Llegó el segundo número

Después de un año de publicar el primer número de la Revista bíblica Koinonía, finalmente sale a la luz el número 2. Nacimos con la intención de continuar nuestro antiguo boletín, y con la voluntad de aparecer trimestralmente. Hasta el momento no ha sido posible, pero esperamos, con la ayuda del Señor y un poco más de esfuerzo por nuestra parte conseguir pronto este objetivo y mantenerlo. Parte del retraso en la aparición de este número, se debe a nuestro deseo de ofrecer un trabajo en cada una de las secciones, pero lamentablemente la sección Información y denuncia no incorporará lo que teníamos decidido, pues aun no se ha completado.
En este segundo número ofrecemos cuatro trabajos, dos de ellos son continuación de los aparecidos en el número anterior. El primero, titulado La vida cristiana, ¿qué es?, es la recuperación de un escrito de un autor clásico, C. H. Mackintosh, autor del siglo XIX, bien conocido especialmente por su comentario sobre el Pentateuco, que también escribió un buen número de artículos y estudios bíblicos. El segundo trabajo, Las ofrendas cristianas, es la primera parte de un estudio bíblico sobre este tema, que aunque no es nuevo entre los círculos cristianos bíblicos, no siempre ha sido bien explicado, entendido y practicado, en opinión de su autor. El tercero trabajo, El Texto Tradicional del Nuevo Testamento, presenta un nuevo capítulo de la obra de John Burgon, erudito textual británico que defendió el Textus Receptus frente a los textos críticos, y del cual iremos ofreciendo nuevos capítulos en los próximos números. Y el cuarto, y último, es la segunda parte del trabajo Un Cuerpo, muchos miembros, que trata sobre los dones espirituales, en la perspectiva de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.
Esperamos que estos trabajos os sean de beneficio espiritual, y edifiquen vuestros corazones y mentes en la verdad de las Sagradas Escrituras, al que todo escrito ha de ser tributario, y sometido a sus enseñanzas. Las preguntas que nos lleguen sobre los temas tratados, las contestaremos en la sección Preguntas y respuestas, que aún no hemos estrenado.

Un cuerpo, muchos miembros… (2)


Con este título, presentamos la segunda parte de un trabajo sobre los dones espirituales, en la perspectiva del Cuerpo de Cristo, de la pluma de Antoni Mendoza i Miralles. Escrito originalmente en catalán, ofrecemos aquí la traducción castellana, con la esperanza que más adelante se publique en formato de libro impreso.

Los dones del Espíritu Santo
La primera pregunta que nos planteamos es si hay, en el Nuevo Testamento, una relación detallada de los diferentes dones del Espíritu Santo.
Para poder responderla hemos de examinar, al menos, ciertas partes del Nuevo Testamento que hablan específicamente de este tema. Buscando relaciones de dones en el Nuevo Testamento, las encontramos en cuatro epístolas: en 1Corintios (capítulos 12 a 14), en Romanos (12:6-8), en Efesios (4:11) y en 1Pedro (4:10-11).

Con respecto a lo que se dice a la Primera epístola a los Corintios, tenemos que destacar la singularidad de esta epístola, que la hace diferente de las otras que hemos que considerar sobre este tema. Las epístolas a los corintios, y especialmente la primera, fueron escritas para intentar corregir y ordenar el desbarajuste espiritual que se vivía en aquella Iglesia griega. Por eso, aunque contiene verdades permanentes para la Iglesia de todos los tiempos, las correcciones que se presentan tratan de situaciones muy concretas que se vivían en aquella Iglesia local, y en aquel momento histórico concreto, en un contexto en que el paganismo ambiente se había infiltrado, incluso en la manera de pensar de los creyentes y en su manera de vivir como Iglesia.
1Corintios 12:8 a 10
La lectura de los versículos iniciales del capítulo doce dejan claro que Pablo quería que los creyentes de Corintio no fueran ignorantes de las verdades espirituales, a diferencia de lo que habían vivido en el paganismo. Antes se habían dejado llevar, sin entender exactamente lo que hacían; pero ahora, hacía falta que actuaran plenamente conscientes de lo que hacían, un hecho que parece que no se daba del todo en aquella Iglesia.
Pablo los recuerda que el Dios Trino es quien hace el reparto de dones, servicios y actividades de acuerdo a su soberana voluntad; que los «dones espirituales» no son algo que uno pueda conseguir de alguna manera, ya que éstos se reciben en el momento de la conversión, cuando todo creyente es bautizado en el Cuerpo de Cristo por el Espíritu. También les recuerda que el propósito de los dones espirituales, que habían recibido por gracia, es que se manifiesten de manera que sean de utilidad espiritual para todo el Cuerpo, que es la Iglesia.
En estos versículos no encontramos una lista de dones espirituales
Si no perdemos de vista el contexto, nos daremos cuenta que en estos versículos que estamos considerando, Pablo no intenta presentar una lista de dones, ni parte de una lista más amplía, únicamente son ejemplos de los dones espirituales que los hermanos en Corintio habían recibido. Es más, seguramente formaban parte de aquellos dones que ellos valoraban más; por eso Pablo los toma como ejemplo de lo que habían recibido por pura gracia: no se podían gloriar de ellos, ya que no habían hecho nada para conseguirlos. Aquello de lo que ellos se gloriaban, los dones que decían tener, tenía que humillarlos en lugar de enorgullecerlos, puesto que los habían recibido del Señor sin ningún merecimiento personal.
A pesar de la importancia que ellos daban a estos dones espectaculares, tenían que aprender a considerarlos desde la perspectiva divina, poniendo primero lo que Dios ponía primero, y entendiendo su propósito, y la temporalidad de muchos de los dones que tenían en aquel momento concreto.
El detalles que nos da
El orden en que se presentan los dones que se mencionan aquí no indica ninguna preeminencia de uno sobre otro, son sencillamente ejemplos presentados para su consideración, sin ninguna otra intención.
El verbo que introduce estos ejemplos de dones es «dar», que indica una acción fruto de la voluntad de Dios y de su gracia. Consideremoslos.
Palabra de sabiduría
Encontramos una expresión parecida a 1Corintios 2:6-16, donde se dice que «hablamos sabiduría de Dios».
Trenchard comenta: «Aquí se trata de la comunicación, en el seno de la iglesia, de’ lo profundo de Dios’, que hallaba su centro en Cristo -hecho para nosotros sabiduría- cono referencia especial en su Obra: aquella obra de Cruz que fue considerada como ‘locura’ miedo la sabiduría del mundo. Seguramente los mensajes de sabiduría señalaban también los distintos aspectos de la vida de los cristianos, que ha de ordenarse ‘según Cristo’ y en la luz de su Muerte y Resurrección».1
Bonnet y Schroeder comentan que: «La sabiduría en este sentido significa principalmente la verdad divina aplicándose inmediatamente en la práctica de la vida cristiana».2
Si tenemos en cuenta que todavía no estaban escritos la mayoría de los libros del Nuevo Testamento, entenderemos mejor la necesidad y utilidad de este don. En base a las Escrituras que tenían, y por una acción directa del Espíritu Santo, aquéllos que tenían este don recibían una comprensión de la obra de Cristo y de sus implicaciones prácticas, para comunicarla a los hermanos para ayudar a vivir vidas cristianas a más santas.
Palabra de ciencia
Bonnet y Schroeder comentan de esta palabra: «El conocimiento se el don de penetrar muy adentro en la doctrina revelada, de comprenderla en su conjunto y en sus detallas, y de exponerla para la instrucción de los demás».3
Teniendo presente lo que acabamos de decir sobre el don anterior, parecería que la diferencia estaba en que, mientras aquél está centrado más en las implicaciones prácticas, éste estaba centrado más en el aspecto doctrinal, dogmático. El Espíritu Santo daba a estos hermanos una comprensión de la doctrina que proporcionaba la claridad necesaria a la verdad revelada, para la edificación de los hermanos y el discernimiento del error a nivel doctrinal.
Fe
Bonnet y Schroeder comentan: «… no se solamente esa confianza del corazón, común en todos los cristianos, y que nos hace partícipes de Cristo y de la salvación miedo él, sino esa fe heroica que, miedo momentos, se apodera de la omnipotencia de Dios y realiza milagros (13:2)».4
Robertson lo describe diciendo: «No fe de redención, fe que salva, sino fe obradora de maravillas como la de 13:2 (Mt 17:20: 21:21)». 5
Una capacidad de fe especial, que posibilita hacer obras sobrenaturales, pero que también puede permitir ir más allá de lo que parece posible, de manera que expresada anime a la fraternidad a dar pasos de fe, pasos adelante en la dirección correcta.
Dones de sanidades
Llama la atención la distinción que Pablo hace entre «dones de sanidades» y «operaciones de milagros», una distinción que volvemos a encontrar a los versículos 28, 29 y 30.
La palabra que se traduce «sanidades» únicamente lo encontramos en este capítulo, aunque el verbo de donde viene es el que se utiliza a los Evangelios y a los Hechos para hablar de sanidad física (comp. Lc 6:17-18).
Operaciones de milagros
MacArthur comenta sobre este don: «Jesús proveyó lo modelo más claro para entenderlo. Dunamis o ‘poder’ aparecen como lo puntúo en el que Jesús derrotó en Satanás una y otra vez en sus duelos diarios. Durante toda Su vida y ministerio, Jesús se enfrentó en Satanás y lo derrotó cono Su dunamis, Su poder (Lc 4:13-14, 36; 6:17-18).
Constantemente vemos a Jesús echando fuera demonios por Su ‘poder’ (verdadero Mt 8, 9, 12; Mc 5-7; Lc 9). En todos los casos el don del poder de Jesús fue usado para combatir el reino de Satanás.
El don de ‘poderes’, como debería llamársele, se entonces la capacidad de echar fuera demonios. Esto se lo que hicieron los apóstoles (Hch 13:10; 19:12) y lo que hizo Felipe (Hch 8:6-7) en la época cuando se iniciaba la proclamación del evangelio del reino».6
Un don especial, para un momento de la historia muy especial, debido a la gran actividad diabólica que no se había manifestado antes, para impedir la consolidación de la Iglesia. También hay que tener presente el ocultismo imperante en aquella época y en las religiones paganas.
Profecía
Éste es un término de amplio significado. Quiere decir hablar, proclamar la Palabra de Dios. Puede indicar la predicción de acontecimientos futuros, pero básicamente era la transmisión de aquello que viene de parte de Dios. Los profetas del Antiguo Testamento son el modelo (Mt 13:14; 1Pe 1:20): recibían cierto mensaje de Dios, y lo comunicaban fielmente al pueblo; a veces expresando literalmente las mismas palabras que habían recibido de Dios, de otros comunicándolo en sus propias palabras bajo la inspiración del Espíritu Santo.
Los profetas del Nuevo Testamento fueron los encargados de transmitir la Palabra de Dios, mientras ésta no quedó registrada en las páginas del Nuevo Testamento.
También hay una aplicación más general del don, que incluye la edificación, la exhortación y la consolación (1Co 14:3).
Trenchard comenta: «… se el anuncio público de la voluntad divina, sea en la predicción de acontecimientos futuros, sea en el análisis de las condiciones espirituales del día. Los mensajes habían de ser claros, obrando el Espíritu mediante la inteligencia para la edificación de los creyentes (14:1-5, 12, 24 y 25). El profeta se el portavoz de Dios, y su misión fue importantísima antes de completarse el canon del Nuevo Testamento».7
Unger dice: «… una persona como un don espiritual, quien recibía la verdad directamente del Espíritu Santo y exponía la verdad (ahora contenida en la Escritura ya completa), públicamente y como autoridad, en las asambleas cristianas primitivas».8
Discernimiento de espíritus
Trenchard dice sobre dicho término: «…fue un don de importancia especial cuando tanto había de ser comunicado en la congregación miedo medio de revelaciones directas. Se posible que todos los creyentes espirituales fuesen capaces -normalmente- de distinguir los mensajes divinos de los falsos, gracias en la ‘unción’ del Espíritu de la cual habla el apóstol Juan (1Jn 2:26 y 27); pero el hermano dotado cono este charisma hablaría cono autoridad especial cuando se trataba de distinguir entre ‘moneda’ legítima y falsa».9
Robertson lo describe diciendo: «Un don muy necesario para determinar si los dones eran realmente del Espíritu y sobrenaturales (cf. los pretendidos ‘dones’ actuales) o meramente extraños aunque naturales, o incluso diabólicos (1Tm 4.1; 1Jn 4:1ss) «. 10
Generos de lenguas
La palabra griega que se utiliza por «lenguas» es «glosa», y, todo que en el Nuevo Testamento a veces se utiliza para habla de la lengua humana, es la palabra común para hablar de idiomas. Es más, la palabra griega «genos», que aquí se traduce «tipos», significa una familia, grupo, raza o nación, y es de donde viene la palabra generación. En lingüística es habla de «familias lingüísticas» y «familias de idiomas».
Eso quiere decir que este don consistía al hablar diferentes idiomas humanos sin estudiarles previamente, para comunicar la gloria de Dios, cómo se ve a Fets 2:4-13.
Interpretación de lenguas
La palabra «interpretación» viene de un verbo que se utiliza siempre en el Nuevo Testamento para introducir la traducción de palabras que están en una lengua desconocida por el lector (Jn 1:38, 42; 9:7; He 7:2).
Era una capacidad sobrenatural que permitía que una persona tradujera aquello que se había hablado en un idioma desconocido para el presente, sin que el traductor conociera previamente aquel otro idioma (1Co 14:28).

1Corintios 12:27 a 31
Pablo nos da la primera lista que encontramos de dones en la parte final del capítulo doce de esta epístola. En esta lista, el Apóstol ordena una serie de «dones espirituales» según su importancia. Llama la atención la aparición de dones que presenta como importantes, que no hemos encontrado en los ejemplos, y la falta de muchos de los que allí hemos visto. Únicamente encontramos cuatro que salen en los dos lugares. Claro está que no es una lista cumplida, y que el objetivo principal se destacar que hay dones que tienen una importancia especial para la vida de la Iglesia como Cuerpo.
Los tres primeros dones los introduce con numerales, pero los siguientes lo hace con la palabra «después», en dos tandas, sin ninguna indicación de importancia.

Los tres primeros dones en importancia de esta lista
Primero: Apóstoles
La palabra hace referencia, en primer lugar, a aquellos doce hombres que Jesús escogió de entre sus discípulos y que llamó de esta manera, diferenciándolos de los otros discípulos (Lc 6:12-16). También incluye en Matias, que, habiendo formado parte de los discípulos de Jesús a lo largo de su ministerio terrenal y siendo testigo de su resurrección, fue escogido bajo la dirección del Señor (Hch 1:21-22) para ocupar el lugar de Judas, antes de la venida del Espíritu Santo el día del Pentecostés, cuando fue constituida la Iglesia (Hch 1:15-26). Fueron los depositarios y los encargados de transmitir la enseñanza de Cristo, la llamada doctrina de los Apóstoles (Hch 2:42). Fueron una institución única, con Matias quedó cerrada, como lo muestra el hecho de que desde el inicio de la Iglesia fueron conocidos como «los Doce» (Hch 2:42);11 convirtiéndose en fundamento de la Iglesia (Ef 2:20). Los requisitos que tenían que tener, en más de ser escogido por Cristo, eran: ser hombres; haber estado con Jesús a lo largo de su ministerio terrenal, y ser testigo de su resurrección (Hch 1:21-22).
Con respecto al apostolado de Pablo, recogemos lo que dice Lacueva: «Pablo pasa a ocupar un lugar similar, incluso superior en muchos aspectos (1Co 9:1 y ss; 2Co 11:22 y ss.), a los Doce (Gá 2:7 y ss), pero no idéntico en ellos. Así en Hechos 13:31 él mismo se excluye del grupo de testigos cualificados. Aunque su apostolado no era ‘de hombres ni miedo hombres’ sino miedo revelación de Jesucristo’ (Gá 1:1, 11), él vio una luz y oyó una voz, pero no vio en realidad en Jesucristo resucitado (cf. Hch 9:3-5); además su don ministerial tuvo que ser reconocido eclesialmente (Hch 9:10-19; Gá 2:9). En 1Co 9:6 equipara en Bernabé y a si mismo ‘a los otros apóstoles’ (v. 5)».12
Segundo: Profetas
Sobre este don, Trenchard dice: «Su importancia relativa en el Nuevo Testamento se menor que la de los profetas que ejercían su ministerio en el pueblo de Israel, ya que los Apóstoles eran los encargados de recibir laso verdades fundamentales del Nuevo Pacto, mientras que los profetas ‘llenaban los huecos’ de conocimiento y exhortación hasta que se cumpliera la plenitud del ministerio apostólico. En términos generales podemos decir que los profetas del Antiguo Testamento eran los medios empleados miedo el Espíritu Santo para entregar el contenido inspirado de la revelación divina en Israel, mientras que los Apóstoles eran el medio para la transmisión de la verdad del Nuevo Pacto. Sin embargo, los mensajes proféticos, pronunciados en laso iglesias del primer siglo, se revestían de gran importancia para la guía inmediata de laso congregaciones, especialmente en la ausencia de los Apóstoles. Miedo eso se dice que Dios puso a los profetas en la iglesia en segundo lugar, después de los Apóstoles».13
Según Hechos 13:1, los profetas eran los pastores de la Iglesia en Antioquia de Siria. Y según 1Corintis 14:5 y 31, había una función profética general, que podían llevar a cabo todos los miembros de la Iglesia, que tenía una función de edificación, exhortación y consolación, y se llevaba a cabo especialmente en las reuniones de la Iglesia; además de la función profética como ejercicio del don del Espíritu.
Tercero: Doctores
Lo que dice Trenchard es lo siguiente: «En el don del enseñador entra más profundamente el elemento de estudio, de meditación y de expresión ordenada. Se de suponer que conocería bien las Escrituras del Antiguo Testamento, que recogería de la boca de los Apóstoles -o de sus escritos- las verdades del Nuevo Pacto; que tomaría nota de diversos mensajes proféticos, discerniendo sus elementos de valor permanente. Así podría ser el formulador de las doctrinas y el campeón dispuesto en combatir falsas enseñanzas. El don de «doctor» se uno de los cinco fundamentales que Pablo menciona en Efesios 4:11, como esenciales para el crecimiento del Cuerpo de Cristo. En la medida en que el ‘depósito apostólico’ del Nuevo Testamento se iba completando en forma escrita, la importancia del don de enseñador se acrecentaba, limitándose más y más la de los dones extáticos».14
Por lo que dice Hechos 13:1 y Efesios 4:11, parecería que este don estaba asociado básicamente a aquéllos que llevaban|traían la dirección espiritual de la Iglesia.
Después…
Facultades
Este don lo hemos encontrado entre los ejemplos presentados al versículo 10, donde ya hemos indicado su significado.
Después…
Dones de sanidades
Este don lo hemos encontrado entre los ejemplos presentados al versículo 10, donde ya hemos indicado su significado, como el anterior.
Ayudas
Trenchard comenta: «El término se poco conocido en el Nuevo Testamento y podría representar el don de prestar ayudas prácticas de forma discreta a los hermanos en lo curso normal de la vida de la iglesia. En el mismo tiempo, como elemento en una lista de mujeres públicos, podría corresponder en la labor de los diáconos que más tarde había de recibir reconocimiento específico (Fil 1:1; 1Tm 3:8-13)».15
Gobernaciones
El comentario de Trenchard es: «El término se ‘kubernêseis’, o sea, los pilotos de una nave. Se de suponer que corresponde este don al de los ‘ancianos’ -también denominados ‘sobreveedores’ o ‘pastores’ – que guiaban y pastoreaban laso congregaciones según el orden apostólico. Nos lamé la atención que en esta Epístola -tan eminentemente eclesial- no hallamos referencia directa en ‘ancianos’ aparte de este término muy especial… Queda la posibilidad de que el triste estado de desorden que Pablo tuvo que denunciar en Corinto surgía precisamente del fracaso de la labor de pastoreo de los ancianos frente en la rebeldía de una buena parte de la congregación».16
Tenemos que recordar que podemos encontrar también una referencia indirecta a los pastores en los dones de profetas y de doctores (Hch 13:1; Ef 4:11).
Géneros de lenguas
Este don lo hemos encontrado en los ejemplos presentados en el versículo 10, dónde ya hemos indicado su significado.

