecer extraño, es innegablemente cierto que toda la controversia puede reducirse al siguiente asunto en concreto: ¿Mora la verdad del Texto de las Escrituras en la gran multitud de copias, unciales y cursivas, entre las cuales nada hay más notable que el maravilloso acuerdo que existe entre ellas? O, ¿es preferible suponer que la verdad reside exclusivamente en un muy pequeño grupo de manuscritos, los cuales a la vez difieren de la gran masa de testigos, y -es extraño decirlo- también entre ellos mismos?
Los defensores del Texto Tradicional propugnan que el consenso sin concierto de tantos cientos de copias, realizadas por personas diferentes, en momentos diversos, en regiones de la Iglesia ampliamente separadas, es una prueba que indica su fidelidad, que nada puede invalidar a menos que haya alguna clase de demostración de que son guías poco fiables.
Los defensores de los antiguos unciales –porque ése es el texto exhibido por uno o más de los cinco códices unciales conocidos como B, Alef, A, C y D que se establecido con tanta confianza– están obligados a clamar que la verdad debe residir exclusivamente en los objetos de su elección. Parece que basan su pretensión en la “antigüedad”, pero la verdadera confianza de muchos de ellos yace en la pretensión de una sutil intuición que les permite reconocer una lectura verdadera o el texto verdadero cuando lo ven. No es extraño que no impresione a tales críticos que aprueban algo que debe ser demostrado. Sea como fuera, el hecho es que lecturas fundadas exclusivamente en el códice B, o en el códice Alef, o en el códice D son a veces adoptadas como correctas. Ni el códice A ni el códice C nunca les inspiran una confianza similar. Pero el consentimiento como testigos, de ambos o de uno de los dos, siempre es aceptable. Ahora bien, es notable que los cinco códices mencionados nunca se han hallado, a menos que esté equivocado, del todo de acuerdo.
Esta cuestión se discutirá más ampliamente en el siguiente tratado. Aquí sólo es necesario insistir adicionalmente sobre el hecho que, hablando en general, es imposible el compromiso sobre estos asuntos. La mayoría de la gente actualmente se inclina a destacar ante cualquier controversia que la verdad reside entre los dos combatientes (y a la mayoría nos gustaría encontrar a nuestros oponentes a medio camino). La presente disputa desafortunadamente no admite tal decisión. El conocimiento real de los numerosos puntos en cuestión revela la imposibilidad de tomar una resolución como esta. Esto depende, no de la actitud, o el temperamento, o la inteligencia de los partidos enfrentados: sino sobre los rígidos e incompatibles elementos de la materia de la disputa. Por mucho que podamos lamentarlo, lo cierto es que no hay otra solución.
De hecho sólo existen dos escuelas rivales de crítica textual. Y éstas tienen posiciones opuestas e irreconciliables. Al final, una de las dos tendrá que claudicar: y, ¡ay de los vencidos!, la rendición incondicional será su único recurso. Cuando una sea reconocida como la correcta, no se encontrará lugar para la otra. Tendrá que ser quitada de la atención como una cosa absoluta y desesperadamente errónea.10

Notas:
1Llama la atención que en campos en los que esperaríamos un procedimiento más científico, la importancia de la crítica textual del Nuevo Testamento es menospreciada, sosteniendo que la doctrina teológica puede establecerse en base a otros pasajes diferentes de aquéllos cuyo texto ha sido impugnado por la escuela destructiva. Sin embargo: (a) en todos los casos la consideración del texto por un autor debe forzosamente preceder a la consideración de inferencias desde el texto -la baja crítica se debe fundamentar en la alta crítica; (b) los pasajes confirmatorios no pueden dejarse de lado ante cualquier ataque a la doctrina; (c) la Sagrada Escritura es demasiado única y preciosa para admitir que el estudio de las diversas palabras de ésta sea interesante en lugar de importante; (d) muchos de los pasajes que la crítica moderna borraría o pondría bajo sospecha -como los últimos doce versículos de Marcos, la primera palabra desde la Cruz, y la estremecedora descripción de la profundidad de su agonía, además de muchos otros- son extremadamente valiosos; y, (e) generalmente hablando, es imposible pronunciar, sobre todo en medio del pensamiento y la vida bullendo por todas partes en derredor nuestro, qué parte de Sagrada Escritura no es, o puede no demostrar ser, de la mayor importancia e interés. E. M.
2N.T.: El Diatesarón era una pretendida armonización de los cuatro Evangelios en uno solo
3Ver volumen II, y un pasaje notable citado de Caius o Gaius por John Burgon en The Revision Revised (Quarterly Review, nº 306, pp. 323-324).
4Juan 14:26.
5Juan 16:13.
6Sermón del pastor John Oxlee sobre Lucas 22:28-30 (1821), p. 91 (Tree Sermons on the power, origin, and succession of the Christian Hierarchy, and especially that of the Church of England).
7Westcott y Hort, Introduction, p. 92.
8Ibíd p. 142.
9Scrivener, F. A. H. A Plain Introduction to the Criticism of the New Testament (4ª edición de Miller), vol. I, pp. 75-76.
10Por supuesto que este incisivo pasaje sólo se refiere a los principios de la escuela que fracase. Una escuela puede dejar frutos de investigación muy valiosos, y no obstante estar absolutamente equivocada acerca de las inferencias implicadas en tales y cuales hechos, John Burgon lo admitió ampliamente. El siguiente extracto de uno de los muchos artículos sueltos dejados por el autor se añade por su interés tanto ilustrativo como personal: “Así como todos los presentes detalles deben ser muy familiares para aquellos que han hecho de la crítica textual su objeto de estudio, ellos de ninguna manera pueden ser detenidos. No me estoy dirigiendo sólo a personas eruditas. Me propongo, antes de abandonar mi pluma, hacer participantes a las personas educadas, allí donde se encuentren, de mi profunda convicción de que es posible para la mayoría tener certeza sobre este tema; y al contrario, que los decretos de esa popular escuela -a la cabeza de la cual se levantan muchos de los grandes críticos de la cristiandad- son totalmente erróneos. Fundadas, como me atrevo a pensar, en premisas completamente falsas, todas sus conclusiones casi invariablemente están equivocadas. Y sostengo que esto es demostrable; y me propongo en las páginas siguientes establecerlo. Si no tengo éxito, pagaré la pena de mi presunción y necedad. Pero si tengo éxito -y deseo que mis jueces sean juristas y personas expertas en las leyes de la evidencia, o por lo menos a personas pensantes e imparciales, allí donde se encuentren, y no a otros-, si establezco mi posición, digo, permítase que el hijo de mi padre y de mi madre sea recordado amablemente por la Iglesia de Cristo cuando él haya partido de aquí”

El G-12

El movimiento surgido en Colombia y conocido como G-12 está recibiendo denuncias incluso de grupos carismáticos, en la órbita de los que surgió. Con todo, muchas de sus ideas y prácticas se han ido infiltrando en muchas iglesias, sin saber de donde provienen. El texto de Jôel Corrêa Batista, ministro presbiteriano y profesor de Nuevo Testamento en el Seminário Presbiteriano Brasil Central, en Goiânia, trata sobre la historia y algunos de los errores de este movimiento.