Romanos 12:6 a 8
En este capítulo doce de Romans encontramos otra lista de dones espirituales. Cronológicamente, la lista es posterior en la que hemos encontrado en la 1Corintis. Como veamos, entre los siete dones que se presentan no se incluye ninguno de los dones espectaculares a los cuales los corintios daban tanta importancia. La iglesia de Roma representa mejor que la de Corinto la realidad general de la Iglesia.
No se dan siguiendo un orden de importancia, como hemos encontrado en la lista de la Primera en los Corintios; tampoco parece que se presente como una lista exhaustiva. Con la presentación de cada don, se dan indicaciones de cómo ejercerlo de una manera provechosa.
Profecía
Éste es un don que hemos encontrado en todos los textos que hemos considerado hasta ahora, y que también encontraremos en la lista que se da a Efesios 4. Aquí Paz lo asocia con la fe, en su ejercicio.
Ministerio
La palabra se asocia con los diáconos, aunque, cómo dice Trenchard: «El sentido de diakonía, en nuestro verdadero, no debe limitarse a los cuidados materiales y financieros de una congregación, pues la voz se aplica en muy variados ministerios en el texto del Nuevo Testamento. Sin duda abarca el servicio material, pero puede incluir también los más elevados ejercicios del ministerio espiritual».17
El significado específico, en cuanto al diaconato, lo podemos encontrar en textos como Hechos 6:1-6 y Romanos 16:1-2.
El que enseña
Este don también lo hemos encontrado en la lista de Corintios. Allí hemos comentado el significado de la palabra cuando hemos hablado de los maestros.
El que exhorta
«Exhortar» es una palabra que se utiliza, junto con otros dos, para describir lo que quiere decir «profetizar» de una manera general, y más allá del aspecto concreto de anunciar acontecimientos futuros. Pablo decía que «el que profetiza habla a los hombres para edificación, y exhortación, y consolación» (1Co 14:3).
Ahora Pablo, cuando un tiempo más tarde escribe a los Romanos, presenta una de las funciones del don de profecía como don independiente y específico en la vida de la Iglesia.
El que dice Trenchard es: «Ya hemos notado que el exhortador se llamado a aplicar los principios de la Palabra a laso necesidades de los creyentes en laso circunstancias de su día. No se trata de aplicar el ‘palo limpio’ a las espaldas de los oyentes, sino de una comprensión de laso hondas necesidades espirituales que en efecto existen y que han de remediarse, no miedo panaceas carnales, sino miedo la medicina y el alimento de la Palabra revelada. El ejercicio del don requiere simpatía, firmeza, corazón y claridad de expresión».18
Hechos 13:15 describe la exhortación como aquello que se hacía en la sinagoga después de la lectura de la Palabra de Dios, que implicaba la aplicación práctica de la Escritura leída.
Reparte
El uso que hace el Nuevo Testamento de esta palabra no parece que haga referencia a la tarea de los diáconos, los cuales administran los recursos materiales de la Iglesia para atender a los hermanos que pasan necesidades materiales. Los otros lugares|sitios donde encontramos la palabra (Lc 3:11; Rm 1:11; Ef 4:28; 1Ts 2:8), se habla de dar a los otros algo que se propio.
Parece una disposición singular a utilizar las capacidades económicas que uno tiene para ayudar los que se encuentran a su alrededor. La mejor manera de entenderéis-lo es con un par de ejemplos. En Bernabé podemos encontrar un ejemplo del ejercicio de este don, a Hechos 4:34 en 37; y en Ananies y Safira, podemos ver un ejemplo de su falsificación (Ft 5:1-11).
El que preside
Este don abarcaría la dirección tanto de las reuniones de la Iglesia, como de la vida espiritual de ella. Es una tarea que forma parte de la función de los pastores en la Iglesia local (1Ts 5:12; 1Tm 5:17). El que hace misericordia
Es la visita a los enfermos, moribundos y angustiados, con compasión y comprensión, para ayudarlos en la situación concreta en que se encuentran.
Trenchard comenta, en esta línea, el siguiente: «Los miembros de una congregación pasan miedo diversas presiones. Muy en menudo se preciso que sean visitados para que haya la posibilidad de extenderles una mando de ayuda y mostrarles la compasión y la simpatía necesarias para levantarles de su postración».19

Efesios 4:11
Esta carta fue escrita más tarde que la de los Corintios y Romanos. En ella, los dones espirituales se presentan concretados en personas determinadas, indicando de esta manera que el Señor da personas con dones de gracia para llevar a cabo la obra de la edificación de la Iglesia. Se habla únicamente de cuatro dones, y éstos se dan en un orden concreto: Apóstoles, Profetas, Evangelistas, Pastores y Maestros.
Apóstoles
Ya hemos encontrado este don en 1Corintios 12:27-31, donde podemos encontrar el comentario correspondiente.
Profetas
También hemos encontrado este don en 1Corintios 12:27-31, donde también podemos encontrar su comentario.
Evangelistas
Trenchard comenta el siguiente sobre este don: «Su don tiene por objeto proclamar laso buenas nuevas de salvación en el mundo en cada generación, en el poder del Espíritu Santo, para luego recoger las almas que van respondiendo en el mensaje que llevan, y formarles en iglesias locales. Su obra en determinada localidad tiene que durar lo suficiente para establecer grupos autónomos con sus propios pastores o ancianos… después de lo cual pasan adelante para ‘abrir brecha’ en nuevas regiones todavía sin evangelizar».20
También incluye la reorganización de las Iglesias, un ministerio de visitación y confirmación en la fe de éstas, y la formación de obreros (ver Hch 21:8; 2Tm 4:5).
Pastores y doctores
Trenchard dice al respecto: «… se necesario notar que los dos se encuentran bajo el mismo artículo en el griego, lo cual sugiere por lo menos cierta relación estrecha (algunos expositores lo consideran como un sólo don, con dos aspectos fundamentales). Y en realidad esta relación estrecha se muy apropiada… Los pastores tienen que cuidar las almas ganadas por los evangelistas; su esfera se la iglesia local (1Pe 5:1-5). Una comparación de Hechos 20 con 1Timoteo 3, Tito 1:5-7 y este pasaje, basta para demostrar que los pastores, ancianos y obispos son las mismas personas, correspondiendo los distintos términos en diferentes aspectos o funcionas de los ‘guías’ (He 13:7) en las iglesias locales… Su finalidad primordial se garantizar -si se empleado en el poder del Espíritu y cono fidelidad- la continuidad de la obra de Dios en su aspecto de testimonio local…».21
El don de Maestro lo hemos encontrado y considerado en 1Corintis 12:27-31, y a Romanos 12:7, identificado con «el que enseña». En este contexto parece que se refiere a aquellos pastores que en la Iglesia local se dedican de una manera especial a la enseñanza de la Palabra de Dios (1Tm 5:17).

1Pedro 4:10-11
Pedro explica, a su primera epístola, que cada cristiano en recibo el don de Dios para servir los otros «como bonos administradores de la diversiforme gracia de Dios». El objetivo es que Dios sea glorificado en el servicio en los otros.
Pero a la hora de hablar de dones concretos, únicamente trata de lo que «habla» y de lo que «sirve». Aunque, como la gracia de Dios es diversiforme, los dones también tienen que ser diversos, aunque no entre en detalle. En el capítulo cinco presenta el don de anciano/pastor/obispo (5:1-4).
Hablar
Parece que Pedro engloba bajo esta palabra todos aquellos dones que se llevan a cabo utilizando la palabra. Todo aquello que se llame tiene que estar de acuerdo con los «oráculos de Dios», o sea, con las Sagradas Escrituras, parte de las cuales en aquel momento todavía no se encontraban registradas. Enseñanza y exhortación se encontrarían en este grupo, entre otros.
Ministrar
Bajo esta palabra estarían todos aquellos dones que se llevan a cabo más con hechos que con palabras. Diaconía y hacer misericordia serían dos de éstos, para dar unos ejemplos.
Una lista provisional incompleta
Después de echar un vistazo a los textos bíblicos anteriores presentamos una lista provisional, elaborada a partir de éstos, a pesar de reconocer que seguramente es incumplida.
Dones básicos por el establecimiento del depósito de la verdad:
• Apóstol
• Profeta
Un don básico en la extensión de la Iglesia:
• Evangelista
Un don básico en la permanencia y crecimiento de la Iglesia local:
• Pastor-doctor (obispo, anciano), que incluye además presidir (Rm 12:8; He 13:7, 17), exhortar (Rm 12:8), gobernaciones (1Co 12:28).
Un don básico en relación a las cuestiones materiales de la Iglesia local y en la atención de las necesidades materiales de los miembros:
• Diácono, que incluye ministerio (Rm 12:7; 16:1); ayudas (1Co 12:28).
Otros dones de ejercicio en la Iglesia local:
• Exhortar (Rm 12:8).
• Profecía a nivel de edificación, exhortación y consolación (1Co 14:3, 31).
• Repartir (Rm 12:8).
• Hacer misericordia (Rm 12:8).
• Ayudas (1Co 12:28).
• Palabra de sabiduría (1Co 12:8).
• Palabra de ciencia ((1Co 12:8).
• Fe (1Co 12:9).
• Dones de sanidades (1Co 12:9).
• Operaciones de milagros (1Co 12:10).
• Discernimiento de espíritus (1Co 12:10).
• Géneros de lenguas (1Co 12:10).
• Interpretación de lenguas (1Co 12:10)

NOTAS:
1 TRENCHARD, ERNESTO (1980). La Primera Epístola a los Corintios. Un comentario. Madrid: Literatura Bíblica, p. 203.
2 BONNET, L.; SCHROEDER, A. (1971). Comentario del Nuevo Testamento. Volumen III. Epístolas de Pablo. El Paso: Casa Bautista de Publicaciones, p. 282.
3 BONNET, L.; SCHROEDER, A. (1971). Comentario del Nuevo Testamento. Volumen III. Epístolas de Pablo. El Paso: Casa Bautista de Publicaciones, p. 282.
4 BONNET, L.; SCHROEDER, A. (1971). Comentario del Nuevo Testamento. Volumen III. Epístolas de Pablo. El Paso: Casa Bautista de Publicaciones, p. 283.
5 ROBERTSON, A. T. (1989). Imágenes verbales del Nuevo Testamento. Volumen 4. Las Epístola de Pablo. Terrassa: CLIE, p. 233.
6 MacARTHUR Jr., J. F. (1989). Los Carismáticos. Una perspectiva doctrinal. Santo Domingo: Editorial Bíblico Dominicano, p. 179.
7 TRENCHARD, ERNESTO (1980). La Primera Epístola a los Corintios. Un comentario. Madrid: Literatura Bíblica, p. 205.
8 UNGER, M. F. (1974). El don de lenguas y el Nuevo Testamento. Barcelona: Publicaciones Portavoz Evangélico, p. 203
9 TRENCHARD, ERNESTO (1980). La Primera Epístola a los Corintios. Un comentario. Madrid: Literatura Bíblica, p. 205.
10 ROBERTSON, A. T. (1989). Imágenes verbales del Nuevo Testamento. Volumen 4. Las Epístola de Pablo. Terrassa: CLIE, p. 234.
11 Altres referències: Mt 10:2; 26:14,20,47; Mc 4:10; 6:7; 9:35; 10:32; 11:11; 14:10,17,20,43; Lu 8:1; 9:12; 18:31; 22:3,47; Jnh 6:67,71; 20:24; Ft 6:2; 1Co 15:5; Ap 21:14.
12 LACUEVA, FRANCISCO (1973). La Iglesia, Cuerpo de Cristo. Terrassa: Clie, p. 206.
13 TRENCHARD, ERNESTO (1980). La Primera Epístola a los Corintios. Un comentario. Madrid: Literatura Bíblica, pp. 213-214.
14 o. cit, p. 214.
15 o. cit, p. 214.
16 o. cit, p. 215.
17 TRENCHARD, ERNESTO (1969). Una exposición a la Epístola a los Romanos. Madrid: Literatura Bíblica, p. 309.
18 o. cit, p. 309.
19 o. cit, p. 310.
20 TRENCHARD, ERNESTO; WICKAM, PABLO (1980). Una exposición de la Epístola a los Efesios. Madrid: Literatura Bíblica, p. 133.
21 o. cit, pp. 134-135.

El Texto tradicional del Nuevo Testamento (2): Dos ramas principales de examen; colección de evidencia; uso de la evidencia


Ofrecemos en las páginas que siguen una primicia en castellano, la traducción de la obra de John Burgon El Texto Tradicional del Nuevo Testamento. Ante la imposibilidad de publicar el texto en formato de libro impreso, queremos ofrecer entre tanto algunos de sus capítulos. Es una obra clásica de crítica textual en defensa del Texto Receptus del Nuevo Testamento, por uno de los eruditos más importantes, contemporáneo de Wescott y Hort.

Dos ramas principales de examen; colección de evidencia; uso de la evidencia

El objetivo de la crítica textual, cuando se aplica a las Escrituras del Nuevo Testamento, es determinar lo que los Apóstoles y Evangelistas de Cristo realmente escribieron -las precisas palabras que emplearon, y su verdadero orden-. Es, por lo tanto, uno de los más importantes temas que se pueden se propuestos para su examen; y, a menos que se haga con impericia, mostrará que no carece de auténtico interés. Más aún, es claramente preeminente, en orden al pensamiento sintético, sobre toda otra rama de la ciencia sagrada, en la medida en que reposa sobre el gran pilar de las sagradas Escrituras.
Actualmente la crítica textual se ocupa principalmente de dos ramas distintas de investigación: (1) Su primer objetivo es reunir, investigar y ordenar la evidencia provista por los manuscritos, las versiones y los Padres. Y esta es una tarea poco gloriosa, ya que demanda un trabajo prodigioso, una exactitud estricta, una atención incansable, que nunca puede realizarse con éxito sin una muy sólida erudición. (2) Su segundo objetivo es extraer inferencias críticas; en otras palabras, descubrir la verdad del texto -las genuinas palabras del santo Escrito. Y esta es su función más alta, que requiere el ejercicio de capacidades aún mayores. No se puede alcanzar el éxito en ello sin un conocimiento amplio y exacto, libre de parcialidad y prejuicios. Sobre todo, se debe tener un entendimiento claro y juicioso. Una perfecta facultad lógica siempre debe estar activa, o el resultado puede estar constituido solamente por equivocaciones, que fácilmente pueden probar ser calamitosas.
Mi próximo paso es explicar lo que se ha hecho hasta ahora en cada uno de esos departamentos, y mostrar los resultados. En la primer rama de la materia mencionada, recientemente se ha hecho muy poco; pero este poco ha sido hecho muy bien. Mayores resultados se han incorporado en los últimos treinta años: una gran cantidad de evidencia adicional ha sido descubierta, pero solamente una pequeña porción se ha acabado de examinar y cotejar. En la última rama, se han intentado muchas cosas, pero el resultado evidencia estar lleno de frustración para aquellos que esperaban mucho de él. Los críticos de este siglo se han apresurado demasiado. Se han precipitado a hacer conclusiones, confiando en la evidencia que tenían en sus manos, olvidando que solamente pueden ser científicamente sanas las conclusiones que se extraen de todos los materiales existentes. La decisión debería haber sido precedida por una investigación más amplia. Permítaseme explicar y establecer lo que he estado diciendo.

Providencial multiplicación de copias, ordinarios y leccionarios –de las versiones– de las citas patrísticas
Era ciertamente de esperarse que el Autor del Evangelio Eterno -esa obra maestra de la sabiduría Divina, ese milagro de sobrehumana destreza- se mostraría extremadamente cuidadoso en la protección y preservación de su propia y principalísima obra. Cada descubrimiento nuevo de la belleza y preciosidad del Depósito en su estructura esencial ciertamente sólo sirve para consolidar la convicción de que necesariamente una maravillosa provisión debió hacerse en el eterno consejo de Dios para la efectiva conservación del Texto inspirado.
Sin embargo, no es excesivo afirmar que nada que la destreza inventiva del hombre ha diseñado se aproxima siquiera a la auténtica verdad del asunto. Echemos una mirada sencilla pero general de lo que se ha encontrado mediante la investigación, de lo que sostengo que ha sido el método Divino en relación a las Escrituras del Nuevo Testamento.
I Por la misma necesidad del caso, copias de los Evangelios y Epístolas del original griego se multiplicaron extraordinariamente a través de las edades y en cada parte de la Iglesia Cristiana. El resultado ha sido que, aunque los más antiguos perecieron, permanecen hasta hoy un número prodigioso de aquellas transcripciones; algunas muy antiguas. Examinándolas cuidadosamente, descubrimos que necesariamente han sido (a) producidas en diferentes países, (b) realizadas a intervalos a lo largo de mil años, (c) copiadas de originales que ya no existen. Y se ha acumulado tal cuerpo de evidencia sobre cuál es el auténtico texto de la Escritura, como no hay sobre ningún otro escrito en el mundo.1 Actualmente se conoce la existencia de más de dos mil copias manuscritas (1888).2
Debe añadirse que la práctica de leer la Escritura en voz alta delante de la congregación -una práctica que se observa desde la era apostólica- ha aumentado la seguridad del Depósito, porque: (1) ha conducido a la multiplicación, por mandato, de libros conteniendo los leccionarios de la Iglesia; y (2) por ello ha asegurado un testigo viviente para las mismas palabras del Espíritu, en todas las Iglesias de la cristiandad. El oído, una vez completamente familiarizado con las palabras de la Escritura, se resiente a la más leve desviación del modelo establecido. Así que rotundamente queda fuera de discusión que se tolerasen cambios importantes.
II Luego, como el Evangelio se extendió de país en país, llegó a ser traducido a las diversas lenguas del mundo antiguo. Porque, aunque el griego era ampliamente entendido, debido al comercio y al predominio intelectual Griego y a las conquistas de Alejandro que hicieron que fuese hablado casi en todo el Imperio Romano, se necesitaron versiones siríacas y latinas para la lectura ordinaria, probablemente aún en la misma época de los Apóstoles. Y esas tres lenguas en que se escribió “el título de su causa” sobre la cruz -sin insistir sobre la absoluta identidad entre el siríaco de la época con el “hebreo” de Jerusalén de entonces-, llegaron a ser desde tiempos muy antiguos los depositarios del Evangelio del Redentor del mundo. El siríaco estaba estrechamente relacionado con el arameo vernáculo de Palestina y se hablaba en la región adyacente; mientras que el latín era el idioma familiar de todas las Iglesias occidentales.
Así, desde el principio, en las asambleas públicas, tanto orientales como occidentales, leían habitualmente en voz alta los escritos de los Evangelistas y Apóstoles. Antes de lo siglos IV y V el Evangelio también se había traducido a los idiomas particulares del Bajo y el Alto Egipto, en las que ahora llamamos versiones Bohaírica y Sahídica, y en los idiomas de Etiopía, de Armenia, y de los godos. El texto quedó claramente como embalsamado en tantos nuevos lenguajes, protegido en gran medida contra el riesgo de posteriores cambios; y esas varias traducciones han permanecido hasta hoy como testigos de lo que se encontraba en las copias del Nuevo Testamento que hace tiempo han perecido.
III Pero la más singular provisión para preservar la memoria de lo que fue antiguamente leído como Escritura inspirada, todavía no lo hemos descrito. La ciencia sagrada se jacta de tener una literatura sin paralelo en ningún otro apartado del conocimiento humano. Los Padres de la Iglesia, los obispos y doctores del cristianismo primitivo, fueron en algunos casos escritores muy prolíficos, llegando muchas de sus obras hasta nuestros días. Esos hombres comentan frecuentemente, citan libremente, y se refieren habitualmente, a las Palabras inspiradas, produciendo así una hueste de insospechados testigos de la verdad de la Escritura. Los pasajes citados por los Padres son pruebas de las lecturas que encontraron en las copias que usaban. Así ellos testifican en citas ordinarias, aunque sea de segunda mano, y a veces su testimonio tiene un valor inusual cuando argumentan o comentan el pasaje en cuestión. Ciertamente, con mucha frecuencia los manuscritos que tenían en sus manos, que hasta hoy perviven en sus citas, son más antiguos -quizás siglos más antiguos- que cualquiera de las copias que han sobrevivido. Así, vemos que una triple seguridad se ha provisto para la integridad del Depósito: en las copias, las versiones y los textos de Padres. Sobre la relación de cada uno con los otros, a continuación diremos algo en particular.

Semejanza entre los unciales y los cursivos tardíos; sobrestimación de los unciales más antiguos; las copias, la clase de evidencia más importante; pero virtualmente no tan antiguas como las más antiguas versiones y Padres
Las copias de los manuscritos comúnmente se dividen en unciales, es decir, las que están escritas en letras mayúsculas, y cursivos o “minúsculos”, es decir, los que están escritos en letra “corrida” o letra pequeña. Esta división, aunque conveniente, es engañosa. Los más antiguos “cursivos” son más antiguos que los últimos “unciales” por cien años.1 El último grupo de unciales pertenece virtualmente, como se probará, al grupo de los de cursivos. Un manuscrito no tiene ningún mérito, por así decirlo, por ser escrito en caracteres unciales. El número de los unciales es muy inferior al de los cursivos, aunque usualmente presumen de mayor antigüedad. Se mostrará en un capítulo posterior, a la vista de los recientes descubrimientos de manuscritos en papiros de Egipto, hay muchas razones para inferir que los manuscritos cursivos derivaron en su mayor parte de los manuscritos en papiro, igual que lo fueron los mismos unciales, y que la prevalencia de los unciales por algunos siglos se debió a la biblioteca local de Cesarea. Para un completo informe sobre los diversos códices, y para otras muchas peculiaridades de la crítica textual sagrada, remitimos al lector a la Introduction de Scrivener, de 1894.
Ahora, no es tanto una exageración si no una evaluación totalmente errónea la importancia atribuidas a los decretos Textuales de las cinco copias unciales más antiguas, que descansan en la raíz de la mayor parte de la crítica de los últimos cincuenta años. En consecuencia, somos constreñidos a conceder una atención al parecer desproporcionada de algunos a esos cinco códices: el códice Vaticano, el B, y el códice Sinaítico, el Alef, ambos supuestamente del siglo IV; el códice Alejandrino, el Alef, y el fragmentario códice de París, el C, que son asignados al siglo V; y finalmente el códice Bezae de Cambridge, el D, supuestamente escrito en el siglo VI. A estos ahora se les puede añadir, en lo que concierne a Mateo y Marcos, el códice Beratino, el F, y el códice Rossano, el S, ambos de la primera parte del siglo VI o de finales del V. Pero esos dos generalmente testifican contra los dos más antiguos, y todavía no han recibido tanta atención como merecen. Finalmente se verá que no se nos puede acusar de ninguna exageración al describir desde el principio a B, Alef y D como tres de las copias más corruptas existentes. Nadie crea que la edad de esos cinco manuscritos los coloca sobre un pedestal por encima de todos los demás. Se puede comprobar que son erróneos vez tras vez por la evidencia de un período más antiguo del que pueden presumir.
Ninguna persona competente negará que, ciertamente, estas copias de la Escritura, como grupo, son los más importantes instrumentos de la crítica textual. Las principales razones de esto son su texto continuo, su diseñada corporización de la Palabra escrita, su número y su variedad. Pero nosotros tenemos tan en cuenta los manuscritos, porque: (1) proveen de una evidencia ininterrumpida para el texto de la Escritura desde una fecha antigua a través de la historia hasta la invención de la imprenta; (2) se observa que han marcado una línea continua a través del tiempo de la Iglesia a partir de los tres primeros siglos; (3) son el producto unido de todos los patriarcados en la cristiandad. No puede haber habido, por lo tanto, una confabulación en la preparación de esta clase de autoridades. El riesgo de transcripción errónea ha sido reducido al mínimo posible. El predominio del fraude de una manera universal es sencillamente algo imposible. Las correcciones conjeturales del texto son bastante seguras, con el paso del tiempo, para ser efectivamente excluidas. Al contrario, el testimonio de los Padres es fragmentario, sin diseño, aunque frecuentemente se lo considera el más valioso. Y ciertamente, como se ha dicho, normalmente no se encuentran; sin embargo en ocasiones es muy valioso, ya sea por su eminente antigüedad o por la claridad de su veredicto; mientras que las versiones, aunque en detalles más amplios ofrecen una evidencia concurrente sumamente valiosa, todavía, por su naturaleza, son incapaces ayudarnos en muchos aspectos concretos importantes. Ciertamente, por respeto a las mismas palabras de la Escritura, la evidencia de las versiones en otras lenguas debe tomarse con mucha precaución.
Innegable como es, el primitivismo de ciertas versiones y de no pocos Padres, hace palidecer a los manuscritos. No poseemos copias actualmente del Nuevo Testamento tan antiguas como la versión Siríaca y las versiones latinas, con una diferencia probablemente de más de doscientos años, excepto fragmentos. Algo similar debemos decir de las versiones realizadas en las lenguas del Bajo y Alto Egipto, que podrían ser del siglo III.4 Es también razonable asumir que en ningún caso una versión antigua fue hecha a partir de un solo ejemplar griego; consecuentemente, las versiones gozaron tanto en su origen como en su aceptación, de más publicidad que la que necesariamente acompañó a cualquier copia individual. Y es innegable que en incontables ocasiones la evidencia de una traducción, a causa de la claridad de su testimonio, es tan satisfactoria como la de una auténtica copia del griego.
Pero quisiera recordar especialmente a mis lectores el precepto de oro de Bentley: “El texto real de los sagrados escritores no reposa ahora, teniendo en cuenta que los originales han estado tanto tiempo perdidos, en ningún manuscrito o edición, sino que está disperso en todos ellos”. Esta verdad, que era evidente para el poderoso intelecto de este gran erudito, constituye la raíz de toda critica textual sana. Confiar en el veredicto de dos, o cinco, o siete de los manuscritos más antiguos es plausible a primera vista, y es el refugio natural de los estudiantes que son o superficiales, o que quieren hacer su tarea tan fácil y simple como sea posible. Pero dejar de lado a los testigos inconvenientes es contrario a todos los principios de justicia y de ciencia. El problema es más complejo, y no ha de ser resuelto tan fácilmente. La evidencia de una calidad fuerte y variada no se puede descartar con seguridad, como si fuera sin valor.

Búsqueda de la lectura de los autógrafos; el mejor atestado, la lectura genuina; necesidad de pruebas o marcas de la veracidad; siete propuestas
Por lo tanto somos constreñidos a considerar el gran número de testimonios que se encuentran a nuestra disposición. Y debemos buscar, tanto justa como evidentemente, principios que nos guíen en el uso de dicho testimonio. Porque es la ausencia de una carta oceánica lo que ha conducido a algunas personas a dirigir su nave hacia una isla desierta, que bajo la apariencia de una mayor antigüedad pudo, a primera vista, presentar la engañosa apariencia de ser el único puerto seguro.
1 Todos estamos, espero, de acuerdo al menos en esto: que lo que siempre estamos buscando es el Texto de la Escritura tal como provino realmente de los escritores inspirados. Lo que proponemos como el último objeto de nuestra investigación nunca son, afirmo, “lecturas antiguas”. Deseamos precisamente la más antigua lectura de todas; en otras palabras, el Texto original, nada más ni nada menos que las mismas palabras de los mismísimos santos Evangelistas y Apóstoles.
Y, axiomático como es, requiere ser claramente establecido. Porque a veces, los críticos parecen estar absortos únicamente preocupados en establecer que las lecturas que defienden deben ser necesariamente muy antiguas. Ahora, ya que todas las lecturas deben ser necesariamente muy antiguas, encontrándose en documentos muy antiguos, no se ha conseguido probar que esas lecturas existieran en el siglo II de nuestra era, a menos que también pueda ser probado que hay asociadas otras circunstancias concurrentes a esas lecturas, que constituyen una correcta presunción, para que sean consideradas como la única redacción genuina del pasaje en cuestión. Las sagradas Escrituras no son un lugar para que los críticos ejerciten o desplieguen el ingenio.
2 Confío que posteriormente podamos establecer como un principio fundamental que entre dos modos posibles de leer el Texto, aquel que examinado demuestra ser el mejor atestiguado y autentificado -o sea, la lectura del cual se comprueba mediante investigación que está sustentada por la mejor evidencia- debe presuponerse como la lectura real, y por lo tanto ha de ser aceptada por todos los estudiosos.
3 Me aventuraré a hacer solamente un postulado más: Que hasta ahora no hemos conocido una sola autoridad que esté facultada para dictaminar de forma absoluta, lo qué debe ser y lo que no debe ser considerado como el Texto verdadero de la Escritura. No tenemos un testigo infalible, quiero decir, uno cuyo único dictado sea competente para resolver las controversias. El problema que se ha de investigar, a saber, qué evidencia ha de ser sostenida como “la mejor”, puede expresarse indudablemente de muchas maneras, pero supongo que no más correctamente que proponiendo la siguiente pregunta: ¿Se pueden ofrecer algunas reglas para que en caso de conflictivo de testimonios se pueda precisar con certeza qué autoridades se deben seguir? Los juicios están llenos de testigos que se contradicen entre ellos. ¿Cómo sabremos a quien hemos de creer? Aunque suene extraño, observamos que los testigos están comúnmente, de hecho casi invariablemente, divididos en dos bandos. ¿No podemos descubrir algunas reglas que nos permitan determinar de una forma creíble en que bando de los dos reside la verdad?
Procedo a ofrecer a la consideración de los lectores siete marcas de veracidad, que posteriormente explicaré. Finalmente requeriré a los lectores que reconozcan que allí donde esas siete marcas se den, podemos asumir confiadamente que la evidencia es digna de toda aceptación, y que ha de ser implícitamente seguida. Una lectura debería ser atestiguada entonces por estas siete:

Marcas de veracidad

1. Antigüedad, o Primitividad.
2. Consenso entre los testigos, o número.
3. Variedad de la evidencia, o universalidad.
4. Respetabilidad de los testigos, o peso.
5. Continuidad, o tradición ininterrumpida.
6. Evidencia del pasaje completo, o contexto.
7. Consideraciones internas, o razonabilidad.