Introducción
No fue una sorpresa! De hecho, era incluso previsible. Dada la situación en que se encuentran los púlpitos y, en consecuencia, la enseñanza en muchas iglesias evangélicas, era de esperarse que en cualquier momento una nueva ola viniera a agitar el mar tranquilo de la negligencia pastoral. El surgimiento de un nuevo movimiento u ola denominado G-12 no ha sido ninguna sorpresa. Reuniendo varias doctrinas muy conocidas entre los evangélicos, el movimiento G-12 se presenta como la propuesta eclesiástica del próximo milenio. A juzgar por su contenido doctrinal, no hay casi nada en el G-12 que merezca un nuevo análisis, aunque ya se ha estudiado abundantemente. Lo que ha sorprendido ha sido la rapidez y facilidad con que se ha extendido entre las iglesias, incluso las históricas, y las estrategias psicológicas que usan en sus encuentros.
La mayoría de los que participan en sus encuentros desconocen el origen del movimiento, así como sus propuestas. Fascinados por el impacto emocional y el aparente resultado inmediato, ven el G-12 como una esperanza para alcanzar la unidad de la iglesia y su reforma estructural. Según algunos proponentes, el modelo eclesiástico llamado de células es una Segunda Reforma, no de menor intensidad que la Reforma Protestante del siglo XVI.1 El propósito de estas páginas es demostrar que el movimiento G-12 no trae ninguna nueva reforma, pero sí, viejas doctrinas como la teología de la prosperidad, la confesión positiva y maldición hereditaria, entre otras
Así, lo que nos proponemos es verificar el origen y las propuestas doctrinales de este movimiento, sobre la base de sus propias afirmaciones. No nos dedicaremos a discutir las cuestiones metodológicas de los encuentros. A pesar de la importancia de los mismos, el asunto central ha sido descuidado en las discusiones centradas únicamente alrededor de las cuestiones técnicas y psicológicas de dichos encuentros. Este es sólo un de los componentes del complejo movimiento G-12.
Historia
Todos los proponentes del modelo G-12 admiten que dicho movimiento tuvo sus inicios en una visión que tuvo César Castellanos Domínguez.2 Castellanos es pastor de la Misión Carismática Internacional, que fundó después de un periodo de frustración en su propio ministerio. Desilusionado con los resultados de su trabajo, aplicó el modelo de iglesias en células de Paul Young Choo, con el que consiguió resultados más satisfactorios. Sin embargo, en 1991, según sus propias informaciones, recibió una visión que cambiaría definitivamente su ministerio y su iglesia. Según relata: “En 1991 sentimos que se aproximaba un mayor crecimiento, pero algo impedía que ocurriera en todas las dimensiones. Estando en uno de mis prolongados períodos de oración, pidiendo la dirección de Dios para algunas decisiones, clamando por una estrategia que ayudara a fructificar las setenta células que teníamos entonces, recibí la extraordinaria revelación del modelo de los doce. Dios me quitó el velo. Entonces, vi claramente el modelo que ahora revoluciona el mundo como el concepto más eficaz para la multiplicación de la iglesia: los doce. En esta ocasión escuché al Señor diciéndome: Vas a reproducir la visión que te he dado en doce hombres, y estos a su vez en otros doce, y estos, a su vez, en otros. Cuando Dios me mostró la proyección de crecimiento, me maravillé.”3
Después de implantar el modelo, la Misión Carismática Internacional experimentó un sorprendente crecimiento. Esto llamó la atención de líderes en Brasil, que, movidos por el interés de alcanzar un crecimiento semejante, implantaron el modelo en sus comunidades y lo difundieron entre las iglesias evangélicas brasileñas.
Sobre la implantación del movimiento en Brasil, hay que tener en cuanta dos aspectos. Primero, la llamada Iglesia en Células, como estrategia de crecimiento de la iglesia, no era nueva en Brasil, se había aplicado varios años antes. Entonces, ¿cual sería el factor determinante del crecimiento? Se destacan como elementos distintivos y, por lo tanto, determinantes, el número exacto de doce discípulos y los encuentros de tres días.4 Por eso tales elementos del modelo son los más enfatizados. En segundo lugar, es importante observar que, al ser implantado en Brasil, tanto el modelo G-12 como los encuentros se adaptaron, sufriendo modificaciones como, por ejemplo, el sigilo sobre el Encuentro (o Pacto de legalidad y silencio), que es una característica peculiar del modelo brasileño.
Los principales proponentes del G-12 en Brasil son Valnice Milhomens y Rene Terra Nova, ambos considerándose discípulos legítimos de César Castellanos. Valnice afirma haber recibido autoridad por delegación de Castellanos.5 Terra Nova también dice ejercer tal autoridad espiritual por delegación del mismo Castellanos.6

Funcionamiento
A pesar de las diferencias existentes dentro del movimiento, existen algunos puntos básicos en común. El modelo se estructura a partir de una dinámica definida como Escalera del Éxito.7 En concreto, el proceso se puede resumir en cuatro etapas: evangelización, consolidación, entrenamiento y envío.
La Evangelización se efectua en las células, que tienen como referencia el número 12. Así, cuando una célula llega a las 24 personas en sus reuniones, se subdivide. La otra característica es que, en principio, la tarea de enseñanza y formación de la iglesia se realiza en la célula, mientras que en el culto comunitario se realiza la celebración.
La Consolidación es la etapa en la que la fe del individuo se establece o se afirmada definitivamente. El Encuentro se realiza en esta etapa del proceso, con ello se evidencia que el propósito del Encuentro no es primariamente la evangelización, siendo incluso recomendado que se certifique la conversión del candidato antes de participación.8 Básicamente, el Encuentro tiene dos objetivos. Primero, establecer la fe del nuevo convertido, a través de la liberación y el rompimiento de las maldiciones. En segundo lugar, conducir a la visión a aquel que se convirtió por métodos anteriores al G-12, o sea, hacer la transición del modelo eclesiástico antiguo al G-12. A esto lo denominan transición o recibir la visión. El Encuentro es un retiro de dos días y de naturaleza homogénea, que se realiza durante un fin de semana, precedido y seguido de cuatro reuniones, normalmente semanales ((los pre y postencuentros). Son nueve horas de charlas en medio de una disciplina muy rigurosa, incluso con la prohibición de intercomunicarse, lo que provoca una fuerte reacción emocional y resultados aparentemente sorprendentes.9
El Entrenamiento lo realiza la escuela de líderes de cada iglesia. Aquí son preparados los discipuladores que dirigirán las células y ejecutar el programa de discipulado. Normalmente son cursos breves de baja calidad. El objetivo es que cada participante o seguidor del G-12 alcance a 144 discípulos.
Finalmente, se produce el Envío, cuando los líderes entrenados asumen el liderazgo de los grupos celulares, siempre de 12 personas, las cuales recibirán entrenamiento para asumir liderazgo.
Respecto a su funcionamiento, es importante destacar que el G-12 no es un movimiento que se propone la filiación de sus participantes a la iglesia que realizadora del evento. Es posible ser uno de los doce de algún discipulador y permanecer siendo miembro de una iglesia que no esté encuadrada en el modelo. Es así como el movimiento, a través de sus Encuentros, tiene una penetración más eficaz en el seno de las iglesias, y permite a los líderes de la región ejercer control sobre miembros de otras iglesias sin que ellos se desvinculen de las mismas.

Interpretación bíblica, revelaciones y experiencias místicas
El movimiento sigue las tendencias contemporáneas de interpretación, 10 o sea la subjetividad y el relativismo en la interpretación y aplicación de los textos bíblicos. De hecho, tanto el modelo como los encuentros parecerían bíblicos, por la cantidad de citas y alusiones a textos bíblicos que contienen.11 Naturalmente, los participantes y proponentes del modelo también afirman que su base teológica es la inerrancia de las Escrituras, que las aceptas como regla de fe y práctica. La diferencia está en sus principios de interpretación.
Tres principios debemos destacar. El primero implica la ambigüedad en la comprensión de los textos. En otras palabras, los textos son tratados relativamente, y pueden adquirir múltiples significados. No se trata del sentido completo del pasaje, sino de dar diversos sentidos a un mismo pasaje, que es entendido ambiguamente.12
Por ejemplo, en Habacub 2.2 la palabra visión es entendida de diferentes maneras, significando al mismo tiempo la visión recibida por el profeta Habacub, visiones literales recibidas actualmente por las personas, y visiones no-literales, pero que implican un deseo o una fuerte convicción, frutos de la capacidad de proyectarse al futuro.13 Estos dos últimos sentidos son usados y justificados por el texto de Habacub y otros. Por lo tanto, no es simple entender el que significa adquirir la visión según propone este movimiento. Puede significar la comprensión correcta de la Escritura, así como desarrollar la capacidad de buscar objetivos aún no concretados o, finalmente, abrazar la visión recibida por César Castellanos.
El Encuentro y sus fases no son sólo para nuevos creyentes, sino también para líderes que quieren implantar la visión celular de multiplicación y los grupos de 12. Dicen: “Para esa visión es necesario una gran disciplina, disposición y sobre todo experiencia con El Señor Jesús.”14
El segundo principio se puede definir como una especie de hermenéutica freudiana.15 Más que alegórica, es simbólica. Sobre la base de un subjetivismo extremo, los pasajes bíblicos se aplican dando a los detalles significados teológicos y prácticos, como vemos en el Manual del Encuentro: “‘Entonces salieron de la ciudad, y vinieron él» (Jn 4:30). Es necesario salir para encontrarse con Jesús… Salimos de la ciudad para tener un encuentro con Él. Abraham, Moisés, Jesús salieron de la ciudad. Nosotros necesitamos salir de la agitación para nos encontremos con Él.”16
Obsérvese que, en la tentativa de justificar el Encuentro, el texto bíblico no fue sólo alegorizado, pero ganó además de un significado teológico un sentido simbólico que expresa deseo, obediencia e incluso fe. El Encuentro incentiva, por lo tanto, una utilización simbólica de la Escritura y reúne en torno de sí un conjunto de ritos, prácticas y procedimientos entendidos como bíblicos, pero de naturaleza mística.
El tercer principio es la subjetividad en la aplicación, una especie de interpretación romántica de la Biblia.17 De acuerdo con ese principio, las perspectivas históricas y literarias son abandonadas, y el centro de la interpretación pasa a ser la experiencia subjetiva, intimista y mística del intérprete. De esta manera, todos los textos se aplican a todas las personas, bajo cualquier circunstancia.
Como vemos en el siguiente ejemplo:“En esa ocasión oí la voz de Dios, que me dijo que fuera al Jordán para bautizarme nuevamente, e inclusive me mostró quien debería hacerlo: un misionero mexicano que inmediatamente me compartió que, cuando su madre estaba embarazada, un profeta oró diciendo: Este niño que va a nacer tendrá el ministerio de Juan el bautista. Cuando salí de las aguas, sentí literalmente en el espíritu que los cielos se abrían y que Dios enviaba su Espíritu.”18
Esas prácticas son comunes en el movimiento y demuestran una aplicación de la Escritura que cede su objetividad a la subjetividad personal y tendenciosa del intérprete. En dicho caso, observamos que la Escritura pierde su posición de única regla de fe y práctica, y que tal autoridad es compartida con las revelaciones recibidas por los proponentes del G-12.
Las mismas reglas de interpretación se aplican a las revelaciones contemporáneas. La única base del modelo G-12 es la visión y la revelación dadas a César Castellanos. Tanto la fe como la vida cristiana son guiadas por las revelaciones recibidas por los líderes. Decisiones prácticas, como casarse o no, son tomas mediante visiones o revelaciones: “Recuerdo situaciones tan concretas como la revelación del día en que ella se convertiría a la vida cristiana, y el momento en que después de pedir otras señales, el Señor me dijo con voz audible…”19 “Desde entonces tuve el convencimiento de que Dios realmente le hablaba (a César), que era un hombre de fe a quien Espíritu Santo comunicaba las cosas de forma directa…Siempre deseé escuchar la voz de Dios, de la misma manera que mi esposo lo hacía…20
Tales decisiones son llamadas decisiones trascendentales21 y rigen la vida cristiana. La naturaleza mística de las mismas es definida de manera precisa por César Castellanos: “La Misión Carismática Internacional es una iglesia eminentemente profética. Tiene que serlo por dos razones: la primera, su inicio fue determinado por una palabra profética dada directamente por Dios a este su siervo…”22
Esa subjetividad subyuga la Escritura a los criterios humanos. Las pretendidas visiones y revelaciones determinan directas la doctrina de la iglesia y la conducta personal. No hay límites para la imaginación humana. Como afirma Valnice: “Dios trabaja con visiones; donde no hay visión no hay obra. Todas las realizaciones comienzan con visiones.”23
A este arsenal de revelaciones cotidianas, le siguen innumerables casos de experiencias inexplicables de naturaleza mística. Resurrecciones, arrebatamientos y ceremonias son detalladamente descritos en las obras de los líderes del movimiento. Forman parte del día a día de la fe propuesta por los dirigentes del movimientos G-12. No nos sorprende el dualismo presente en esas revelaciones, así como en sus interpretaciones. La sorpresa ante el hecho de que los líderes demandan para sí una credibilidad por encima de cualquier crítica. Poner en duda sus experiencias es casi siempre descrito como incredulidad y oposición a Dios. Obsérvese la evaluación que Valnice hace de una de sus visiones, cuando –según ella– Dios le mostró dos iglesias: la fiel, Jerusalén, y la infiel, Roma.
Jerusalén representa el lugar donde la Palabra de Dios es íntegramente obedecida, sin cuestionarla, y el Espíritu es el Señor absoluto en la Iglesia. Roma es el lugar de la lógica, de la razón, donde la filosofía va construyendo una estructura de raciocinio que lleva a poner en duda la Palabra de Dios.24
Además de promover la separación entre la fe y la razón, es evidente que la visión del líder es incuestionable. En cualquier otra situación esa posición sería clasificada como fanatismo.

La teología del modelo G-12
Como dijimos la teología del movimiento y del Encuentro no proponen muchas novedades, sino que reeditan un conjunto de doctrinas propagadas por el neopentecostalismo. Dos observaciones pueden ser hechas el título de introducción. En primer lugar, la inconsistencia o incoherencia de sus doctrinas siquiera se observa en los seguidores del movimiento, lo que demuestra una vez más la fragilidad de las iglesia evangélicas. En segundo lugar, el mérito del G-12 tal vez sea haber llevado algunas doctrinas del neopentecostalismo a sus últimas consecuencias.

Antropología
Un buen punto de partida para el análisis del movimiento es su antropología. Bajo la influencia postmoderna, el hombre preconizado por el G-12 es fruto de lo que David Herrero llama el espíritu romántico,25 que él mismo describe: “El hombre romántico no es sólo inherentemente bueno, sino que es también divino. De acuerdo con la filosofía que propugna la antropología romántica, hay una identidad básica entre Dios y el hombre.”26
Con sus afirmaciones, César Castellanos deja claro que su perspectiva del ser humano esta fatalmente comprometida con ese antropocentrismo, si no de los demás, al menos de él mismo. Él afirma: “Experimenté como mi espíritu se desprendía del cuerpo. Luché; sin embargo una fuerza invisible controlaba mi alma. De repente, vino a la mi mente la prueba del mes anterior y recordé las palabras ‘no es la hora”. Me apropié de ellas y dije: Señor no es posible que tú permitas esta muerte, no es la hora. Tú precisas de mí en la tierra, dame fuerzas para regresar a mi cuerpo y poder levantarlo en tu nombre.”27
En otra ocasión el Espíritu Santo le dijo, después de haber estado orando entregando la dirección de la iglesia al mismo Espíritu: “¿Y por qué tardaste tanto en decírmelo? Porque hasta ahora tú eras el pastor y yo tu auxiliar? Tú me decías: Espíritu Santo bendice a esta persona y esta obra, bendice lo que voy a predicar, bendice la iglesia y yo tenía que hacerlo.”28
Encontramos mayor arrogancia aún en las afirmaciones de Valnice: “Todo que sale de la boca de Dios es un decreto, pues es emitido por una autoridad cuya palabra tiene fuerza de ley, sus decretos son acompañados de su cúmplase.”29 Tal enseñanza es seguida de su propia experiencia personal. Al referirse a la actitud que tomó de considerar que fue a las 6 de la tarde el momento de adoración de María, ella declara: “Padre, como autoridad espiritual en esta nación, revoco el decreto de Roma y establezco otro decreto…”30 “El milagro ocurre cuando yo libero el poder de Espíritu Santo. Y entonces ocurren milagros, pues las personas son transformadas.”31
Esta no es una característica aislada, la podemos ver en varios líderes adheridos al movimiento,32 demostrando ser un espíritu de la época. Pero, no son sólo aquellos que están con Dios los que parecen gozar de ese estatus. En cuanto a los que se oponen al G-12, se afirma: ”Se puede decir que el pastor que no entra en esta dimensión está matando el progreso del evangelio en su área…Quién no se reproduce está afectando la posibilidad de conversión de miles de vidas.”31
Es obvio que los proponentes afirman creer en la soberanía de Dios; pero sus propuestas son inconsistentes con las doctrinas más elementales de la Escritura, como por ejemplo la omnipotencia de Dios. De esa manera la independencia divina queda afectada, y Dios se hace dependiente de la voluntad humana. Además de la relación con Dios, otro aspecto en el cual los líderes del G-12 expresan su divinidad es con relación a los espíritus malignos. Las acciones de los espíritus malignos dependen de la conducta humana: “Todo pecado es un quebrantamiento de comunión con Dios. Cada nivel de pecado libera una cantidad de demonios, cada pecado atrae una maldición.”34 Así, mis actos tienen el poder de liberar (no se sabe bien de dónde) demonios que estaban presos (no se sabe por quién o para que).