La mera antigüedad de una autoridad no es suficiente; sin embargo la antigüedad es un principio muy importante
Una detallada consideración de esas marcas de veracidad la pospondremos para el próximo capítulo. Mientras tanto, tres consideraciones de un carácter más general requieren atención inmediata.
I La antigüedad, en y por sí misma, veremos que no avala nada. Una lectura ha de ser adoptada no por su antigüedad, sino por ser la mejor atestiguada, y por lo tanto la más antigua. Puede parecer una paradoja de mi parte, pero no lo es. He admitido, e insisto en ello, que la lectura más antigua de todas es lo que realmente buscamos; porque debe ser necesariamente la que procedió de la pluma del mismísimo escritor sagrado. Pero, por norma, se deben asumir cincuenta años, más o menos, entre la producción de los autógrafos inspirados y el más antiguo representante escrito de ellos existente actualmente. Y precisamente fue en aquella primera época que los hombres se mostraron menos cuidadosos o precisos en guardar el Depósito, y menos exactos críticamente en su modo de citarlos; al mismo tiempo el enemigo de la verdad se mostró más incansable, más perseverante procurando su corrupción. Aunque pueda sonar extraño –perturbador como este descubrimiento debe necesariamente comprobarse cuando es claramente percibido al principio-, los fragmentos y restos más antiguos (porque ellos no son más que eso al principio) que vienen a nuestras manos como citas del texto de las Escrituras del Nuevo Testamento, no son solamente decepcionantes por su inexactitud, su carácter fragmentario y su imprecisión; sino que, además, frecuentemente se demuestran descuidados. Procederé a dar un ejemplo de entre muchos: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Así está tanto en Mateo 27:46, como en Marcos 15:34; pero debido a que en la última referencia Alef, B, la Antigua Latina, la Vulgata, y las versiones Bohaíricas, además de Eusebio, seguido por L, y unos pocos cursivos, cambian el orden de las últimas dos palabras, los editores recientes unánimemente hacen lo mismo. Cuentan también con autoridades más antiguas, para hacer eso: Justino Mártir (164 d.C.) y los Valentinianos (150 d.C.) están entre ellas. En lo que se refiere a antigüedad, la evidencia para la lectura es realmente muy fuerte.
Y aún así la evidencia por el otro lado, cuando es considerada, resulta que es abrumadora.5 Añádase el descubrimiento de que … es la lectura establecida por la familiar Septuaginta, y no vacilamos en retener el Texto comúnmente Recibido. Porque el secreto se desvela al reconocer que Alef y B seguramente seguían la Septuaginta que era tan apreciada por Orígenes. Una mayor discusión sobre éste punto es superflua.
Seguramente se me preguntará: ¿Debemos entonces entender que usted condena el cuerpo entero de antiguas autoridades como no confiables? ¿Y si hace eso, a qué otro grupo de autoridades recurrirá?
A lo que respondo: Lejos de considerar el cuerpo entero de autoridades antiguas como no confiables, yo insisto precisamente en que invariablemente hemos de apelar “al cuerpo entero de autoridades antiguas”, y que eventualmente debemos diferir. Las considero por lo tanto con más que reverencia: me someto a su decisión sin reservas. Indudablemente, rehuso considerar uno sólo de esos manuscritos más antiguos -ni siquiera dos o tres de ellos- como sentencia. ¿Por qué? Porque puedo demostrar que cada uno de ellos individualmente tiene un alto grado de corrupción, y está condenado por una evidencia más antigua que ellos. Condicionar mi fe en uno, dos o tres de esos excéntricos ejemplares, sería verdaderamente insinuar que el cuerpo entero de antiguas autoridades es indigno de crédito.
Es a la antigüedad, repito, a lo que apelo; y, es más, insisto que es preciso aceptar el veredicto de la antigüedad. Pero entonces, ya que por “Antigüedad” no quiero decir exactamente una autoridad antigua en singular, a pesar de su edad, con la exclusión de, y en preferencia a, todo el resto, sino que me refiero al cuerpo colectivo completo, “el cuerpo de antiguas autoridades”; propongo que sean precisamente estos los árbitros. Entonces, no me refiero al hablar de “Antigüedad” ni: (1) a la Peshitta siríaca, ni (2) a la Curetoniana siríaca, ni (3) a las versiones de la Antigua Latina, ni (4) a la Vulgata, ni (5) a las egipcias, ni (6) a ninguna otra de versión de la antigüedad, ni (7) a Orígenes, ni (8) a Eusebio, ni (9) a Crisóstomo, ni (10) a Cirilo, ni siquiera (11) a otro antiguo Padre cualquier por sí solo, ni (12) al Códice Alef, ni (13) al códice B, ni (14) al códice C, ni (15) el Códice D, ni (16) al códice a, ni, de hecho, (17) a ningún otro códice individual que ser pueda mencionar. Me sería más fácil confundir la catedral cercana con una o dos de las piedras que la componen. Por Antigüedad yo entiendo el cuerpo total de documentos que me traen la visión de la antigüedad, transportándome a la época primitiva, y familiarizándome, tanto como sea posible, con lo que fue su veredicto.
Y por simetría de razonamiento, declino por completo aceptar como decisivo el veredicto de dos o tres de éstos desafiando la autoridad precisada del todo, o de la mayoría restante.
En resumen, me niego a aceptar un fragmento de la antigüedad, arbitrariamente desgajado, en substitución de la masa completa de los antiguos testigos. Y además de ésta, también reconozco otras marcas de veracidad, como ya he afirmado; que probaré en el próximo capítulo.

“Diversas lecturas”, un expresión que confunde; la corrupción patente en B y A; cuatro pruebas de que su texto ha sido elaborado, y no el Tradicional; la equivocación de Scrivener al suponer que los textos verdaderos se deben buscar entre los unciales más antiguos; el constante desacuerdo entre uno y otro; auto empobrecimiento de algunos críticos
II El término “diversas lecturas” transmite una impresión totalmente incorrecta sobre las graves discrepancias que pueden encontrarse entre un pequeño grupo de documentos -de los cuales los códices B y Alef, del siglo IV, D, del VI, L, del VIII, son las muestras más conspicuas- y el Texto Tradicional del Nuevo Testamento. La expresión “diversas lecturas” pertenece a la literatura secular y se refiere a un fenómeno esencialmente diferente del que muestran las copias recién mencionadas. La expresión “diversas lecturas” no es tan satisfactoria para los códices sagrados como para los profanos. Uno no tiene más que examinar la obra Full and Exact Collation of about Twenty Greek Manuscripts of the Gospels, de Scrivener (1853), para convencerse del hecho. Pero cuando estudiamos el Nuevo Testamento a la luz de códices tales como B, Alef, D y L, nos encontramos en una región totalmente nueva de la experiencia, confrontados con fenómenos que además de únicos también son portentosos. El texto ha sufrido, aparentemente, una habitual, cuando no sistemática, depravación, y ha sido manipulado completamente de una manera salvaje. Han estado actuando influencias demostrables que dejan completamente perplejo el juicio. El resultado sencillamente es desastroso. Hay evidencias de una persistente mutilación, no solamente de palabras y cláusulas, sino incluso de oraciones completas. La substitución de una expresión por otra y la arbitraria transposición de palabras, son fenómenos que ocurren tan constantemente, que finalmente llega a ser evidente que lo que tenemos delante nuestro no es tanto una antigua copia, si no una antigua recensión del Texto Sagrado. Y, ciertamente, no es una recensión en el sentido usual de la palabra, como si fuese una revisión autoritativa, sino que le aplicamos sólo este nombre al producto de la inexactitud o del capricho individual o a la bárbara laboriosidad de uno o muchos, en un tiempo concreto o a través de muchos años. Hay razones para inferir que nos encontramos ante cinco muestras de lo que la piedad desviada de una época primitiva ha sido conocida por producir en profusión. De fraude, estrictamente hablando, puede haber habido poco o ninguno. Deberíamos evitar imputar un motivo maligno en donde otra materia sostendría una interpretación honorable. Pero, como veremos más tarde, esos códices muestran tantas licencias o descuidos como para sugerir la inferencia que ellos deben su preservación a que fueron desahuciados. Así, parece ser que su abandono en tiempos antiguos se debió a su mala reputación; y esto provocó que sobrevivieran hasta nuestros días, mucho después de que multitudes de manuscritos que fueron mucho mejores perecieran en el servicio al Maestro. Dejemos que los hombres piensen lo que quieran sobre este tema; lo que pueda probarse ser la historia de ese peculiar Texto, que encuentra sus principales exponentes en los códices B, Alef, D y L, en algunas copias de la Antigua Latina y en la versión Curetoniana, en Orígenes, y en menor medida en las traducciones Bohaírica y Sahídica, todos deben admitir como hecho comprobado que éste difiere esencialmente del Texto Tradicional, y que no es una mera variación suya.
¿Pero, porqué –se preguntará– no pueden ser el objeto genuino? ¿Porqué no puede ser el “Texto Tradicional” una elaboración?
1 El peso de la prueba está sobre nuestros oponentes. El consenso sin concierto de, supongamos, 990 de cada 1000 copias -de diferentes fechas que van desde el quinto V al XIV, y pertenecientes a todas las regiones de la antigua cristiandad-, es un hecho colosal que no puede ser obviado por grande que sea la ingeniosidad. La preferencia por dos manuscritos del siglo IV muy parecidos entre ellos, pero que permanecen separados en cada página, tan seriamente que es más fácil encontrar dos versículos consecutivos en los que difieran, que dos versículos consecutivos en los que concuerden del todo; tal que, aparte de no tener abundantes pruebas o ninguna claramente de que esté bien fundada, no se encuentra en condiciones para ser aceptada como concluyente.
2 Después: debido a que -aunque por conveniencia hemos hablado hasta ahora de los códices B, Alef, D y L, como presentando un solo texto- en realidad no es un texto sino fragmentos de muchos, que encontramos en el pequeño puñado de autoridades enumeradas arriba. Su testimonio no concuerda. El Texto Tradicional, al contrario, es inconfundiblemente uno.
3 Más aún, porque es extremadamente improbable, si no imposible, que el Texto Tradicional fuera o pudiera haberse derivado de documentos como B y Alef funcionando como arquetipos, mientras que la operación contraria es a la vez obvia y fácil. No es difícil producir un texto corto, mediante omisión de palabras, cláusulas o versículos, a partir de un texto más completo. Pero el texto más completo no se habría podido producir del más corto por ningún desarrollo que fuera posible en estas circunstancias.6 Las glosas se pueden justificar como cambios del arquetipo de B y Alef, pero al revés.7
4 Pero la razón principal es: porque, cuando apelamos sin reservas a la Antigüedad –a las versiones y a los Padres, así como a las copias-, el resultado es inequívoco. El Texto Tradicional se establece triunfalmente, mientras que las excentricidades de B, Alef, D y sus colegas llegan a ser todas, sin excepción, enfáticamente condenadas.
Todos estos son, mientras tanto, puntos respecto a los que ya se ha sido dicho algo, y más se habrá de decir a medida que desarrollemos el tema. Volviendo ahora al fenómeno indicado al comienzo, deseamos explicar que mientras que las “diversas lecturas”, propiamente llamadas así, es decir, las lecturas que están fuertemente atestiguadas -porque, de las “diversas lecturas” comúnmente citadas, más de diecinueve de cada veinte son solamente caprichos de escribas, y no pueden llamarse “lecturas” en absoluto-, no requieren ser clasificadas en grupos, como Griesbach y Hort las han clasificado. Las “lecturas corruptas”, si han de ser usadas inteligentemente, deben ser distribuidas por todos los medios bajo diferentes encabezados, como haremos en la segunda parte de esta obra.
III “No es nuestro plan en absoluto” -destacaba el Dr. Scrivener- “buscar nuestras lecturas de los últimos unciales, apoyados como están usualmente por la multitud de manuscritos cursivos; sino emplear su confesada evidencia secundaria en las innumerables instancias donde sus hermanos mayores están desesperadamente en desacuerdo”.8 Se evidencia claramente que, en opinión de este excelente escritor, la verdad de la Escritura ha de ser buscada en los unciales más antiguos, en primera instancia, y que solamente cuando ofrezcan un testimonio conflictivo podemos recurrir a la “confesada evidencia secundaria” de los últimos unciales, y que solamente así hemos de proceder para inquirir el testimonio de la gran masa de las copias cursivas. No es difícil prever cual sería el resultado de semejante método de actuación.
Me aventuro, a objetar, respetuosa pero firmemente, sobre el espíritu de las observaciones de mi erudito amigo en la presente y en otras muchas ocasiones similares. Su lenguaje está calculado para aprobar la creencia popular de que: (1) la autoridad de un códice uncial es, debido a que es un uncial, necesariamente mayor que la de un códice escrito en caracteres cursivos; una suposición que sostengo con pruebas que es sin fundamento. Entre el texto de los últimos unciales y el texto de las copias cursivas, no he podido detectar ninguna diferencia separadora; ciertamente tales diferencias no son como para inducirme a darle el visto bueno a los primeros. Más adelante mostraremos en este tratado, que es pura suposición garantizar, o inferir, que todas las copias cursivas descendieron de los unciales. Nuevos descubrimientos paleográficos han dictaminado que ese error esté fuera de duda.
Pero (2) especialmente objeto sobre por la noción popular, en la que lamento encontrar la importante aprobación del Dr. Scrivener, que el texto de la Escritura ha de buscarse en primer lugar en los unciales más antiguos. Me aventuro pues a mostrar mi asombro hacia el hecho que un hombre tan erudito y reflexivo no haya visto que antes de que ciertos “hermanos mayores” se erijan en tribunal supremo de justicia, alguna otra señal, además de la edad, debe presentarse a su favor. Por lo que no puedo, sino preguntar: ¿Cómo es que nadie se ha tomado el trabajo de establecer lo contradictorio de la siguiente proposición, a saber, que los códices B, Alef, C y D son los diversos depositarios de un texto elaborado y corrupto; y que B, Alef y D (porque C es un palimpsesto, puesto que tiene las obras de Efrén el sirio escritas sobre él como si no fuera útil) probablemente deben su preservación misma al hecho de que fueron reconocidos antiguamente como documentos no confiables? ¿Realmente la gente encuentra imposible entender la noción de que existieron copias rehusadas en los siglos IV, V, VI, y VII, así como en el VIII, IX, X y XI? Y ¿que los códices que llamamos B, Alef, C y D posiblemente, o probablemente, como yo sostengo, fueron de esa clase?9
Ahora, propongo que es un suficiente para condenar los códices B, Alef, C y D ante el tribunal supremo de judicial: (1) que se observa como regla general que son discordantes en sus juicios; (2) que cuando difieren entre ellos en general se puede demostrar mediante la apelación a la antigüedad que los dos principales jueces B y a dan un juicio equivocado; (3) que cuando difieren los dos anteriores entre ellos, el supremo juez B frecuentemente está errado; y, finalmente, (4) que sucede constantemente que los cuatro concuerdan y no obstante cada uno de los cuatro está equivocado.
Si alguien pregunta: ¿Por qué no se puede recurrir entonces en primera instancia a los códices B, Alef, A, C y D? Respondo: Porque la investigación está predispuesta a juzgar la cuestión, y seguramente desviará el juicio, reduciendo únicamente el asunto y haciendo que sea muy difícil alcanzar la verdad. Por esa razón, estoy inclinado a proponer el método de actuación precisamente opuesto, como el método más seguro y, a la vez, el más razonable. Cuando oigo decir que existe alguna duda respecto a la lectura de un lugar en concreto, en vez de buscar la cantidad de discordancia que existe entre los códices A, B, Alef, C y D sobre el tema (porque el caso es que habrá un enfrentado desacuerdo entre ellos), averiguo el veredicto que ofrece el cuerpo principal de las copias. Generalmente éste es inequívoco. Pero si (lo que raramente sucede) encuentro que es una cuestión dudosa, entonces ciertamente empiezo a examinar los testigos por separado. No obstante aún en ese caso esto me es de poca ayuda, o mejor, no me ayuda en nada encontrar, como comúnmente me ocurre, que A está de un lado y B del otro -excepto, dicho sea de paso, cuando Alef y B son encontrados juntos, o cuando D permanece aparte solamente con unos pocos aliados, la lectura inferior seguramente se encontrará allí también.
Supongamos no obstante (como sucede comúnmente) que no hay ninguna división seria entre copias -por supuesto, la importancia no se asocia con ningún grupo de copias excéntricas-, sino que hay una práctica unanimidad entre los cursivos y unciales tardíos. En este caso, no puedo ver que el veto pueda depender de tan inestables y discordantes autoridades, a lo sumo sólo pueden añadir mayor peso al voto ya pronunciado. Es como de cien a uno que el uncial o los unciales que están con el cuerpo principal de los cursivos sean correctos, ya que (como será mostrado) en su consenso ellos corporizan virtualmente la decisión de toda la Iglesia; y que los disidentes -sean pocos o muchos- están errados. Pero, pregunto: ¿Qué dicen las versiones?, y por último, aunque no por ello menos importante: ¿Qué dicen los Padres?
El error esencial del procedimiento que objeto se ilustra mejor apelando a hechos elementales. Solamente dos de los “cinco unciales antiguos” son documentos completos, B y Alef; y, dado que confesadamente ambos derivan de un mismo ejemplar único, no pueden considerarse como dos. El resto de los “unciales antiguos” son lamentablemente defectuosos. Del códice Alejandrino (A) se han perdido los primeros veinticuatro capítulos del Evangelio de Mateo, es decir, que el manuscrito carece de 870 versículos sobre 1071. El mismo códice carece de 126 versículos consecutivos del Evangelio de Juan. Así pues, la cuarta parte del contenido del códice A en los Evangelios se ha perdido.10 D está completo únicamente en lo que respecta a Lucas; faltan 119 versículos de Mateo, 5 versículos de Marcos y 166 versículos de Juan. Además, el códice C es defectuoso principalmente respecto a los Evangelios de Lucas y de Juan, ya que omite del primero 643 versículos sobre 1.151, y del último 513 sobre 880; o sea, mucho más de la mitad en cada caso. El códice C, de hecho, únicamente puede ser descrito como una colección de fragmentos, porque también le faltan 260 versículos de Mateo, y 116 de Marcos.
Las desastrosas consecuencias de todo esto para el crítico textual son evidentes. Únicamente le es posible comparar los “cinco antiguos unciales” juntos un versículo de cada tres. En ocasiones está limitado al testimonio de A, Alef y B; para muchas páginas juntas del Evangelio de Juan está limitado al testimonio de Alef, B y D. Ahora, cuando se considera la fatal y peculiar simpatía que subsiste hacia esos tres documentos, llega a ser evidente que el crítico tiene de hecho poco más que dos documentos ante él. Y ¿qué diremos cuando (como en Mateo 6: 20 a 7:4) está limitado al testimonio de dos códices, y estos son Alef y B? Evidentemente sucede que, mientras que el Autor de la Escritura ha provisto bondadosa y abundantemente a su Iglesia con (aproximadamente) más de 2.30011 copias de los Evangelios, por un acto voluntario de autoempobrecimiento, algunos críticos se restringen al testimonio de poco más de uno; y ese uno es un testigo a quien muchos jueces consideran indigno de confianza.