Soteriología
La consecuencia final de esa exaltación humana es la descentralización de la persona y obra redentora de Dios y, por contradictorio que parezca, la exaltación del hombre y de Satanás. La seguridad del creyente queda reducida al tal vez, o, en la mejor de las hipótesis, a su conducta y autoridad espiritual. El hecho de la Escritura enseña que somos guardados por Dios (Sl 121) y que Jesús nos guarda (Jn 17:12) es totalmente ignorado. Ante la perspectiva de guerra espiritual35 exagerada por las enseñanzas del G-12, los demonios alcanzaron un poder y posición destacado, en algunas ocasiones superior al de Dios.
“Cuando peco, abro una puerta de legalidad para que Satanás entre con su propósito de matar, robar y destruir…La maldición se infiltra por una legalidad y abre la puerta para que los demonios vengan sobre la vida de la persona.”36
Es importante destacar que esta cita se refiere al Encuentro, donde se presupone que el participante, también llamado de encontrista, es convertido. Eso significa que Satanás tiene poder para entrar en la vida de aquel que fue salvo por Cristo. Más aun, se considera que la conducta pecaminosa es una obstrucción o impedimento para que Dios bendiga sus hijos.
Por algún motivo, el modelo G-12 describe al creyente como un ser dividido entre Dios y el diablo. Pertenecemos a Dios, pero el diablo ejerce dominio sobre nosotros. El manual afirma además: “Para que haya cura interior son necesarios dos pasos: Romper el dominio de Satanás sobre nosotros y tomar posesión de lo que es nuestro por derecho.37
Esto nos conduce al verdadero carácter de la doctrina del movimiento G-12, o sea, su dualismo, donde Dios y los demonios contienden en condiciones de igualdad. En una narración, como mínimo, pintoresca, Valnice describe el proyecto Palacio de la Reina.38 En su argumentación y pretendida interpretación bíblica, ella entiende que Pablo no venció la entidad pagana en Éfeso (Hechos 19), que sólo la debilitó. Pero, según ella, siguiendo datos históricos, Juan pudo derrotar aquella entidad y conquistar Éfeso para Cristo. Ese dominio geográfico de Dios duró 200 años, siendo después la ciudad conquistada por tal entidad. Al explicar la razón para ese dominio, ella afirma: “Actualmente Éfeso está en Turquía, un país musulmán. Sólo hay unos 500 cristianos nacidos de nuevo en ese país. ¿Qué sucedió? Que Diana reconquistó su trono.”39
¿De manos de quién lo tomó? Así la obra redentora de Cristo es manchada por el G-12, dejada sin efecto, si estamos bajo una salvación que depende de una liberación posterior y de rompe los pactos y las maldiciones no deshechos por la cruz de Cristo. Esa visión dualista nos pone en situaciones que huyen del control de Dios, y viviendo así bajo constante actuación demoníaca en nuestras vidas.
Tales afirmaciones aproximan el G-12 más al pregnosticismo del primer siglo que al cristianismo bíblico. Evidencian la naturaleza sincretista del movimiento y su total incapacidad para mostrar la soberana obra redentora de Dios. La salvación es desnudada de su carácter de gracia, y tanto ella como la vida cristiana dependen de esa aventura humana en el mundo espiritual. Tales personas no poseen autoridad para hablar del evangelio de la gracia soberana de Dios.
Además de negar la obra redentora de Dios, la enseñanza del G-12 también se opone a la persona de Dios. Sus atributos son menospreciados, incluso su bondad, amor y justicia. En una sesión de regresión, el ministro del Encuentro es orientado a llevar a sus encontristas a perdonar aquellos que los hicieron sufrir: “En cada franja de edad, desde la infancia hasta la vida adulta, el ministro debe instruir a los encontristas a se acuerden de los momentos difíciles, amargos, traumatizantes, etc. Ellos necesitan liberar perdón a las personas involucradas en cada fase e incluso a Dios.”40
Tal afirmación se basa en la hipótesis de que alguien puede sentirme lastimado por Dios. Pero, ella ignora la naturaleza santa y justa de Dios, así como su inmutabilidad, y acentúa el carácter meritorio del sufrimiento humano.41
Eclesiología
Dado que se trata de un movimiento que pretende ser el modelo eclesiástico para el próximo milenio, podemos definir este punto como una escato-eclesiología. Llama la atención que la motivación del G-12 sea el crecimiento vertiginoso de la iglesia. Esto la transforma en una institución ensimismada, auto-centrada y esclava del pluralismo y pragmatismo religioso. Tres puntos podemos destacar en esta escato-eclesiología.
En primer lugar, usando los mismos términos de este movimiento, la iglesia del siglo XXI será sobrenatural. Por sobrenatural se entiende el carácter místico y supersticioso42 dado al movimiento por el neopentecostalismo. Se espera que en el siglo XXI surgirán abundantes señales y que volverán los milagros neotestamentarios. Según las previsiones de uno de sus líderes: “Creo que en breve seremos revestidos con la unción de los grandes y maravillosos prodigios del Espíritu Santo y nuestra sombra curará con la de Pedro, y por nuestra palabra de orden los muertos resucitarán y grandes fenómenos ocurrirán por la fe, en el nombre de Jesús.”43
Además de señales milagrosas, se espera un periodo de multitud de revelaciones rutinarias, vistas como el “mover” de Dios. Esto implica que en el tercer milenio la iglesia deberá abandonar sus dogmas, sus doctrinas, puesto que será guiada por revelaciones.
En segundo lugar, la iglesia del siglo XXI es vista como un cumplimiento escatológico. El modelo G-12 se ve como un cumplimiento profético. Como era de esperar, tales profecías no se encuentran en las Escrituras, pero pues provienen de las revelaciones recibidas por los dirigentes del movimiento. Veámoslo: “Hemos recibido palabra en el sentido de que en los años venideros habrá gente hambrienta por conocer el mensaje de la salvación; millones y millones correrán por las calles demostrando su deseo de saber de Cristo, y la única estructura que permitirá estar preparados para esto es la iglesia celular.”44
Las congregaciones pequeñas, en las cuáles no hay más que 200 personas, no entran en el modelo, porque cada iglesia debe ser de al menos cien mil personas.45
Además de Castellanos, otros líderes del movimiento y sus discípulos tienen la misma visión profética, la misma expectativa triunfalista para el siglo XXI: “Teniendo la convicción de que el modelo de Bogotá es la base para el modelo que Dios tiene para nosotros, hemos retornado a las convenciones para beber de la fuente. Creemos que Dios dio al Pr. César Castellanos el modelo de los doce que revolucionará la iglesia del próximo milenio.”46 “Como hijos que somos de Dios Todopoderoso, seremos conocidos en los cielos como la generación con mayores conquistas y con mayores cosechas para el Reino de Dios. 47 “Actualmente estamos reformando la eclesiología…Por eso creo que ese movimiento es la complementación de la primera reforma. Creo que está barriendo los cuatro extremos de la tierra actualmente, en una proporción y en una velocidad mucho mayor que la reforma protestante del siglo XVI.”48
Queda claro que el movimiento se considera un cumplimiento profético, pero, no de las Escrituras, y sí de las proyecciones y previsiones hechas por sus dirigentes.
En tercer lugar, la visión eclesiástica del movimiento experimento la influencia empresarial, y por eso se aproximó a conceptos liberales. La división de la iglesia en ministerios administrativos y espirituales se asemeja a la visión liberal de Adolf Harnack acerca de la iglesia. Él idealizó la división entre ministerio religioso y ministerio administrativo o local.49 Castellanos afirma: “La iglesia es la empresa más importante de una nación, por lo que el mismo crecimiento exigirá que haya dos sectores en el interior de la iglesia: uno de carácter administrativo y otro relacionado con el ministerio pastoral.”50
Esto revela algo más que una propuesta teológica: expresa la influencia empresarial en la estructura eclesiástica montada por Castellanos. Su eclesiología está más próxima a una red de marketing que al Evangelio. El número 12 es el único elemento en esa estructura que se relaciona con el Evangelio. Aún así, en ninguna parte del relato de los Evangelios se enseña que los discípulos tuvieron, a su vez, doce discípulos exactamente.
Siguiendo una tendencia actual, la administración de Castellanos es centralizada, y su eclesiología es personalista. Negando evidencias bíblicas, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento (Dt 1; Hch 15; 1Tm 1:6-16), Castellanos defiende el fin de presbiterios y asambleas, y propone un sistema de gobierno totalitario y personalista: “La época de las asambleas y de los consejos de ancianos para dar pasos importantes en la Iglesia, ya pasó a la historia. Estoy convencido de que Dios da la visión al pastor y en esa manera es que el Espíritu Santo le habla, indicándole hacia donde debe moverse.”51