Notas:
1Existen, pero, alrededor de 200 manuscritos de la Ilíada y la Odisea de Homero, y alrededor de 150 de Virgilio. Pero en el caso de muchos libros las autoridades existentes son muy escasas. Así, por ejemplo, no hay más que treinta de Esquilo, y W. Dindorf dice que son copias de un ejemplar del siglo XI. Solamente unas pocas de Demóstenes, las más antiguas del siglo X o XI. Solamente una autoridad para los primeros seis libros de los Anales de Tácito (ver también la Introducción de Madvig). Solamente una para las Clementinas. Solamente una para la Didaché, etc. Ver el Companion to School Classics de Gow, Macmillan & Co. 1888.
2“He ayudado a mi amigo Scrivener en ampliar grandemente la lista de Scholz. De hecho, hemos elevado el número de ‘Evangelia’ [copias de los Evangelios] a 621. De ‘los Hechos y Epístolas Católicas’, a 239. De ‘Pablo’, a 281. De Apocalipsis, a 108. De los ‘Evangelistaria’ [copias de leccionarios de los Evangelios], a 299. Del libro llamado ‘Apóstolos’ [copias de leccionarios de los Hechos y las Epístolas], a 81. Haciendo un total de 1629. Pero al final de una prolongada y laboriosa correspondencia con los custodios de no pocas grandes bibliotecas continentales, puedo afirmar que nuestros ‘Evangelia’ ascienden al menos a 739. Nuestros ‘Hechos y Epístolas Católicas’, a 261. Nuestros “Pablo’, a 338. Nuestros ‘Apocalipsis’, a 122. Nuestros ‘Evangelistaria’, a 415. Nuestras copias de ‘Apóstolos’, a 128. Haciendo un total de 2003. Esto muestra un incremento de tres cientos setenta y cuatro” (Revisión Revised, p. 521). Pero desde la publicación de los Prolegomena del Dr. Gregory, y de la cuarta edición de Plain Introduction to the Criticism of the New Testament, luego de la muerte de John Burgon, la lista se ha incrementado considerablemente. En la cuarta edición de la Introduction (apéndice F) el número total bajo las seis categorías de ‘Evangelia’, ‘Hechos y Epístolas Católicas’, ‘Pablo’, ‘Apocalipsis’, ‘Evangelistaria’ y ‘Apóstolos’, alcanzan casi las 3.829, y se calcula que una vez se incorporen todas serán más de 4.000. Los manuscritos separados (algunos se han contado más de una vez en el cálculo anterior) ya son más de 3.000.
3Evan. 481 está fechado en el 835 d.C. ; Evan. S. está fechado en el 949 d.C.
4O, como algunos piensan, a finales del siglo II.
5A C S (F en Mateo) con otros catorce unciales, la mayoría de los cursivos, cuatro de la Antigua Latina, la gótica, Ireneo, etc.
6Ver volumen II.
7Todas estas cuestiones se entienden mejor mediante una ilustración. En Mateo 13:36, los discípulos dicen a nuestro Señor: “Decláranos (…) la parábola de la cizaña”. Todos los cursivos (y los unciales tardíos) concuerdan en esta lectura. ¿Por qué entonces Lachmann y Tregelles (no Tischendorf) exiben diasa/fhson? Solamente porque ellos encontraron … en B. De haber sabido que la primera lectura del códice a exhibía también esa lectura, habrían estado más confiados que nunca. ¿Pero que pretexto puede haber para asumir que la lectura Tradicional de todas las copias no es confiable aquí? La alegato de la antigüedad no puede argüirse, porque Orígenes lee Fra/son cuatro veces. Las versiones no nos ayudan. ¿Qué otra cosa es diasa/fhson sino clara glosa? … (elucida) explica Fra/son, pero Fra/son (di) no explica diasa/fhson.
8Edición de Miller de Plain Introduction to the Criticism of the New Testament, de Scrivener,, vol. I, p. 277.
9Es de destacar que la suma de la evidencia de Eusebio está en contra de los unciales. No obstante, lo más probable parece ser que tuvo B y a ejecutado del … o copias “críticas” de Orígenes. Ver más adelante, capítulo IX.
10o sea, 996 versículos sobre 3.780
11Scrivener, F. A. H. A Plain Introduction to the Criticism of the New Testament (4ª edición de Miller), vol. I, apéndice F, 1326+73+980 = 2379.

La vida cristiana, ¿qué es?


C. H. Mackintosh es un escritor bien conocido por sus “Estudios” sobre los cinco primeros libros de la Biblia, en los que cobina erudición con devocion, y uno de los primeros maestros del movimiento de los Hermanos de Plymond. Escribió tambien multiples tratados sobre doctrina y vida cristiana, del que es un ejemplo en que presentamos a continuación.

El asunto que nos proponemos considerar en las páginas siguientes es quizás uno de los más interesantes e importantes que podrían atraer nuestra atención. Y es este: ¿Cuál es la vida que, como Cristianos, poseemos? ¿Cuál es su fuente? ¿Cuáles son sus características? ¿Cuál es su resultado o consecuencia? Basta que nombremos estas grandes preguntas para asegurar la atención de todo lector reflexivo.
La Palabra divina habla de dos claras cabezas o fuentes. Ella habla de un primer hombre y de un segundo hombre. En el comienzo del libro de Génesis leemos estas palabras, «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1: 26, 27). Esta declaración se repite en Génesis 5: «El día en que crió Dios al hombre, á la semejanza de Dios lo hizo.» (Génesis 5:1). Después de esto, leemos, «Y vivió Adam ciento y treinta años, y engendró un hijo á su semejanza.» (Génesis 5:3).
Pero entre la creación de Adán a imagen de Dios y el nacimiento de un hijo a su propia imagen, un gran cambio tuvo lugar. Entró el pecado. La inocencia se desvaneció. Adán llegó a ser un hombre caído, arruinado, proscrito. El lector debe atender a este hecho y ponderarlo. Se trata de un hecho importante e influyente. Nos introduce en el secreto de la fuente de esa vida que poseemos como hijos de Adán. Esa fuente fue una cabeza culpable, arruinada, proscrita. No fue en inocencia que Adán llegó a ser cabeza de una raza. No fue dentro de los límites del Paraíso que Caín fue dado a luz sino fuera de ellos, en un mundo arruinado y maldito. No fue a la imagen de Dios que Caín fue dado a luz, sino a imagen de un padre caído.
Nosotros creemos plenamente que, personalmente, Adán fue objeto de la gracia divina y que él fue salvo por medio de la fe en la Simiente de la mujer prometida. Pero mirándole federalmente, es decir, como cabeza de una raza, él era un hombre caído, arruinado, proscrito, y todos los de su posteridad nacen en la misma condición. Tal como es la cabeza, así son los miembros – todos los miembros juntos, cada miembro en particular. El hijo lleva la imagen de su padre caído y hereda su naturaleza. «Lo que es nacido de la carne, carne es» (Juan 3:6), y hagan ustedes lo que hagan con la carne – edúquenla, cultívenla, sublímenla como ustedes quieran, ella nunca producirá «espíritu.» Ustedes pueden mejorar la carne según el pensamiento humano, pero la carne mejorada no es «espíritu.» Las dos cosas son totalmente opuestas. Lo primero expresa todo lo que nosotros somos como nacidos en este mundo, como brotados del primer Adán. Lo último expresa lo que nosotros somos como nacidos de nuevo, como unidos al Segundo Adán.
Nosotros oímos frecuentemente la expresión, ‘Elevando a las masas.’ ¿Qué significa esto? Hay tres preguntas que quisiéramos formular a quienes se proponen elevar a las masas. En primer lugar, ¿Qué es lo que van a elevar? Es segundo lugar, ¿Cómo las van a elevar? En tercer lugar, ¿Hacia adónde las van a elevar? Es imposible que el agua alguna vez se eleve por encima de su propio nivel. Por lo tanto, es imposible para ustedes elevar alguna vez a los hijos del Adán caído por encima del nivel de su caído padre. Aunque ustedes hagan lo que quieran con ellos, probablemente no pueden elevarlos más alto que su arruinada cabeza proscrita. Él hombre no puede crecer fuera de la naturaleza en la cual él nació. Él puede crecer en ella, pero no fuera de ella. Remonten el río de la humanidad caída hasta su fuente y hallan que esa fuente es un hombre caído, arruinado, proscrito.
Esta simple verdad golpea la raíz de toda la soberbia humana – todo orgullo de nacimiento, todo orgullo de descendencia. Todos nosotros, como hombres, surgimos de un linaje, una cabeza, una fuente, comunes. Todos estamos engendrados a una imagen y esa imagen es la de un hombre arruinado. La cabeza de la raza y la raza de la cual él es cabeza, están todos implicados en una única ruina común. Mirado desde un punto de vista legal o social, puede haber diferencias, pero considerado desde un punto de vista divino, no hay ninguna. Si ustedes desean una idea verdadera de la condición de cada miembro de la raza humana, tienen que mirar la condición de la cabeza. Ustedes deben regresar a Génesis 3 y leer estas palabras, «Echó, pues, fuera al hombre.» (Génesis 3:24). Aquí está la raíz de todo el asunto. Aquí está la fuente del río, las corrientes que han entristecido los millones de la posteridad de Adán por casi 6.000 años. El pecado ha entrado y ha roto el vínculo, ha desfigurado la imagen de Dios, ha corrompido las fuentes de vida, ha introducido la muerte y le ha dado a Satanás el poder de la muerte.
Así rige en referencia a la raza de Adán – a la raza como un todo y a cada miembro de esa raza en particular. Todos están implicados en la culpa y la ruina. Todos están expuestos a la muerte y al juicio. No hay ninguna excepción. «El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.» (Romanos 5:12). «En Adán todos mueren.» (1 Corintios 15:22). Aquí están ligadas las dos tristes y solemnes realidades – ‘Pecado y muerte.’
Pero, gracias a Dios, un Segundo Hombre ha entrado en la escena. Este gran hecho, a la vez que establece la gracia maravillosa de Dios hacia el primer hombre y su posteridad, demuestra del modo más claro y más irrefutable que el primer hombre ha sido apartado completamente. Si el primero hubiera sido hallado perfecto, entonces no se habría buscado ningún lugar para el Segundo. Si hubiera habido un solo rayo de esperanza en cuanto al primer Adán, no habría habido necesidad del Segundo.
Pero Dios envió a Su Hijo a este mundo. Él era ‘la Simiente de la mujer.’ Que este hecho sea notado y ponderado. Jesucristo no vino bajo la jefatura federal de Adán. Él descendía legalmente de David y Abraham, tal como leemos en Mateo. «Acerca de su Hijo, (que fué hecho de la simiente de David según la carne…» (Romanos 1:3). Además, Su genealogía es trazada hasta Adán por el escritor inspirado en el evangelio de Lucas. Pero aquí se trata del anuncio angélico como el misterio de Su concepción: «Y respondiendo el ángel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te hará sombra; por lo cual también lo Santo que nacerá, será llamado Hijo de Dios.» (Lucas 1:35).
Aquí tenemos a un Hombre verdadero, pero Uno sin una sola mancha de pecado o una sola semilla de mortalidad. Él fue hecho de la mujer, de la sustancia de la virgen, un Hombre en cada detalle, tal como somos nosotros, pero completamente sin pecado y enteramente libre de cualquier asociación que podía haberle dado al pecado o a la muerte una demanda sobre Él. Si nuestro bendito Señor hubiera venido, en cuanto a Su naturaleza humana, bajo la jefatura de Adán, Él no podría haber sido llamado el Segundo Hombre puesto que Él habría sido un miembro del primero, como cualquier otro hombre. Además. Él habría estado sujeto a la muerte en Su propia persona, lo cual es blasfemia afirmar o suponer.
Pero, que Su nombre sea adorado para siempre, Él era el puro, santo, sin mancha, Santo de Dios. Él era único. Él estuvo solo – el único grano puro impoluto de simiente humana que la tierra había visto jamás. Él vino a este mundo de pecado y muerte, siendo Él mismo sin pecado y dador de vida. En Él estaba la vida y en ninguna otra parte. Aparte de Él todo era muerte y tinieblas. No había ni un solo pulso de vida espiritual, ni un rayo de luz divina aparte de Él. La raza entera del primer hombre estaba implicada en el pecado, bajo el poder de la muerte, y expuesta al juicio eterno. Él podía decir, «Yo soy la luz del mundo.» (Juan 8:12). Aparte de Él, todo era tiniebla moral y muerte espiritual. «Porque así como en Adam todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados.» (1 Corintios 15:22). Veamos de qué manera.

Tan pronto como el Hijo del Hombre apareció en la escena, Satanás apareció para disputar cada centímetro de terreno con Él. Se trataba de una gran realidad. El Hombre Cristo Jesús había emprendido la obra poderosa de glorificar a Dios en esta tierra, de destruir las obras del diablo y de redimir a Su pueblo. Una obra estupenda – obra que nadie sino el Dios-Hombre podía llevar a cabo. Pero era una cosa real. Jesús tuvo que enfrentar toda la astucia y todo el poder de Satanás. Él tuvo que enfrentarle como la serpiente y enfrentarlo como el león. De ahí que, en el comienzo mismo de Su bendita carrera, como el Hombre bautizado y ungido, Él estuvo en el desierto para ser tentado del diablo. Vean Mateo 4 y Lucas 4.
Y noten, incluso aquí, el contraste entre el primer hombre y el Segundo. El primer hombre estuvo en medio de un jardín de delicias, con todo lo que posiblemente podía pedir a Dios contra el tentador. El Segundo Hombre, por el contrario, estuvo en medio de un desierto de privaciones con todo, aparentemente, para contender contra Dios y por el tentador. Satanás probó con el Segundo Hombre precisamente las mismas armas que había encontrado tan efectivas con el primero – «la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida.» (1 Juan 2:16). Comparen con: Génesis 3:6; Mateo 4: 1-19; Lucas 4: 1-12; y 1 Juan 2:16.
Pero el Segundo Hombre venció al tentador con una sencilla arma, la Palabra escrita. «Escrito está» fue la única respuesta invariable del Hombre dependiente y obediente. Ningún razonamiento, ningún cuestionamiento, ninguna mirada hacia uno u otro lado. La Palabra del Dios vivo fue la autoridad dominante para el Hombre perfecto. ¡Que Su nombre sea bendito por siempre! ¡Que el homenaje del universo sea Suyo a través de los siglos eternos! Amén y amén.
Pero no debemos permitirnos explayarnos, y, por consiguiente, nos apresuramos a exponer nuestro tema especial. Queremos que el lector vea a la luz de la Escritura Santa de qué manera el Segundo Adán imparte vida a Sus miembros. Mediante la victoria en el desierto, el hombre fuerte fue ‘atado’, no fue ‘destruido.’ De ahí que hallamos que, al final, se le autoriza intentarlo vez más. Apartándose de Él «por un tiempo» (Lucas 4:13), él regresó en otro carácter, como aquel que tenía el poder de la muerte aterrorizando el alma del hombre por medio de este poder. ¡Pensamiento tremendo! Este poder fue ejercido en toda su terrible intensidad, sobre el espíritu de Cristo en el huerto de Getsemaní. Probablemente nosotros no podemos contemplar esta escena sin dejar de sentir que el espíritu de nuestro bendito Señor estaba pasando a través de algo que Él nunca antes había experimentado. Es evidente que se le permitió a Satanás venir ante Él en una manera muy especial, y emplear un poder especial para, si era posible, disuadirle. Él lo dice así en Juan 14:30, «viene el príncipe de este mundo; mas no tiene nada en mí.» Así también en Lucas 22: 52 y 53, le encontramos diciendo a los principales sacerdotes y a los jefes de la guardia del templo, «¿Como á ladrón habéis salido con espadas y con palos? Habiendo estado con vosotros cada día en el templo, no extendisteis las manos contra mí; mas ésta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas.»
Evidentemente, por tanto, el período desde la última cena hasta la cruz estuvo marcado por características bastante distintas de las de cada etapa previa de la maravillosa historia de nuestro Señor. «Esta es vuestra hora.» Y, además, «La potestad de las tinieblas.» El príncipe de este mundo vino contra el segundo Hombre, armado con todo el poder que el pecado del primer hombre le había conferido. Él aplicó sobre Su espíritu todo el poder y todos los terrores de la muerte como siendo el justo juicio de Dios. Jesús enfrentó todo esto en su fuerza suprema y en toda su atroz intensidad. De ahí que nosotros oímos énfasis tales como estos, «Mi alma está muy triste hasta la muerte.» (Mateo 26:38). Y, de nuevo, leemos que, «estando en agonía, oraba más intensamente: y fué su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.» (Lucas 22:44).
En una palabra, entonces, Aquel que tomó a Su cargo la redención de Su pueblo, el darle vida eterna a Sus miembros, para cumplir la voluntad y los consejos de Dios, tuvo que enfrentar todas las consecuencias de la condición del Hombre. No había cómo escapar de ellos. Él pasó por todas ellas; pero Él pasó por ellas solo, pues ¿quién sino Él podía haberlo hecho? Él, el Arca verdadera, tuvo que pasar solo el oscuro y terrible río de la muerte para hacer una senda para que Su pueblo pase sobre tierra seca. Él estuvo solo en el pozo de la desesperación y en el lodo cenagoso, para que nosotros pudiéramos estar con Él sobre la roca. Él solo obtuvo el cántico nuevo, para que Él lo pudiera cantar en medio de la iglesia. (Salmo 40: 2, 3).
Pero no solamente nuestro Señor enfrentó todo el poder de Satanás como príncipe de este mundo, todo el poder de la muerte como el justo juicio de Dios, toda la violencia y amarga enemistad del hombre caído: hubo algo mucho más allá de todo esto. Cuando el hombre y Satanás, la tierra y el infierno, habían hecho todo lo posible, permaneció allí una región de tinieblas y de impenetrable oscuridad a ser atravesada por el espíritu del Bendito, en la cual le es imposible al pensamiento humano entrar. Sólo podemos mantenernos en los confines, y con nuestras cabezas inclinadas en el profundo silencio de indecible adoración, oír el fuerte y amargo clamor emitido desde allí, acompañado de estas palabras, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46) – palabras que la eternidad misma será insuficiente para develar.
Aquí debemos detenernos y rendir, una vez más, la eterna y universal alabanza, homenaje y adoración a Aquel que pasó por todo esto para procurar vida para nosotros. ¡Que nuestros corazones puedan adorarle! ¡Que nuestros labios puedan alabarle! ¡Que nuestras vidas puedan glorificarle! Sólo Él es digno. Que su amor pueda constreñirnos a vivir, no para nosotros mismos, sino para Aquel que murió por nosotros y resucitó, y nos dio vida en resurrección.
No es posible sobrestimar el interés y el valor de la gran verdad de que la fuente de la vida que, como Cristianos, nosotros poseemos, es un Cristo resucitado y victorioso. Es como resucitado de entre los muertos que el segundo Hombre llega a ser Cabeza de una raza – Cabeza de Su cuerpo la iglesia. La vida que el creyente posee ahora es una vida que ha sido sometida a prueba y acrisolada en toda posible manera, y, por consiguiente, nunca puede entrar en juicio. Es una vida que ha pasado a través de la muerte y el juicio, y por tanto, nunca puede morir – nunca puede entrar en juicio. Cristo, nuestra Cabeza viviente, ha abolido la muerte, y ha sacado a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio. (2 Timoteo 1:10). Él enfrentó la muerte en toda su realidad para que nosotros nunca la enfrentáramos. Él obró así por nosotros, en Su amor y gracia maravillosos, para hacer de la muerte parte de nuestra propiedad. (Vean 1 Corintios 3:22).