Conclusión
El movimiento G-12 está lejos de ser una reforma, mucho menos protestante. Ese movimiento no protesta, sino que se acomoda y se amalgama con la filosofía de la época. Surge como propuesta innovadora, pero trae consigo doctrinas antiguas. De hecho, el movimiento G-12 y el Encuentro ha hecho un pobre servicio la iglesia evangélica.
Para acabar, me gustaría mencionar la conclusión a la que podemos llegar sobre dicho movimiento. En primer lugar, tenemos la certeza de que ese movimiento pasará, como otras olas neopentecostales. Sin embargo, como las otras olas, es probable que muchas de sus doctrinas y prácticas permanezcan en nuestro medio. Es necesario confrontar el G-12; pero, la confrontación debe ir más allá de las cuestiones metodológicas del Encuentro. Con o sin regresión, el Encuentro continuará enseñando la necesidad de perdonar a Dios y otras cosas cuestionables. Debemos debatir más ampliamente la presencia de las teologías neopentecostales y su influencia en la vida y fe de las iglesias evangélicas.
En segundo lugar, es importante darse cuenta de que el movimiento revela la fragilidad de la enseñanza en las iglesias evangélicas. Un viento de doctrina, con enseñanzas tan contrarias a la Escritura, pasa desapercibido entre los miembros de dichas iglesias. El problema se agrava cuando consideremos las nuevas olas que nos esperan. Que Dios nos guíe a ser fieles a su Palabra y ser responsables en la lucha por la fe evangélica (Jud vv. 3-4).

Notas
1 Esta afirmación, a pesar de haberse popularizado ya entre los defensores de las iglesias celulares y del G-12, fue hecha por Robert Lay, representante en Brasil de Touch Ministries, del pastor Ralph Neighbour. Según Lay, la Reforma del siglo XVI fue teológica, mientras que las células representan una reforma estructural de la iglesia. Revista Videira I:4 (Goiânia, diciembre 1999).
2 Ver Rene Terra Nova, en la presentación del Manual do Encontro (Manaus: Semente de Vida, 1999) y Valnice Milhomens, Plano Estratégico para a Redenção da Nação (São Paulo: Palavra da Fé, 1999), 11.
3 César Castellanos Domínguez, Sonha e Ganharás o Mundo (São Paulo: Palavra da Fé, 1999), pp. 59-60.
4 Milhomens, Plano Estratégico, p. 11.
5 Ibid, p. 12.
6 Terra Nova, presentación del Manual do Encontro.
7 Ver sitio del MIR (Ministerio Internacional de Restauración).
8 Manual do Encontro, p. 34.
9 Para más información, leer el apéndice que contiene información psicológica del encuentro en Jôer Batista, Jocider Batista y Leonardo Saihum, G-12: História e Avaliação (Goiânia: Seminário Presbiteriano Brasil Central, 2000), p. 88-91.
10 Moisés Silva, “Abordagens Contemporâneas na Interpretação Bíblica,” Fides Reformata IV:2 (julio-diciembre 1999), p. 147.
11 En las charlas del Manual do Encontro se hacen más de 600 citaciones. Ver Batista, Batista e Sahium, G-12: História e Avaliação, p. 70.
12 Un buen ejemplo de esa interpretación ambigua se puede ver en Gordon D. Fee, Paulo, o Espírito e o Povo de Deus (São Paulo: United Press, 1997), ix.
13 Milhomens, Plano Estratégico, pp. 15-18.
14 Manual do Encontro, presentación. Énfasis mío.
15 Michael Bauman, Shrinking Texts: The Danger of Hermeneutics Under Freudian Auspices, JETS 31:3 (septiembre 1988), pp. 293-303.
16 Manual do Encontro, p. 56.
17 Ver el intresante artículo de David Estrada Herrero, “Romanticism and Christianity,” Chalcedon Report 309 (abril 1991), pp. 2-10.
18 Castellanos Domínguez, Sonha e Ganharás o Mundo, p. 56. Cláudia Castellanos, esposa de César, escribió algunos capítulos del libro, entre ellos este. Pero es normal en el libro encontrar a Castellanos aplicarse textos bíblicos históricos. Como, el llamado de Moisés es también el llamado de Castellanos.
19 Castellanos Domínguez, Sonha e Ganharás o Mundo, p. 29. Énfasis mío.
20 Ibid., p. 54. Énfasis mío.
21 Ibid., p. 46.
22 Ibid., p. 53.
23 Milhomens, Plano Estratégico, p. 15.
24 Ibid., p. 8. Énfasis mío.
25 Herrero, “Romanticism and Christianity,” p. 2-10.
26 Ibid., p. 8.
27 Castellanos Domínguez, Sonha e Ganharás o Mundo, p. 24-25. Énfasis mío.
28 Ibid. Énfasis mío.
29 Milhomens, Plano Estratégico, p. 45.
30 Ibid., p. 27. Énfasis mío.
31 Ibid., p. 119. Énfasis mío.
32 Por ejemplo, los pastores Antônio Lisboa, de la Iglesia Nueva Alianza, y Aluízio Silva, de la Iglesia Videira. Se pueden conocer sus posiciones en las revistas Convergência e Videira, órganos de divulgación de sus iglesias e ideas.
33 Castellanos Domínguez, Sonha e Ganharás o Mundo, 80, p. 145.
34 Manual do Encontro, p. 66.
35 El movimento sigue la perspectiva de la Guerra Espiritual de Peter Wagner, Neuza Itioka, Cindy Jacobs y otros.
36 Manual do Encontro, pp. 46, 49.
37 Manual do Encontro, p. 94. Énfasis mío.
38 Peter Wagner está al frente del proyecto, que ira a Turquia para libertar aquella región de sus espíritu, mediante una operación llamada “Palacio de la Reina”.
39 Milhomens, Plano Estratégico, p. 31.
40 Manual do Encontro, p. 98. Énfasis mío.
41 Batista, Batista e Sahium, G-12: História e Avaliação, p. 49.
42 Ver Samuel Vieira, O Império Gnóstico Contra-Ataca (São Paulo: Cultura Cristã, 1999), pp. 94-95.
43 Antônio Lisboa, Convergência 2000, revista de la Iglesia Nueva Alianza en Células, I:1 (1999).
44 Castellanos Domínguez, Sonha e Ganharás o Mundo, p. 146.
45 Ibid.,145.
46 Milhomens, Plano Estratégico, p. 12.
47 Lisboa, Convergência 2000.
48 Entrevista a Robert Lay en la revista Videira, de la Iglesia Videira, Año I, Nº 4.
49 Herman Ridderbos, Paul: An Outline of his Theology (Grand Rapids: Eerdmans, 1992), p. 439.
50 Castellanos Domínguez, Sonha e Ganharás o Mundo, p. 146.
51 Ibid.

La lengua


Este escrito de Jacob Gregory, fue traducido por Jacobo Kouyoumdjian y publicado en el número 5 de la revista Adelphos (hermanos). Lo recuperamos para iniciar esta sección, esperando seguir tratando temas que puedan ser de ayuda para una auténtica vida cristiana.

La lengua es un miembro muy importante para el hombre. Dios nos ha dado dos ojos, dos oídos y dos piernas, pero nos ha dado una sola lengua, porque El ha querido que el hombre fuese pronto para oír y tardo para hablar (Stg 1.19).
En Santiago 1.26, leemos: «Si alguno piensa ser religioso entre vosotros y no refrena su lengua, sino engañando su corazón, la religión del tal es vana». A la luz de este versículo, nos preguntamos: ¿Por qué es imprescindible refrenar la lengua? Ofrecemos algunas respuestas.

Es imprescindible refrenar la lengua porque tal hecho demuestra la verdadera religión
La Biblia nos enseña que entre los verdaderos creyentes coexisten falsos creyentes. Es deber de los verdaderos creyentes estar llenos del Espíritu Santo (Ef 5.18), discernir a los hijos del diablo y cuidarse de ellos. La Palabra de Dios ofrece ciertas pruebas por las cuales los renacidos pueden conocer a los hijos de Dios y a los ministros del diablo. Una persona verdaderamente salva por la fe y la Gracia de Dios, puede y debe refrenar su lengua pues el Espíritu Santo que mora en ella le facultará. Pero muchos que piensan que son religiosos, pronto manifiestan el engaño de sus corazones y su religión vana, porque no refrenan sus lenguas.
Por la luz de la Palabra Santa de Dios, se por cierto que existen aquellos que son «cristianos» de nombre, meros profesantes religiosos cuyo destino será el infierno, porque no han nacido de nuevo y no refrenan sus lenguas por la fe, la oración y el Espíritu Santo. Los falsos creyentes no han renacido de nuevo, no poseen el Espíritu Santo y por lo tanto no pueden ser llenos del Espíritu y tener capacidad para refrenar sus lenguas.
Tristemente, conozco ciertos Cristianos que desean hacer la voluntad de Dios y ser santos en sus almas en pensamiento, en palabras, en obra, y predicar el Evangelio a las almas; sin embargo, olvidan que deben refrenar sus lenguas por la fe, la oración y el poder del Espíritu. El cristiano verdadero debe y puede refrenar su lengua por la Gracia de Dios. Aunque un creyente puede ser tentado a hablar desconsideradamente, un hecho es claro: no habla continuamente contra la voluntad de Dios.
Amado creyente, si deseas presentarte al mundo como una persona verdaderamente religiosa, debes refrenar tu lengua por el poder del Espíritu Santo, especialmente cuando seas perseguido y despreciado. Recuerdo que una vez, uno de esos cristianos nominales se pronunció contra mí y me despreció. Con la ayuda de Dios, pronto pude hacerle callar y entonces le dije: «Por favor, ¿me repite lo que ha hablado contra mí?». El hombre aquel se maravilló viendo mi imperturbabilidad y no repitió las palabras despreciativas.
Hermanos, el Señor guardó silencio en ciertos casos delante de sus enemigos. El demostró que era pronto para oír y tardío para hablar. Quienes son espirituales y profundos, refrenan sus lenguas. Los superficiales no refrenan sus lenguas, se exceden en sus palabras, hablan por demás y demuestran que no son verdaderamente salvos; no tienen el Espíritu ni están, por lo tanto, llenos de Él.

Es imprescindible refrenar la lengua, porque está prometida vida larga y felicidad a los creyentes que refrenan sus lenguas por la fe y el Espíritu Santo
El apóstol Pedro, dice:»El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua del mal, y sus labios no hablen engaño» (1 P 3.10). Algunas personas prosperan y viven vidas largas, pero no ven días buenos; y la causa suele ser porque no refrenan sus lenguas.
Ananías y Safira su mujer, murieron de muerte prematura, porque no refrenaron sus lenguas y mintieron al Espíritu Santo (Hechos 5.1-13). Muchos recogen sobre la tierra el fruto amargo de sus iniquidades y mueren prematuramente porque no refrenan sus lenguas.
Está escrito en la Palabra: «Pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado; llena de veneno mortal» (Stg 2.8). Pero si una persona quiere nacer de nuevo, andar en el Espíritu y ser llenado del Espíritu Santo, entonces si podrá refrenar su lengua, vivir vida larga y ver días buenos.
Aunque algunos creyentes mueren por el Señor Jesús, muchos mueren prematuramente porque no han refrenado sus lenguas y en algunos casos han padecido tribulaciones.

Es imprescindible refrenar la lengua, porque «toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio» (Mt 12.36)

a) Los pecadores serán juzgados ante el Trono Blanco después del reino milenial del Señor sobre la tierra (Ap 20.11-15). En aquel día grande del juicio, o sea, en el juicio último, los pecadores estarán en la presencia del Todopoderoso y serán juzgados por sus palabras ociosas o inconsideradas como también por sus crímenes e iniquidades. Muchos no dan importancia a sus palabras, pensando que sus palabras ociosos no son obras y que por lo tanto no serán responsables por sus palabras. Pero nuestro Padre Celestial es muy justo en sus juicios: El recompensará a cada creyente que da un vaso de agua fría a otro; El recompensará a cada creyente aún por sus obras pequeñas o insignificantes; pero al mismo tiempo juzgará y castigará a cada pecador por sus palabras ociosas. En el infierno, el castigo de los pecadores será según sus malos pensamientos, malas palabras y malas obras.
b) Los hijos de la luz también serán juzgados por sus palabras ociosas ante el Tribunal de Cristo, en la segunda venida de Jesús en los aires; y perderán parte de sus galardones eternos. Los creyentes no irán al fuego eterno por sus palabras ociosas, pero perderán parte de sus galardones. Amado creyente, si amas al Señor no has de querer ser juzgado por El en su segunda venida para ser privado de galardones. Lo mejor para ti es estar bajo la guía del Espíritu Santo y hablar según su santa voluntad. Tus palabras podrán ser bíblicas, pero para recibir galardones debes hablar aún esas palabras bíblicas bajo la guía y el poder del Espíritu Santo. Ilustraré esto con un ejemplo: tú eres invitado a predicar en una Iglesia local y el Señor quería que tú predicaras acerca de la vida llena del Espíritu Santo tomando el texto de Efesios 5.18. Pero tú, en cambio, por tu voluntad propia, no obedeciste al Señor y decidiste predicar sobre otro tema, por ejemplo, el tema de la oración que habías llevado preparado de antemano. Naturalmente, los miembros de la Iglesias no juzgarán, pero el Señor, en su segunda venida, te juzgará en Su Tribunal galardonador y no te recompensará por aquella predicación. Es por esto que todo predicador debe estar alerta y entender la voluntad de Dios y su dirección al preparar las predicaciones y pronunciarlas. Debe tener mucho cuidado de sus palabras; debe hablar según lo que le permita el Espíritu Santo. Encomiéndose por la fe al Señor, declárele sus deseos de hablar de acuerdo con las Sagradas Escrituras, y entonces crea en Su Poder y esté seguro de que El refrenará su lengua en la predicación.

Es indispensable refrenar la lengua, porque ello es la demostración y prueba de tener Sabiduría Divina

Salomón, el sabio, dice: «En las muchas palabras no falta pecado: mas el que refrena sus labios es prudente» (Prov. 10.19). Los prudentes no multiplican palabras, pero conozco algunos cristianos nominales que se tienen por prudentes sin apercibirse que a la luz de las Sagradas Escrituras son necios porque son charlatanes. Si sus palabras fueran registradas y luego examinadas, sería evidentes que se contradicen a sí mismos en sus declaraciones. Dos individuos pretendidamente espirituales vinieron a mi casa una vez para discutir sobre temas y actividades religiosas: durante la discusión hablaron muchas cosas y comprobé que sus palabras eran contradictorias.
Amado creyente: debemos ser prudentes como serpientes (Mt 10.16). Es interesante saber que existen serpientes que son prudentes y al mismo tiempo no son venenosas. Ellas no pican ni matan a la gente. No son dañinas y son beneficiosas para los labradores. Así debemos ser personas no dañinas y prudentes por la fe. Cierto día, un cazador se hallaba descansando a la sombra de un gran árbol, cuando de repente vio una gran serpiente sobre el árbol y sin demora alguna le apuntó con su escopeta y de un tiro la mató. Cuando los labradores del lugar oyeron el estampido corrieron hacia el árbol para ver lo que pasaba; y tristemente, comprobaron que el cazador había matado imprudentemente a una serpiente que no era dañina, sino que les prestaba beneficiosos servicios devorando insectos y bichos que arruinaban sembrados en los campos. Se enojaron mucho con el cazador y hasta llegaron a pensar en matarlo, pero afortunadamente puedo salvarse en manera milagrosa. Cerramos este tema repitiendo: «El que refrena sus labios es prudente».

Nuestra comunión…


Recuperamos los dos artículos que bajo este tema se publicaron en el número 1 y 2 del boletín Koinonía, como un breve comentario sobre la comunión cristiana, que establecía la manera en que se entendía el término griego que está integrado en la cabecera de esta revista, y que daba nombre a aquel humilde boletín, del que esta revista se considera continuadora.


Aunque el tema de la comunión cristiana es conocido, muchas veces uno se pregunta si ese conocimiento es correcto, conforme a las Sagradas Escrituras, al ver como se plasma en la realidad.