En la viaje creación, el hombre pertenece a la muerte, y por eso se ha dicho con razón que en el mismo momento que el hombre comienza a vivir, él comienza a morir. «Está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio.» (Hebreos 9:27 – LBLA). No hay ni siquiera una sola cosa que el hombre posea, en la antigua creación, que no será arrancada de su dominio por la mano inmisericorde de la muerte. La muerte le quita todo y reduce su cuerpo a polvo, y envía su alma al juicio. Casas, tierras, riqueza y distinción, fama e influencia – todo desaparece cuando el último enemigo lúgubre se acerca. Aunque la riqueza del universo estuviera en posesión de un hombre, no podría comprar con ella ni un solo momento de respiro. La muerte despoja al hombre de todo y lo transporta al juicio. El rey y el mendigo, el señor y el campesino, el docto filósofo y el ignorante payaso, el civilizado y el salvaje, son todos iguales. La muerte se apodera de todo dentro de los límites de la vieja creación. El sepulcro es el final de la historia terrenal del hombre, y más allá está el trono de juicio y el lago de fuego.
Pero, por otra parte, en la nueva creación, la muerte le pertenece al hombre. No hay ni siquiera una sola cosa que el Cristiano posee que él no se lo deba a la muerte. Él tiene vida, perdón, justicia, paz, aceptación, gloria, todo esto por medio de la muerte – la muerte de Cristo. En una palabra, el aspecto completo de la muerta es cambiado. Satanás ya no puede traerla más para afectar el alma del creyente como el juicio de Dios contra el pecado. Dios puede utilizarla, y la utiliza, en Sus tratos gubernamentales con Su pueblo, a manera de disciplina y castigo. (Ver Hechos 5; 1 Corintios 11:30, 1 Juan 5:16). Pero Satanás, como aquel que tenía el poder de la muerte, ha sido destruido. Nuestro Señor Jesucristo le arrebató su poder y Él tiene ahora en Su mano omnipotente las llaves de la muerte y del sepulcro. La muerte ha perdido su aguijón – el sepulcro ha perdido su victoria; y, por consiguiente, si la muerte sobreviene al creyente, no viene como un amo, sino como un siervo. Ella viene, no como un policía a arrastrar el alma a su cárcel eterna, sino como una mano amistosa que viene a abrir la puerta de la jaula y a dejar que el espíritu vuele a su hogar natal en los cielos.
Todo esto hace una gran diferencia. Tiende, entre otras cosas, a quitar el temor de la muerte que era perfectamente consistente con el estado de los creyentes bajo la ley, pero que es completamente incompatible con la posición y los privilegios de quienes están unidos a Él, quien está vivo de entre los muertos. Tampoco es esto todo. La vida y el carácter enteros del Cristiano deben tomar su carácter de la fuente de donde esa vida emana. «Si habéis, pues, resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, [quien es] nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con El en gloria.» (Colosenses 3: 1-4 – LBLA). El agua busca siempre su propio nivel, y del mismo modo la vida del Cristiano, fortalecido y guiado por el Espíritu Santo, siempre brota hacia su fuente.
Que nadie se imagine que todo esto que nosotros estamos sosteniendo es un mero asunto de opinión humana – un punto poco importante – una noción sin ninguna influencia. Lejos de ello. Se trata de una gran verdad práctica presentada constantemente por el Apóstol Pablo, sobre la cual insiste constantemente – una verdad que él predicaba como evangelista, que enseñaba y revelaba como maestro, y que contemplaba en sus resultados como un fiel y vigilante pastor. Tan prominente era el lugar que esta gran verdad de la resurrección ocupaba en la predicación del apóstol, que algunos de los filósofos Atenienses decían de él: «Parece que es predicador de nuevos dioses; porque les predicaba el evangelio de Jesús, y de la resurrección.» (Hechos 17:18).
Que el lector observe esto. «De Jesús, y de la resurrección.» ¿Porqué la predicación no fue de Jesús, y de la encarnación?, ¿o de Jesús, y de la crucifixión? ¿Fue acaso que estos profundos e inapreciables misterios no tenían lugar en la predicación y enseñanza apostólicas? Lean 1 Timoteo 3:16, para la respuesta. «E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria.» Lean también Gálatas 4: 4, 5: «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.»
Estos pasajes resuelven la cuestión en cuanto a las doctrinas fundamentales de la encarnación y de la crucifixión. Pero, recuérdese siempre, que Pablo predicaba y enseñaba e insistía celosamente acerca de la resurrección. Él mismo se convirtió a un Cristo resucitado y glorificado. La primera visión misma que él obtuvo de Jesús fue como un Hombre resucitado en la gloria. Fue sólo de esta manera que él le conoció, tal como nos dice en 2 Corintios 5. «Por tanto, nosotros de ahora en adelante, no conocemos a nadie según la carne: y aunque hayamos conocido a Cristo según la carne, ahora empero no le conocemos más así.» (2 Corintios 5:16 – VM). Pablo predicaba un evangelio de resurrección. Él trabajaba para presentar a todo hombre perfecto en un Cristo resucitado y glorificado. (Colosenses 1:28). Él no se limitaba a un mero asunto de perdón de pecado y salvación del infierno – tan preciosos y más allá de todo precio como son estos frutos de la muerte expiatoria de Cristo – él aspiraba al glorioso objetivo de plantar el alma EN Cristo, y de mantenerla allí. «De la manera, pues, que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así andad en él; arraigados en él, y edificados sobre él, y hechos estables en la fe, así como fuisteis enseñados, y abundando en acciones de gracias.» (Colosenses 2:7 – VM). «Vosotros estáis completos en él.» (Colosenses 2:10). «Sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él . . . os dio vida juntamente con él.» (Colosenses 2: 12, 13).
Tal era la predicación y la enseñanza de Pablo. Este era su evangelio. Esto es el Cristianismo verdadero, en contraste con todas las formas de religiosidad humana y pietismo carnal bajo el sol. El gran tema de Pablo era la vida en un Cristo resucitado. No era meramente salvación y perdón por medio de Cristo, sino unión con Él. El evangelio de Pablo plantaba el alma de inmediato en un Cristo resucitado y glorificado, siendo la redención y el perdón de pecados la consecuencia obvia y necesaria. Este fue el glorioso evangelio del Dios bendito que le fue encomendado a Pablo. (1 Timoteo 1:11).
De buen grado analizaríamos con más detenimiento este bendito tema de la fuente de la vida cristiana, pero debemos apresurarnos en tratar los puntos remanentes de nuestro asunto, y, por consiguiente, llamaremos brevemente la atención del lector, en segundo lugar, a las características o rasgos morales de la vida que, como Cristianos, poseemos. Para hacer algo parecido a la justicia a este punto, procuraremos develar el precioso misterio de la vida de Cristo, como hombre, en esta tierra – procuraremos examinar Sus modos – procuraremos señalar el estilo y el espíritu con los cuales Él pasó a través de todas las escenas y circunstancias de Su curso aquí abajo.
Nosotros deberíamos contemplarle como a un niño sujeto a Sus padres, creciendo bajo la mirada de Dios, creciendo de día en día en sabiduría y en estatura, exhibiendo todo lo que era adorable a los ojos de Dios y del hombre. Nosotros deberíamos rastrear Su senda como siervo, fiel en todas las cosas – una senda marcada por trabajos y fatigas incesantes. Deberíamos considerarle como el Hombre manso, humilde y obediente, sometido y dependiente en todas las cosas, despojándose a Sí mismo y anonadándose, entregándose perfectamente Él mismo para la gloria de Dios y el bien del hombre; no procurando jamás Su interés propio en ninguna cosa. Deberíamos observarle como el amigo y compañero amable, amoroso, compasivo, siempre apercibido con la copa de consolación para cada hijo de dolores, siempre al alcance para secar la lágrima de la viuda, para oír el clamor del angustiado, para alimentar al hambriento, para limpiar al leproso, para sanar toda clase de enfermedad. En una palabra, nosotros deberíamos señalar los innumerables rayos de gloria moral que resplandecen en la vida preciosa y perfecta de Aquel que anduvo haciendo bienes. Pero, ¿quién es suficiente para estas cosas? Podemos decir meramente al lector cristiano: Ve, estudia a tu gran Ejemplo. Considera a tu Modelo. Si un Cristo resucitado es la fuente de tu vida, el Cristo que vivió aquí abajo es tu norma. Las características de tu vida son las mismísimas características que resplandecieron en Él como hombre aquí abajo. Por medio de la muerte, Él ha hecho que Su vida sea la tuya. Él te ha unido con Él mismo mediante un vínculo que nunca puede ser disuelto, y ahora tú eres un privilegiado al poder volver y estudiar las narraciones que están escritas en los evangelios para ver de qué manera Él anduvo, para que puedas, mediante la gracia del Espíritu Santo, andar como Él anduvo.
Es una verdad muy bienaventurada, aunque muy solemne, el que no hay nada que tenga algún valor en la estimación de Dios salvo la emanación de la vida de Cristo desde Sus miembros aquí. Todo lo que no es el fruto directo de esa vida es totalmente sin valor en la estimación de Dios. Las actividades de la vieja naturaleza, no son meramente sin valor sino pecaminosas. Existen algunas relaciones naturales en las cuales estamos, y que Dios aprueba, y en las cuales Cristo es nuestro modelo. Por ejemplo, «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia.» (Efesios 5:25). Nosotros somos reconocidos como padres e hijos, amos y siervos, y se nos enseña en cuanto a nuestra conducta en estas santas relaciones; pero todo esto es sobre el nuevo terreno de una vida resucitada en Cristo (Vean Colosenses 3; Efesios 5 y 6). El viejo hombre no es reconocido en absoluto. Se le contempla como crucificado, muerto y sepultado; y somos llamados a considerarlo como muerto, y a mortificar nuestros miembros que están en la tierra, y a andar como Cristo anduvo; a vivir una vida de entrega del yo, a manifestar la vida de Cristo, a reproducirle. Esto es Cristianismo práctico. ¡Que podamos entenderlo mejor! ¡Que podamos, por lo menos, recordar que nada tiene el más mínimo valor en la apreciación de Dios salvo la vida de Cristo mostrada en el creyente de día en día por el poder del Espíritu Santo! La más débil expresión de esta vida es un olor grato para Dios. Los más poderosos esfuerzos de la carne meramente religiosa – los más costosos sacrificios – las ordenanzas y ceremonias más imponentes no son más que «obras muertas» ante los ojos de Dios. La religiosidad es una cosa; el Cristianismo es otra cosa muy diferente.
Y ahora, una palabra en cuanto al resultado de la vida que, como Cristianos, nosotros poseemos. Ciertamente podemos decir una «sola palabra» y, ¿cuál es esa palabra? «Gloria.» Este es el único resultado o consecuencia de la vida cristiana. «Cuando Cristo, el cual es nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados juntamente con él en gloria.» (Colosenses 3:4 – VM). Jesús está esperando el momento de Su manifestación en gloria, y nosotros esperamos en y con Él. Él está sentado y esperando, y nosotros estamos sentados y esperando de igual manera. «Pues como El es, así somos también nosotros en este mundo.» (1 Juan 4:17 – LBLA). La muerte y el juicio están detrás de nosotros, nada sino la gloria está delante de nosotros. Si podemos expresarlo de este modo, nuestro ayer es la cruz; nuestro hoy es un Cristo resucitado; nuestro mañana es la gloria. Así rige para con todos los creyentes verdaderos. Es con ellos así como con su Cabeza viviente y exaltada. Así como es la Cabeza, así son los miembros. Ellos no pueden ser separados ni por un solo momento, con ningún objetivo posible. Ellos están inseparablemente unidos juntos en el poder de una unión que ninguna influencia de la tierra o del infierno puede jamás disolver. La Cabeza y los miembros son eternamente uno. La Cabeza ha pasado por la muerte y el juicio; así lo han hecho los miembros. La Cabeza está sentada en la presencia de Dios, así están los miembros – conjuntamente vivificados, resucitados, y sentados con la Cabeza en la gloria.
Lector, esto es vida cristiana. Piensa en ello. Piensa profundamente. Considérala a la luz del Nuevo Testamento. Su fuente: un Cristo resucitado. Sus características: los mismísimos rasgos de la vida de Cristo como fueron vistos en este mundo. Su resultado o consecuencia: gloria sin nubes y eterna. Contrástala con esta vida que poseemos como hijos e hijas de Adán. Su fuente: un hombre caído, arruinado, proscrito. Sus características: las diez mil formas de egoísmo de las cuales se reviste la humanidad caída. Su resultado o consecuencia: el lago de fuego. Esta es la simple verdad del asunto, si hemos de ser guiados por la Escritura.
Y digamos solamente, como conclusión, en referencia a la vida que los Cristianos poseen, de que no hay tal cosa como ‘una vida cristiana más elevada.’ Puede ser que las personas que utilizan esta forma de hablar quieran dar a entender una cosa correcta; pero la forma de expresión es incorrecta. No hay más que una única vida, y esa es Cristo. Sin duda hay variadas medidas en el goce y en la exhibición de esta vida, pero, independientemente de lo que la medida pueda variar, la vida es una. Puede haber etapas más elevadas o más bajas en esta vida, pero la vida no es más que una. El santo más avanzado en la tierra y el más débil ‘bebé’ en Cristo poseen ambos una y la misma vida pues Cristo es la vida de cada uno de ellos, la vida de ambos, la vida de todos.
Todo esto es muy felizmente sencillo, y deseamos que el lector lo considere cuidadosamente. Nosotros estamos plenamente persuadidos de que hay una necesidad urgente de una clara revelación y fiel proclamación de este evangelio de resurrección. Muchos se detienen en la encarnación; otros siguen adelante hasta la crucifixión. Nosotros deseamos un evangelio que nos presente todo: encarnación, crucifixión, y resurrección. Este es el evangelio que posee el verdadero poder moral – la poderosa influencia para elevar el alma fuera de toda asociación terrenal, y para dejarla en libertad para que ande con Dios en el poder de una vida resucitada en Cristo. Que este evangelio pueda ser presentado en energía viva, a lo lejos y a lo ancho, por toda la longitud y anchura de la iglesia profesante. Hay cientos y miles que pertenecen al pueblo de Dios que necesitan conocerlo. Ellos están afligidos con dudas y preguntas que serían removidas en su totalidad mediante la sencilla recepción de la bienaventurada verdad de la vida en un Cristo resucitado. En el Cristianismo no existen dudas y temores. Los Cristianos, ¡desgraciadamente! los tienen; pero estas dudas y temores no pertenecen al Cristianismo en absoluto. ¡Que la resplandeciente luz del evangelio de Pablo pueda entrar a raudales en todos los santos de Dios, y dispersar las nieblas y brumas que los rodean, de modo que ellos puedan realmente entrar en esa libertad santa con la cual Cristo hace a Su pueblo libre!
El asunto que nos proponemos considerar en las páginas siguientes es quizás uno de los más interesantes e importantes que podrían atraer nuestra atención. Y es este: ¿Cuál es la vida que, como Cristianos, poseemos? ¿Cuál es su fuente? ¿Cuáles son sus características? ¿Cuál es su resultado o consecuencia? Basta que nombremos estas grandes preguntas para asegurar la atención de todo lector reflexivo.
La Palabra divina habla de dos claras cabezas o fuentes. Ella habla de un primer hombre y de un segundo hombre. En el comienzo del libro de Génesis leemos estas palabras, «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1: 26, 27). Esta declaración se repite en Génesis 5: «El día en que creó Dios al hombre, a semejanza de Dios lo hizo.» (Génesis 5:1). Después de esto, leemos, «Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza.» (Génesis 5:3).
Pero entre la creación de Adán a imagen de Dios y el nacimiento de un hijo a su propia imagen, un gran cambio tuvo lugar. Entró el pecado. La inocencia se desvaneció. Adán llegó a ser un hombre caído, arruinado, proscrito. El lector debe atender a este hecho y ponderarlo. Se trata de un hecho importante e influyente. Nos introduce en el secreto de la fuente de esa vida que poseemos como hijos de Adán. Esa fuente fue una cabeza culpable, arruinada, proscrita. No fue en inocencia que Adán llegó a ser cabeza de una raza. No fue dentro de los límites del Paraíso que Caín fue dado a luz sino fuera de ellos, en un mundo arruinado y maldito. No fue a la imagen de Dios que Caín fue dado a luz, sino a imagen de un padre caído.
Nosotros creemos plenamente que, personalmente, Adán fue objeto de la gracia divina y que él fue salvo por medio de la fe en la Simiente de la mujer prometida. Pero mirándole federalmente, es decir, como cabeza de una raza, él era un hombre caído, arruinado, proscrito, y todos los de su posteridad nacen en la misma condición. Tal como es la cabeza, así son los miembros – todos los miembros juntos, cada miembro en particular. El hijo lleva la imagen de su padre caído y hereda su naturaleza. «Lo que es nacido de la carne, carne es» (Juan 3:6), y hagan ustedes lo que hagan con la carne – edúquenla, cultívenla, sublímenla como ustedes quieran, ella nunca producirá «espíritu.» Ustedes pueden mejorar la carne según el pensamiento humano, pero la carne mejorada no es «espíritu.» Las dos cosas son totalmente opuestas. Lo primero expresa todo lo que nosotros somos como nacidos en este mundo, como brotados del primer Adán. Lo último expresa lo que nosotros somos como nacidos de nuevo, como unidos al Segundo Adán.
Nosotros oímos frecuentemente la expresión, ‘Elevando a las masas.’ ¿Qué significa esto? Hay tres preguntas que quisiéramos formular a quienes se proponen elevar a las masas. En primer lugar, ¿Qué es lo que van a elevar? Es segundo lugar, ¿Cómo las van a elevar? En tercer lugar, ¿Hacia adónde las van a elevar? Es imposible que el agua alguna vez se eleve por encima de su propio nivel. Por lo tanto, es imposible para ustedes elevar alguna vez a los hijos del Adán caído por encima del nivel de su caído padre. Aunque ustedes hagan lo que quieran con ellos, probablemente no pueden elevarlos más alto que su arruinada cabeza proscrita. Él hombre no puede crecer fuera de la naturaleza en la cual él nació. Él puede crecer en ella, pero no fuera de ella. Remonten el río de la humanidad caída hasta su fuente y hallan que esa fuente es un hombre caído, arruinado, proscrito.
Esta simple verdad golpea la raíz de toda la soberbia humana – todo orgullo de nacimiento, todo orgullo de descendencia. Todos nosotros, como hombres, surgimos de un linaje, una cabeza, una fuente, comunes. Todos estamos engendrados a una imagen y esa imagen es la de un hombre arruinado. La cabeza de la raza y la raza de la cual él es cabeza, están todos implicados en una única ruina común. Mirado desde un punto de vista legal o social, puede haber diferencias, pero considerado desde un punto de vista divino, no hay ninguna. Si ustedes desean una idea verdadera de la condición de cada miembro de la raza humana, tienen que mirar la condición de la cabeza. Ustedes deben regresar a Génesis 3 y leer estas palabras, «Expulsó, pues, al hombre.» (Génesis 3:24 – LBLA). Aquí está la raíz de todo el asunto. Aquí está la fuente del río, las corrientes que han entristecido los millones de la posteridad de Adán por casi 6.000 años. El pecado ha entrado y ha roto el vínculo, ha desfigurado la imagen de Dios, ha corrompido las fuentes de vida, ha introducido la muerte y le ha dado a Satanás el poder de la muerte.
Así rige en referencia a la raza de Adán – a la raza como un todo y a cada miembro de esa raza en particular. Todos están implicados en la culpa y la ruina. Todos están expuestos a la muerte y al juicio. No hay ninguna excepción. «El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.» (Romanos 5:12). «En Adán todos mueren.» (1 Corintios 15:22). Aquí están ligadas las dos tristes y solemnes realidades – ‘Pecado y muerte.’
Pero, gracias a Dios, un Segundo Hombre ha entrado en la escena. Este gran hecho, a la vez que establece la gracia maravillosa de Dios hacia el primer hombre y su posteridad, demuestra del modo más claro y más irrefutable que el primer hombre ha sido apartado completamente. Si el primero hubiera sido hallado perfecto, entonces no se habría buscado ningún lugar para el Segundo. Si hubiera habido un solo rayo de esperanza en cuanto al primer Adán, no habría habido necesidad del Segundo.
Pero Dios envió a Su Hijo a este mundo. Él era ‘la Simiente de la mujer.’ Que este hecho sea notado y ponderado. Jesucristo no vino bajo la jefatura federal de Adán. Él descendía legalmente de David y Abraham, tal como leemos en Mateo. «Nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne.» (Romanos 1:3). Además, Su genealogía es trazada hasta Adán por el escritor inspirado en el evangelio de Lucas. Pero aquí se trata del anuncio angélico como el misterio de Su concepción: «Respondióle el ángel: El Espíritu Santo vendrá sobre tí, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también lo santo que ha de nacer será llamado Hijo de Dios.» (Lucas 1:35 – NTHA).
Aquí tenemos a un Hombre verdadero, pero Uno sin una sola mancha de pecado o una sola semilla de mortalidad. Él fue hecho de la mujer, de la sustancia de la virgen, un Hombre en cada detalle, tal como somos nosotros, pero completamente sin pecado y enteramente libre de cualquier asociación que podía haberle dado al pecado o a la muerte una demanda sobre Él. Si nuestro bendito Señor hubiera venido, en cuanto a Su naturaleza humana, bajo la jefatura de Adán, Él no podría haber sido llamado el Segundo Hombre puesto que Él habría sido un miembro del primero, como cualquier otro hombre. Además. Él habría estado sujeto a la muerte en Su propia persona, lo cual es blasfemia afirmar o suponer.
Pero, que Su nombre sea adorado para siempre, Él era el puro, santo, sin mancha, Santo de Dios. Él era único. Él estuvo solo – el único grano puro impoluto de simiente humana que la tierra había visto jamás. Él vino a este mundo de pecado y muerte, siendo Él mismo sin pecado y dador de vida. En Él estaba la vida y en ninguna otra parte. Aparte de Él todo era muerte y tinieblas. No había ni un solo pulso de vida espiritual, ni un rayo de luz divina aparte de Él. La raza entera del primer hombre estaba implicada en el pecado, bajo el poder de la muerte, y expuesta al juicio eterno. Él podía decir, «Yo soy la luz del mundo.» (Juan 8:12). Aparte de Él, todo era tiniebla moral y muerte espiritual. «En Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.» (1 Corintios 15:22). Veamos de qué manera.
Tan pronto como el Hijo del Hombre apareció en la escena, Satanás apareció para disputar cada centímetro de terreno con Él. Se trataba de una gran realidad. El Hombre Cristo Jesús había emprendido la obra poderosa de glorificar a Dios en esta tierra, de destruir las obras del diablo y de redimir a Su pueblo. Una obra estupenda – obra que nadie sino el Dios-Hombre podía llevar a cabo. Pero era una cosa real. Jesús tuvo que enfrentar toda la astucia y todo el poder de Satanás. Él tuvo que enfrentarle como la serpiente y enfrentarlo como el león. De ahí que, en el comienzo mismo de Su bendita carrera, como el Hombre bautizado y ungido, Él estuvo en el desierto para ser tentado del diablo. Vean Mateo 4 y Lucas 4.
Y noten, incluso aquí, el contraste entre el primer hombre y el Segundo. El primer hombre estuvo en medio de un jardín de delicias, con todo lo que posiblemente podía pedir a Dios contra el tentador. El Segundo Hombre, por el contrario, estuvo en medio de un desierto de privaciones con todo, aparentemente, para contender contra Dios y por el tentador. Satanás probó con el Segundo Hombre precisamente las mismas armas que había encontrado tan efectivas con el primero – «los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la soberbia de la vida.» (1 Juan 2:16 – RVA). Comparen con: Génesis 3:6; Mateo 4: 1-19; Lucas 4: 1-12; y 1 Juan 2:16.
Pero el Segundo Hombre venció al tentador con una sencilla arma, la Palabra escrita. «Escrito está» fue la única respuesta invariable del Hombre dependiente y obediente. Ningún razonamiento, ningún cuestionamiento, ninguna mirada hacia uno u otro lado. La Palabra del Dios vivo fue la autoridad dominante para el Hombre perfecto. ¡Que Su nombre sea bendito por siempre! ¡Que el homenaje del universo sea Suyo a través de los siglos eternos! Amén y amén.
Pero no debemos permitirnos explayarnos, y, por consiguiente, nos apresuramos a exponer nuestro tema especial. Queremos que el lector vea a la luz de la Escritura Santa de qué manera el Segundo Adán imparte vida a Sus miembros. Mediante la victoria en el desierto, el hombre fuerte fue ‘atado’, no fue ‘destruido.’ De ahí que hallamos que, al final, se le autoriza intentarlo vez más. Apartándose de Él «por un tiempo» (Lucas 4:13), él regresó en otro carácter, como aquel que tenía el poder de la muerte aterrorizando el alma del hombre por medio de este poder. ¡Pensamiento tremendo! Este poder fue ejercido en toda su terrible intensidad, sobre el espíritu de Cristo en el huerto de Getsemaní. Probablemente nosotros no podemos contemplar esta escena sin dejar de sentir que el espíritu de nuestro bendito Señor estaba pasando a través de algo que Él nunca antes había experimentado. Es evidente que se le permitió a Satanás venir ante Él en una manera muy especial, y emplear un poder especial para, si era posible, disuadirle. Él lo dice así en Juan 14:30, «viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí.» (N. del T.: otra traducción, «viene el príncipe de este mundo. Él no tiene ningún dominio sobre mí.» – NVI). Así también en Lucas 22: 52 y 53, le encontramos diciendo a los principales sacerdotes y a los jefes de la guardia del templo, «¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y palos? Habiendo estado con vosotros cada día en el templo, no extendisteis las manos contra mí; mas esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas.»
Evidentemente, por tanto, el período desde la última cena hasta la cruz estuvo marcado por características bastante distintas de las de cada etapa previa de la maravillosa historia de nuestro Señor. «Esta es vuestra hora.» Y, además, «La potestad de las tinieblas.» El príncipe de este mundo vino contra el segundo Hombre, armado con todo el poder que el pecado del primer hombre le había conferido. Él aplicó sobre Su espíritu todo el poder y todos los terrores de la muerte como siendo el justo juicio de Dios. Jesús enfrentó todo esto en su fuerza suprema y en toda su atroz intensidad. De ahí que nosotros oímos énfasis tales como estos, «Mi alma está muy afligida, hasta el punto de la muerte.» (Mateo 26:38 – LBLA). Y, de nuevo, leemos que, «estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.» (Lucas 22:44).
En una palabra, entonces, Aquel que tomó a Su cargo la redención de Su pueblo, el darle vida eterna a Sus miembros, para cumplir la voluntad y los consejos de Dios, tuvo que enfrentar todas las consecuencias de la condición del Hombre. No había cómo escapar de ellos. Él pasó por todas ellas; pero Él pasó por ellas solo, pues ¿quién sino Él podía haberlo hecho? Él, el Arca verdadera, tuvo que pasar solo el oscuro y terrible río de la muerte para hacer una senda para que Su pueblo pase sobre tierra seca. Él estuvo solo en el pozo de la desesperación y en el lodo cenagoso, para que nosotros pudiéramos estar con Él sobre la roca. Él solo obtuvo el cántico nuevo, para que Él lo pudiera cantar en medio de la iglesia. (Salmo 40: 2, 3).
Pero no solamente nuestro Señor enfrentó todo el poder de Satanás como príncipe de este mundo, todo el poder de la muerte como el justo juicio de Dios, toda la violencia y amarga enemistad del hombre caído: hubo algo mucho más allá de todo esto. Cuando el hombre y Satanás, la tierra y el infierno, habían hecho todo lo posible, permaneció allí una región de tinieblas y de impenetrable oscuridad a ser atravesada por el espíritu del Bendito, en la cual le es imposible al pensamiento humano entrar. Sólo podemos mantenernos en los confines, y con nuestras cabezas inclinadas en el profundo silencio de indecible adoración, oír el fuerte y amargo clamor emitido desde allí, acompañado de estas palabras, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46) – palabras que la eternidad misma será insuficiente para develar.
Aquí debemos detenernos y rendir, una vez más, la eterna y universal alabanza, homenaje y adoración a Aquel que pasó por todo esto para procurar vida para nosotros. ¡Que nuestros corazones puedan adorarle! ¡Que nuestros labios puedan alabarle! ¡Que nuestras vidas puedan glorificarle! Sólo Él es digno. Que su amor pueda constreñirnos a vivir, no para nosotros mismos, sino para Aquel que murió por nosotros y resucitó, y nos dio vida en resurrección.
No es posible sobrestimar el interés y el valor de la gran verdad de que la fuente de la vida que, como Cristianos, nosotros poseemos, es un Cristo resucitado y victorioso. Es como resucitado de entre los muertos que el segundo Hombre llega a ser Cabeza de una raza – Cabeza de Su cuerpo la iglesia. La vida que el creyente posee ahora es una vida que ha sido sometida a prueba y acrisolada en toda posible manera, y, por consiguiente, nunca puede entrar en juicio. Es una vida que ha pasado a través de la muerte y el juicio, y por tanto, nunca puede morir – nunca puede entrar en juicio. Cristo, nuestra Cabeza viviente, ha abolido la muerte, y ha sacado a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio. (2 Timoteo 1:10). Él enfrentó la muerte en toda su realidad para que nosotros nunca la enfrentáramos. Él obró así por nosotros, en Su amor y gracia maravillosos, para hacer de la muerte parte de nuestra propiedad. (Vean 1 Corintios 3:22).
En la viaje creación, el hombre pertenece a la muerte, y por eso se ha dicho con razón que en el mismo momento que el hombre comienza a vivir, él comienza a morir. «Está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio.» (Hebreos 9:27 – LBLA). No hay ni siquiera una sola cosa que el hombre posea, en la antigua creación, que no será arrancada de su dominio por la mano inmisericorde de la muerte. La muerte le quita todo y reduce su cuerpo a polvo, y envía su alma al juicio. Casas, tierras, riqueza y distinción, fama e influencia – todo desaparece cuando el último enemigo lúgubre se acerca. Aunque la riqueza del universo estuviera en posesión de un hombre, no podría comprar con ella ni un solo momento de respiro. La muerte despoja al hombre de todo y lo transporta al juicio. El rey y el mendigo, el señor y el campesino, el docto filósofo y el ignorante payaso, el civilizado y el salvaje, son todos iguales. La muerte se apodera de todo dentro de los límites de la vieja creación. El sepulcro es el final de la historia terrenal del hombre, y más allá está el trono de juicio y el lago de fuego.
Pero, por otra parte, en la nueva creación, la muerte le pertenece al hombre. No hay ni siquiera una sola cosa que el Cristiano posee que él no se lo deba a la muerte. Él tiene vida, perdón, justicia, paz, aceptación, gloria, todo esto por medio de la muerte – la muerte de Cristo. En una palabra, el aspecto completo de la muerta es cambiado. Satanás ya no puede traerla más para afectar el alma del creyente como el juicio de Dios contra el pecado. Dios puede utilizarla, y la utiliza, en Sus tratos gubernamentales con Su pueblo, a manera de disciplina y castigo. (Ver Hechos 5; 1 Corintios 11:30, 1 Juan 5:16). Pero Satanás, como aquel que tenía el poder de la muerte, ha sido destruido. Nuestro Señor Jesucristo le arrebató su poder y Él tiene ahora en Su mano omnipotente las llaves de la muerte y del sepulcro. La muerte ha perdido su aguijón – el sepulcro ha perdido su victoria; y, por consiguiente, si la muerte sobreviene al creyente, no viene como un amo, sino como un siervo. Ella viene, no como un policía a arrastrar el alma a su cárcel eterna, sino como una mano amistosa que viene a abrir la puerta de la jaula y a dejar que el espíritu vuele a su hogar natal en los cielos.
Todo esto hace una gran diferencia. Tiende, entre otras cosas, a quitar el temor de la muerte que era perfectamente consistente con el estado de los creyentes bajo la ley, pero que es completamente incompatible con la posición y los privilegios de quienes están unidos a Él, quien está vivo de entre los muertos. Tampoco es esto todo. La vida y el carácter enteros del Cristiano deben tomar su carácter de la fuente de donde esa vida emana. «Si habéis pues resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado á la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque muertos sois, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifestare, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.» (Colosenses 3: 1-4). El agua busca siempre su propio nivel, y del mismo modo la vida del Cristiano, fortalecido y guiado por el Espíritu Santo, siempre brota hacia su fuente.
Que nadie se imagine que todo esto que nosotros estamos sosteniendo es un mero asunto de opinión humana – un punto poco importante – una noción sin ninguna influencia. Lejos de ello. Se trata de una gran verdad práctica presentada constantemente por el Apóstol Pablo, sobre la cual insiste constantemente – una verdad que él predicaba como evangelista, que enseñaba y revelaba como maestro, y que contemplaba en sus resultados como un fiel y vigilante pastor. Tan prominente era el lugar que esta gran verdad de la resurrección ocupaba en la predicación del apóstol, que algunos de los filósofos Atenienses decían de él: «Parece que es predicador de nuevos dioses: porque les predicaba a Jesús y la resurrecció.» (Hechos 17:18).
Que el lector observe esto. «A Jesús y la resurrección.» ¿Porqué la predicación no fue de Jesús, y de la encarnación?, ¿o de Jesús, y de la crucifixión? ¿Fue acaso que estos profundos e inapreciables misterios no tenían lugar en la predicación y enseñanza apostólicas? Lean 1 Timoteo 3:16, para la respuesta. «Y sin cotradicción, grande es el misterio de la piedad: Dios ha sido manifestado en carne; ha sido justificado con el Espíritu; ha sido visto de los ángeles; ha sido predicado á los Gentiles; ha sido creído en el mundo; ha sido recibido en gloria.» Lean también Gálatas 4: 4, 5: «Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, hecho de mujer, hecho súbdito a la ley, Para que redimiese a los que estaban debajo de la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.»
Estos pasajes resuelven la cuestión en cuanto a las doctrinas fundamentales de la encarnación y de la crucifixión. Pero, recuérdese siempre, que Pablo predicaba y enseñaba e insistía celosamente acerca de la resurrección. Él mismo se convirtió a un Cristo resucitado y glorificado. La primera visión misma que él obtuvo de Jesús fue como un Hombre resucitado en la gloria. Fue sólo de esta manera que él le conoció, tal como nos dice en 2 Corintios 5. «De manera que nosotros de aquí adelante a nadie
conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, empero ahora ya no le conocemos.» (2 Corintios 5:16). Pablo predicaba un evangelio de resurrección. Él trabajaba para presentar a todo hombre perfecto en un Cristo resucitado y glorificado. (Colosenses 1:28). Él no se limitaba a un mero asunto de perdón de pecado y salvación del infierno – tan preciosos y más allá de todo precio como son estos frutos de la muerte expiatoria de Cristo – él aspiraba al glorioso objetivo de plantar el alma EN Cristo, y de mantenerla allí. «Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y edificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis aprendido, y creciendo en ella con hacimientos de gracias.» (Colosenses 2:6-7). «… en él estáis cumplidos.» (Colosenses 2:10). «Sepultados juntamente con él en el bautismo, en el cual también resucitasteis con él . . . os vivificó con él.» (Colosenses 2: 12, 13).
Tal era la predicación y la enseñanza de Pablo. Este era su evangelio. Esto es el Cristianismo verdadero, en contraste con todas las formas de religiosidad humana y pietismo carnal bajo el sol. El gran tema de Pablo era la vida en un Cristo resucitado. No era meramente salvación y perdón por medio de Cristo, sino unión con Él. El evangelio de Pablo plantaba el alma de inmediato en un Cristo resucitado y glorificado, siendo la redención y el perdón de pecados la consecuencia obvia y necesaria. Este fue el glorioso evangelio del Dios bendito que le fue encomendado a Pablo. (1 Timoteo 1:11).
De buen grado analizaríamos con más detenimiento este bendito tema de la fuente de la vida cristiana, pero debemos apresurarnos en tratar los puntos remanentes de nuestro asunto, y, por consiguiente, llamaremos brevemente la atención del lector, en segundo lugar, a las características o rasgos morales de la vida que, como Cristianos, poseemos. Para hacer algo parecido a la justicia a este punto, procuraremos develar el precioso misterio de la vida de Cristo, como hombre, en esta tierra – procuraremos examinar Sus modos – procuraremos señalar el estilo y el espíritu con los cuales Él pasó a través de todas las escenas y circunstancias de Su curso aquí abajo.
Nosotros deberíamos contemplarle como a un niño sujeto a Sus padres, creciendo bajo la mirada de Dios, creciendo de día en día en sabiduría y en estatura, exhibiendo todo lo que era adorable a los ojos de Dios y del hombre. Nosotros deberíamos rastrear Su senda como siervo, fiel en todas las cosas – una senda marcada por trabajos y fatigas incesantes. Deberíamos considerarle como el Hombre manso, humilde y obediente, sometido y dependiente en todas las cosas, despojándose a Sí mismo y anonadándose, entregándose perfectamente Él mismo para la gloria de Dios y el bien del hombre; no procurando jamás Su interés propio en ninguna cosa. Deberíamos observarle como el amigo y compañero amable, amoroso, compasivo, siempre apercibido con la copa de consolación para cada hijo de dolores, siempre al alcance para secar la lágrima de la viuda, para oír el clamor del angustiado, para alimentar al hambriento, para limpiar al leproso, para sanar toda clase de enfermedad. En una palabra, nosotros deberíamos señalar los innumerables rayos de gloria moral que resplandecen en la vida preciosa y perfecta de Aquel que anduvo haciendo bienes. Pero, ¿quién es suficiente para estas cosas? Podemos decir meramente al lector cristiano: Ve, estudia a tu gran Ejemplo. Considera a tu Modelo. Si un Cristo resucitado es la fuente de tu vida, el Cristo que vivió aquí abajo es tu norma. Las características de tu vida son las mismísimas características que resplandecieron en Él como hombre aquí abajo. Por medio de la muerte, Él ha hecho que Su vida sea la tuya. Él te ha unido con Él mismo mediante un vínculo que nunca puede ser disuelto, y ahora tú eres un privilegiado al poder volver y estudiar las narraciones que están escritas en los evangelios para ver de qué manera Él anduvo, para que puedas, mediante la gracia del Espíritu Santo, andar como Él anduvo.

Es una verdad muy bienaventurada, aunque muy solemne, el que no hay nada que tenga algún valor en la estimación de Dios salvo la emanación de la vida de Cristo desde Sus miembros aquí. Todo lo que no es el fruto directo de esa vida es totalmente sin valor en la estimación de Dios. Las actividades de la vieja naturaleza, no son meramente sin valor sino pecaminosas. Existen algunas relaciones naturales en las cuales estamos, y que Dios aprueba, y en las cuales Cristo es nuestro modelo. Por ejemplo, «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia.» (Efesios 5:25). Nosotros somos reconocidos como padres e hijos, amos y siervos, y se nos enseña en cuanto a nuestra conducta en estas santas relaciones; pero todo esto es sobre el nuevo terreno de una vida resucitada en Cristo (Vean Colosenses 3; Efesios 5 y 6). El viejo hombre no es reconocido en absoluto. Se le contempla como crucificado, muerto y sepultado; y somos llamados a considerarlo como muerto, y a mortificar nuestros miembros que están en la tierra, y a andar como Cristo anduvo; a vivir una vida de entrega del yo, a manifestar la vida de Cristo, a reproducirle. Esto es Cristianismo práctico. ¡Que podamos entenderlo mejor! ¡Que podamos, por lo menos, recordar que nada tiene el más mínimo valor en la apreciación de Dios salvo la vida de Cristo mostrada en el creyente de día en día por el poder del Espíritu Santo! La más débil expresión de esta vida es un olor grato para Dios. Los más poderosos esfuerzos de la carne meramente religiosa – los más costosos sacrificios – las ordenanzas y ceremonias más imponentes no son más que «obras muertas» ante los ojos de Dios. La religiosidad es una cosa; el Cristianismo es otra cosa muy diferente.
Y ahora, una palabra en cuanto al resultado de la vida que, como Cristianos, nosotros poseemos. Ciertamente podemos decir una «sola palabra» y, ¿cuál es esa palabra? «Gloria.» Este es el único resultado o consecuencia de la vida cristiana. «Cuando Cristo, vuestra vida, se manifesteo, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.» (Colosenses 3:4). Jesús está esperando el momento de Su manifestación en gloria, y nosotros esperamos en y con Él. Él está sentado y esperando, y nosotros estamos sentados y esperando de igual manera. «Pues como él es, así somos nosotros en este mundo.» (1 Juan 4:17). La muerte y el juicio están detrás de nosotros, nada sino la gloria está delante de nosotros. Si podemos expresarlo de este modo, nuestro ayer es la cruz; nuestro hoy es un Cristo resucitado; nuestro mañana es la gloria. Así rige para con todos los creyentes verdaderos. Es con ellos así como con su Cabeza viviente y exaltada. Así como es la Cabeza, así son los miembros. Ellos no pueden ser separados ni por un solo momento, con ningún objetivo posible. Ellos están inseparablemente unidos juntos en el poder de una unión que ninguna influencia de la tierra o del infierno puede jamás disolver. La Cabeza y los miembros son eternamente uno. La Cabeza ha pasado por la muerte y el juicio; así lo han hecho los miembros. La Cabeza está sentada en la presencia de Dios, así están los miembros – conjuntamente vivificados, resucitados, y sentados con la Cabeza en la gloria.
Lector, esto es vida cristiana. Piensa en ello. Piensa profundamente. Considérala a la luz del Nuevo Testamento. Su fuente: un Cristo resucitado. Sus características: los mismísimos rasgos de la vida de Cristo como fueron vistos en este mundo. Su resultado o consecuencia: gloria sin nubes y eterna. Contrástala con esta vida que poseemos como hijos e hijas de Adán. Su fuente: un hombre caído, arruinado, proscrito. Sus características: las diez mil formas de egoísmo de las cuales se reviste la humanidad caída. Su resultado o consecuencia: el lago de fuego. Esta es la simple verdad del asunto, si hemos de ser guiados por la Escritura.
Y digamos solamente, como conclusión, en referencia a la vida que los Cristianos poseen, de que no hay tal cosa como ‘una vida cristiana más elevada.’ Puede ser que las personas que utilizan esta forma de hablar quieran dar a entender una cosa correcta; pero la forma de expresión es incorrecta. No hay más que una única vida, y esa es Cristo. Sin duda hay variadas medidas en el goce y en la exhibición de esta vida, pero, independientemente de lo que la medida pueda variar, la vida es una. Puede haber etapas más elevadas o más bajas en esta vida, pero la vida no es más que una. El santo más avanzado en la tierra y el más débil ‘bebé’ en Cristo poseen ambos una y la misma vida pues Cristo es la vida de cada uno de ellos, la vida de ambos, la vida de todos.
Todo esto es muy felizmente sencillo, y deseamos que el lector lo considere cuidadosamente. Nosotros estamos plenamente persuadidos de que hay una necesidad urgente de una clara revelación y fiel proclamación de este evangelio de resurrección. Muchos se detienen en la encarnación; otros siguen adelante hasta la crucifixión. Nosotros deseamos un evangelio que nos presente todo: encarnación, crucifixión, y resurrección. Este es el evangelio que posee el verdadero poder moral – la poderosa influencia para elevar el alma fuera de toda asociación terrenal, y para dejarla en libertad para que ande con Dios en el poder de una vida resucitada en Cristo. Que este evangelio pueda ser presentado en energía viva, a lo lejos y a lo ancho, por toda la longitud y anchura de la iglesia profesante. Hay cientos y miles que pertenecen al pueblo de Dios que necesitan conocerlo. Ellos están afligidos con dudas y preguntas que serían removidas en su totalidad mediante la sencilla recepción de la bienaventurada verdad de la vida en un Cristo resucitado. En el Cristianismo no existen dudas y temores. Los Cristianos, ¡desgraciadamente! los tienen; pero estas dudas y temores no pertenecen al Cristianismo en absoluto. ¡Que la resplandeciente luz del evangelio de Pablo pueda entrar a raudales en todos los santos de Dios, y dispersar las nieblas y brumas que los rodean, de modo que ellos puedan realmente entrar en esa libertad santa con la cual Cristo hace a Su pueblo libre!