Comunión con el Padre, y con su Hijo, Jesu-Cristo
Aunque el tema de la comunión cristiana es conocido, muchas veces uno se pregunta si ese conocimiento es correcto, conforme a las Sagradas Escrituras, al ver como se plasma en la realidad.
El apóstol Juan, inspirado por el Espíritu Santo, afirma que la base para toda “comunión entre cristianos” se encuentra en una comunión verdadera y personal “con el Padre, y con su Hijo Jesucristo”.
Ello nos plantea una primera pregunta: ¿Lo que nosotros llamamos y practicamos como “comunión cristiana” tiene el fundamento que menciona el apóstol Juan? ¿Tiene ese punto de origen?
Particularicemos en nosotros mismos, en ti y en mi, y examinemos si poseemos esa comunión con el Padre y con el Hijo.
Un poco más adelante en la carta, el apóstol Juan nos dice: “En esto consiste el amor: no que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó a nosotros, y ha enviado a su Hijo en propiación por nuestros pecados”. Y, “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios…” (1Jn 4.10; 5.1a).
Para tener a Dios como Padre es imprescindible ser engendrado, ser nacido de Dios; pues lo que es nacido de la carne, carne es (Jn 3.6a).
Nuestra condición caída nos hace hijo del diablo (Jn 8.44), y si no fuera por el amor de Dios manifestado en la Persona de Cristo y consumado redentoramente en la Cruz del Calvario, sería imposible cualquier comunión con Dios.
Cuando nos reconocemos pecadores y creemos en lo que Dios dice sobre la persona y la obra de Cristo en la Cruz a nuestro favor, Dios, por su Santo Espíritu, nos aplica los beneficios de su Gracia y nos hace hijos de Dios. Entonces ya estamos en la condición de poder disfrutar de la comunión “con el Padre, y con su Hijo Jesucristo”.
Ahora la pregunta que se nos plantea es: ¿Cuánto conocemos de ello experimentalmente? ¿Cuánto disfrutas, cuánto disfruto, de tan santa experiencia conscientemente?
¡Seamos sinceros con nosotros mismos, la cuestión es vital! ¿Qué tipo de vida cristiana podemos llevar si no estamos en comunión práctica con Dios? Todo lo que se haga sin ese fundamento no puede contar con la aprobación y bendición de Dios, por mucho que queramos “santificarlo” con nombres y adjetivos cristianos, o incluso usando en nombre de Dios, lo que sería usarlo en vano.
El pecado no confesado es aquello que nos impide disfrutar de la comunión con Dios. Y el pecado está muy relacionado con nuestra actitud frente a la infalible e inerrable Palabra de Dios. Aquello que es pecado, es definido en la Palabra de Dios, por mención directa o por principio. El mentir, el fornicar… es pecado (Col 3.9; Ex 20.14); pero también es pecado todo vicio, incluido el tabaco (Gá 5:21; 1Tes 5:22). Hay pecado por transgresión de los mandamientos de Dios enunciados en la Palabra (directamente o por principio), y hay pecado por no hacer aquello que sabemos que es lo bueno (Stg 4.17).
Actualmente el subjetivismo de nuestra propia opinión o de la opinión de los demás está inundando la cristiandad; es un engaño diabólico que lleva a perder la vivencia de la comunión con Dios.
La comunión con el Padre, nos la ilustra la vida del Hijo: amor, obediencia, sujeción… sin reservas ni condiciones. La con el Hijo implica comunión con el Padre y comunión con la Cruz, que nos habla de la muerte al pecado y la manifestación de una vida nueva que es en santidad y obediencia a Dios y su Santa Palabra.
¿Cómo está tu comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo? ¿Cómo está mi comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo? Y eso… según Dios y su Santa Palabra, y no según tu opinión. De ello depende todo en nuestras vidas como cristianos, y cualquier otro nivel de comunión.

Comunión entre nosotros

En el número anterior consideramos nuestra “comunión con el Padre, y con su Hijo Jesu-Cristo”. El aspecto que ahora hemos de tratar, conforme la presentación que el apóstol Juan hace en su primera epístola, es la “comunión entre nosotros”.
Ya definimos a quien se refiere ese “nosotros”: a los engendrados de Dios, a los nacidos de nuevo, a aquellos que arrepintiéndose de sus pecados han depositado toda y sola fe en la persona y en la obra bendita de Cristo, recibiendo la vida divina.
Es la comunión con el Padre y el Hijo donde se origina, y de la que depende, la comunión entre los hijos de Dios, los hermanos.
Actualmente muchos que se dicen cristianos, o protestantes, o evangélicos… no tienen comunión con el Padre y con su Hijo Jesu-cristo; son profesantes, en el mejor de los casos, pues algunos ya han llegado a poner en duda o negar las verdades fundamentales del cristianismo bíblico.
La “comunión cristiana” únicamente puede tenerse entre cristianos. Parece una redundancia, pero el ecumenismo actual, que es sincretista y que ha penetrado filtrándose en el pueblo protestante y/o evangélico, nos exige tal precisión. Antes de intentar vivir la “comunión cristiana” con uno que se dice cristiano… confirma por su testimonio de palabra (qué cree) y de vida (cómo vive aquello que dice creer) que lo es. Ante la duda… anúnciale el Evangelio de la Gracia de Dios.
Las Sagradas Escrituras nos ofrecen pautas para poder discernir, hasta donde nos es posible como humanos, quien es y quien no es cristiano; advirtiéndonos para que no establezcamos comunión con falsos hermanos. Leemos:
“Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mt 7:20).
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos: mas el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre lanzamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les protestaré: Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de maldad” (Mt 7:21-23).
“Porque muchos engañadores son entrados en el mundo, los cuales no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Este tal el engañador es, y el anticristo… Cualquiera que se rebela, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene á Dios: el que persevera en la doctrina de Cristo, el tal tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene á vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡bienvenido!” (2Jn 7, 9-10 cf. 1Jn 4:1-3).
“Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios: y cualquiera que ama al que ha engendrado, ama también al que es nacido de él. En esto conocemos que amamos á los hijos de Dios, cuando amamos á Dios, y guardamos sus mandamientos” (1Jn 5:1-2).
“En esto son manifiestos los hijos de Dios, y los hijos del diablo: cualquiera que no hace justicia, y que no ama á su hermano, no es de Dios” (1Jn 3:10).
“Y en esto sabemos que nosotros le hemos conocido, si guardamos sus mandamientos” (1Jn 2:3).
“Si alguno enseña otra cosa, y no asiente á sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y á la doctrina que es conforme á la piedad; es hinchado, nada sabe, y enloquece acerca de cuestiones y contiendas de palabras, de las cuales nacen envidias, pleitos, maledicencias, malas sospechas, porfías de hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que tienen la piedad por granjería: apártate de los tales” (1Ti 6:3-5).
Una vez identificado, a la luz de la Palabra de Dios, el otro como cristiano debemos reconocer nuestra comunión de vida: con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo.
Pero la comunión cristiana tiene diferentes niveles de concreción: un nivel persona a persona, personal; un nivel corporativo local, eclesial; y un nivel intereclesial. Cada uno se fundamenta en el anterior y todos ellos se deben manifestar y disfrutar en lo posible.
Cada nivel debe establecerse, consolidarse y profundizarse. Debe manifestarse e intensificarse, pero ello siguiendo las pautas de Dios, las pautas establecidas por El en Su infalible e inerrable Palabra, la Santa Biblia, los 66 libros canónicos que la forman.
Leyendo las Escrituras, teniendo en mente la comunión cristiana, encontramos textos que nos hacen reflexionar y nos ayudan a establecer las pautas para la manifestación y profundización de la vida divina que compartimos:
“Compañero soy yo de todos los que te temieren y guardaren tus mandamientos” (Sal 119:63).
“¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de concierto?” (Am3:3).
“Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor á los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo… Huye también los deseos juveniles; y sigue la justicia, la fe, la caridad, la paz, con los que invocan al Señor de puro corazón” (2Ti 2:19, 22).
“No impongas de ligero las manos a ninguno, ni comuniques en pecados ajenos: consérvate en limpieza” (1Ti 5:22).
“Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es servidor de ídolos, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios… los hijos de desobediencia. No seáis pues aparceros con ellos” (Ef 5:5-7).
Intentando agrupar en grandes áreas aquellas cosas que pueden hacer concretar la comunión cristiana y profundizarla, señalamos cinco:
-la vida y conducta cristiana.
-el conocimiento de Dios y su voluntad.
-la obediencia a la Palabra.
-el conocimiento mutuo.
-el trabajo compartido.
Y hemos de apuntar que igual que la existencia y profundización de ellas aumenta la manifestación de la comunión cristiana entre los renacidos, su ausencia o poca manifestación son elementos que la dificultan. No podemos olvidar que el origen y la posibilidad de manifestación de toda comunión cristiana depende de la autenticidad y profundidad de comunión con el Padre, y con Su Hijo Jesu-Cristo.
Conociendo que la voluntad de Dios es la comunión entre sus hijos, entre los hermanos en Cristo, tu y yo tenemos como primera responsabilidad vivir de la manera que agrada a Dios y que es la que hace posible su manifestación. Tu has de de comenzar, yo debo de comenzar, viviendo en comunión con Dios y en santidad de vida. Debes, debo, caminar en la luz no en las tinieblas del pecado, confesando todo pecado en el mismo momento en que lo descubramos, rompiendo toda atadura con los malos y con el mal, llevando todo vicio en arrepentimiento, confesión y fe a la Cruz de Cristo para ser limpiados con Su sangre, y comenzar a vivir en victoria sobre el mundo, el pecado y la carne, creciendo en la vida cristiana, siendo llenos del Espíritu y manifestando sus frutos. Y evidentemente, ello requiere tu tiempo a solas con Dios cada día en oración y estudio de las Escrituras. Cuanto más santo sea, cuanto más espiritual seas, más facilitarás la comunión cristiana, pues si andas en pecado tu hermano no puede andar contigo, debe reprenderte, cuando no apartarse de ti si ve que puede quedar envuelto en él.
Hemos de seguir, personalmente, conociendo más a Dios y Su voluntad. Eso requiere tiempo y esfuerzo. Ello requiere oración intensa y extensa (mucha y profunda), y un estudio serio y reverente, dependiente del Espíritu Santo, de las Sagradas Escrituras, pues es a través de ellas que Dios se nos revela y nos da a conocer Su voluntad (Ro 12:1-2).
Debemos estar dispuestos a obedecer en todo a Dios, aunque en ocasiones no lo entendamos todo. El conocimiento requiere obediencia. Guardar los mandamientos de Dios no es únicamente almacenarlos en la mente y repetirlos con precisión, es además actuar conforme a ellos tanto en lo negativo, absteniéndonos de lo que se nos presenta como malo, como en lo positivo, realizando aquello que se nos propone/manda.
Lo anterior es fundamental para poder profundizar en el conocimiento mutuo y trabajar juntos. En caso contrario, a mayor conocimiento, mayor decepción, más crítica y mayor incomprensión. ¿Cómo sino surgen las murmuraciones y otros males de la lengua que se han extendido como pólvora entre aquellos que dicen invocar el nombre de Dios? El conocimiento a que aquí hacemos referencia es un conocimiento en amor, a edificación, para comprendernos, ayudarnos, tolerarnos y amarnos sinceramente en Cristo de una manera intensa, y todo eso solo puede surgir como fruto del Espíritu Santo en el creyente.
¿Cómo vamos a trabajar juntos en algo si no lo hacemos para el Señor y en el Espíritu? Toda otra labor es fruto y esfuerzo de la carne, y no se inscribe dentro de la comunión cristiana.
¿Qué debes, debemos, hacer para manifestar y fomentar la comunión cristiana? Vivir en comunión íntima con Dios y conduciéndome como un hijo de Dios; dedicar más tiempo a conocer a Dios y su voluntad estudiando la Biblia en oración y ayudado por el Espíritu; obedecer todo aquello que conocemos que es la voluntad de Dios, tanto en lo que debemos dejar de hacer como en lo que hemos de hacer; dedicar tiempo para conocer, con un interés sano, de ayuda y comprensión, a mis hermanos, comenzando con los de mi casa, si los tengo, y los de mi iglesia local; y trabajar con ellos en toda tarea eclesial como personal en la que podamos ser de ayuda.
¿Qué debemos evitar? Que en arras de una mayor comunión con otros cristianos desatendamos nuestra personal vida cristiana, sacrifiquemos la obediencia a Dios, toleremos el pecado y la desobediencia a los principios de la Palabra de Dios, desatendamos a los nuestros o a nuestra iglesia local…
¿Qué debemos promover? La espiritualidad bíblica, la obediencia a Dios, la santidad… entre otras cosas.
¿Que debemos recordar? Que la Iglesia de Cristo es una y sola, y que de ella formamos parte todos los renacidos. Que la predicación del Evangelio es otra manera de fomentar la comunión cristiana, cada persona que cree es hecho hermano nuestro. Y que toda concepción de la comunión cristiana debe ser analizada a la luz de la Santa Biblia y conformarse a sus principios.
“Mas si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión entre nosotros, y la sangre de Jesu-Cristo su Hijo nos limpia de todo pecado”.

Iniciamos una nueva etapa

Hace ahora diez años, en septiembre de 1997, apareció el primer número del boletín Koinonía. Su objetivo era proveernos, como Edicions Cristianes Bíbliques, de un medio que nos permitiera mantener la comunicación con los hermanos e Iglesias con las que habíamos entrado en contacto, así como informar de las nuevas publicaciones.
A través de estos 10 años se llegaron a publicar 16 número, además del número 0, pero con una frecuencia que no siempre era la prevista, trimestral, hasta que dejó de publicarse, aunque con la voluntad de retomarlo. El último número apareció en el año 2004.
Una de las causas de su irregularidad fue el hecho de querer vincularlo a la aparición de nuevas publicaciones, pues no siempre era posible sacar nuevos títulos cada tres meses. Otra fue el aumento del precio del correo, y la imposibilidad de seguir enviándolo como impreso. Y la tercera, de las importantes, fue la limitación de recursos humanos.
Hace unos meses, considerando la situación de boletín, y diversos materiales preparados para publicar que iban quedando pendientes, consideré la posibilidad de renovar el antiguo boletín y transformarlo en una revista en formato electrónico, ampliando considerablemente sus contenidos y propósito, aprovechando las posibilidades que ofrece internet.
Su difusión a través del blog http://revistakoinonia.blogspot.com, y como documento PDF, facilitará su distribución ampliamente, con los mínimos costes.
Nuestro propósito, con la ayuda del Señor, es mantener los objetivos que tenía el antiguo boletín Koinonía, y, además, facilitar el acceso a diversos trabajos que tal vez más adelante puedan publicarse como libritos impresos, así como ofrecer trabajos preparados específicamente para la revista dentro de las diferentes colecciones en que englobamos nuestras publicaciones impresas, y que aquí se transformarán en secciones: Estudio bíblico, Edificación cristiana, Información y denuncia, Scriptura y Papeles de iglesia.
En este primer número, ofrecemos cinco trabajos. El primero, Nuestra comunión, recupera lo que comentábamos en los dos primeros números del antiguo boletín, en que justificábamos porque usábamos la palabra griega Koinonía como cabecera. El segundo, La lengua, recupera un artículo publicado en 1974 en la revista Adelphos, que trata cómo los cristianos debemos usar nuestra lengua. El tercero, El G-12, es la traducción de un artículo original en portugués, que denuncia algunos aspectos del movimiento G-12 iniciado en Colombia, y que ha conseguido infiltrar muchos de sus principios en multitud de Iglesias Evangélicas, sin que sean conscientes de lo que hay detrás. El cuarto, El Texto Tradicional del Nuevo Testamento, ofrece el primer capítulo de la obra de John Burgon, erudito textual británico de la época de Wescott y Hort, que defendía el Textus Receptus frente a los textos críticos. Una primicia en castellano, traducida inicialmente por los hermanos Ybarra, y revisada posteriormente por el equipo de ECB. El quinto, Un Cuerpo, muchos miembros, presenta la primera parte de un trabajo realizado por Antoni Mendoza sobre los dones espirituales, en la perspectiva de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.
En las próximas ediciones, a medida que nuestros lectores nos hagan llervar sus preguntas, inauguraremos la sección que hemos titulado Preguntas y respuestas. Haremos una selección de aquellas preguntas que estén más relacionadas con los temas tratados, y que puedan ser de interés general, con la correspondiente respuesta, esperando que pueda ser de utilidad para los lectores.

AMM