Las Ofrendas cristianas

Con este título, presentamos la primera parte de un estudio sobre un tema muy discutido, y no siempre bien entendido, de la pluma de Antoni Mendoza i Miralles. Escrito originalmente en catalán, ofrecemos aquí la traducción castellana.

Introducción
Es nuestro deseo a través de estas páginas identificar las pautas que el Nuevo Testamento nos da en relación a las Ofrendas, para conducirnos en este asunto conforme a las directrices de Dios, de manera particular y como iglesias locales.
La verdad revelada en el Nuevo Testamento está edificada sobre la verdad revelada en el Antiguo Testamento; por ello no podemos entrar a considerar las directrices del Nuevo Testamento y la práctica de la iglesia apostólica, sin considerar las directrices y prácticas que se dieron en el Antiguo Testamento. Es cierto que no estamos bajo la Ley, sino bajo la Gracia, y también es cierto que muchas de las directrices dadas en aquel tiempo ya no son aplicables en la actualidad; con todo los principios que encontramos en el Antiguo Testamento se mantienen a través del tiempo, y la revelación que Dios hace de sus propósitos generales forma parte de una revelación que es progresiva.

Las ofrendas en el Antiguo Testamento
Cuando hablamos del Antiguo Testamento hemos de recordar que incluye diferentes tratos de Dios con el hombre, o dispensaciones, que se rigen bajo los principios revelados en cada momento por Dios. Especialmente hemos de distinguir, en relación a este tema, como fueron las cosas hasta la promulgación de la Ley, y una vez esta fue dada por Dios a través de Moisés. Con ello evitaremos, o al menos haremos lo posible para ello, el error de interpretar ciertos hechos a la luz de una revelación, y consecuente responsabilidad, que son posteriores en el tiempo.

Las Ofrendas antes de la Ley
La primera mención de la palabra «ofrenda»
La primera vez que encontramos la palabras «ofrenda» en la Biblia es en el capítulo 4 del libro del Génesis (Gé 4:1-8), y en relación a un acto que llevaron a término Caín y Abel, hijos de Adam y Eva. Caín y Abel fueron engendrados fuera del huerto de Edén, bajo el estigma del pecado, después de haber pecado sus padres contra Dios, y ser expulsados por ello del huerto de Edén.
La palabra hebrea que se usa aquí es mincha, que viene de una raíz que tiene el sentido de repartir. Significa don, tributo, ofrenda, presente, oblación o sacrificio. Está palabra, se usa en la Ley para identificar únicamente a las ofrendas que no eran de sangre, pero antes de que fuera dada la Ley en Sinaí era un término inclusivo, como vemos en el hecho de que la misma palabra se utiliza para identificar tanto la ofrenda de Caín, que era de los frutos de la tierra, como la de Abel, que era de las ovejas.
La ofrenda-mincha se usa tanto para hablar de la ofrenda que un hombre ofrecía a Dios, como de la ofrenda que un hombre ofrecía a otro hombre, como vemos en Génesis 32:13, donde Jacob la ofrece a Esaú.
Para entender el significado que la ofrenda-mincha tenía antes de la Ley nos puede ser muy útil fijarnos atentamente en el capítulo 32 del Génesis, donde la palabra es utilizada para hablar de la ofrenda que Jacob presentó a su hermano Esaú, cuando regreso a casa después de haber huido a Harán, escapando de su hermano que lo quería matar.
Cuando Jacob se aproximaba a la tierra de Seir, al campo de Edom, donde residía su hermano, se encomendó en oración a Dios recordándole la promesa de protección que la había dado cuando le ordenó regresar (32:9-12). Al día siguiente resuelve preparar un «presente», una ofrenda-mincha, que ayude a aplacar el enfado de su hermano (32:13 y siguientes). Era un obsequio, un regalo, no para ser sacrificado, sino para ser recibido como tal. Pero éste obsequio asume un significado más profundo debido a lo que Jacob manda decir a sus sirvientes cuando estos se encuentren con Esaú.
Los textos que hemos de considerar son los siguientes:

  • «Presente es de tu siervo Jacob, que envía a mi señor Esaú…» (32:18).
  • «He aquí tu siervo Jacob…» (32:20).
  • «El hallar gracia en los ojos de mi señor…» (33:8).
  • «Mi señor…» (33:13).
  • «Pase ahora mi señor delante de su siervo…» (33:14).

Jacob le había dicho lo mismo cuando le envió los primeros mensajeros, estando él aún en Mahanaim: “Así diréis a mi señor Esaú: Así dice tu siervo Jacob…” (Gn 32:4).
Lo que los siervos de Jacob deben decir a Esaú evidencia claramente varias cosas:
(1) Jacob se presenta repetidamente como «siervo», aquel que está al servicio de otro superior a él.
(2) Jacob identifica claramente quien es el señor al cual sirve, al llamar a su hermano Esaú «señor» repetidamente, y aplicándole el pronombre posesivo «mi».
(3) El presente no es un obsequio entre iguales, sino que es el medio a través del cual Jacob reconoce que su persona, y todo lo que es y tiene no le pertenecen, le pertenecen a su hermano. Aquellos animales que ofrece a Esaú eran «sus animales», que había ganado con “su trabajo” en Harán, y aquella multitud de hombres, mujeres y niños estaban bajo “su autoridad”. Nadie puede dar nada lo que primero no posee.
Aquí la ofrenda de Jacob a Esaú nos presenta un acto voluntario mediante el cual un hombre se reconoce como siervo de otro, al que identifica como su señor, y lo ejemplifica mediante la entre de una parte de lo que es suyo, como muestra que le está entregando el todo.
Volvamos a nuestro texto, en el capítulo 4 del Génesis, con la luz que nos ha proporcionado el relato de la ofrenda-mincha de Jacob a Esaú.
La primera cosa que hemos de destacar es que Caín y Abel, a través del acto de ofrendar a Dios, reconocían que ellos eran siervos de otro, y que el Señor al cual servían no era otro que Jehová. Y que mejor manera de hacerlo patente era a través de la ofrenda de aquello que les era propio, como producto del propio trabajo y esfuerzo. Caín era labrador, y lo que tenía era lo que producía la tierra por su trabajo; por ello ofrecer a Dios «de los frutos de la tierra». Abel era pastor de ovejas, y el producto de su trabajo eran sus animales engordados y sus crías; por ello ofrece a Dios «de los primogénitos de sus ovejas, y de su grosura». No entraremos en el debate sobre si ambos hermanos debían haber presentado una ofrenda de sangre o no, únicamente indicamos que la palabra que se usa aquí para ofrenda más adelante únicamente se utilizaría para hacer referencia a las ofrendas que no eran de sangre.
Des del primer momento se evidencia la importancia de la correspondencia entre forma y contenido, la coherencia entre el acto externo y la realidad interna. Caín fue el primero en traer una ofrenda a Dios, según el texto, pero parece que se conformó con llevar a término el acto formal sin la correspondiente realidad interior. Seguramente Adán y Eva habían enseñado a sus hijos el principio de la ofrendas. Abel presentó su ofrenda después que su hermano, pero Abel mantuvo la correspondencia del acto externo con la realidad interna. Eso lo inferimos en base a la descripción que las Escrituras nos dan de ambas ofrendas. La ofrenda de Caín fue «del fruto de la tierra», sin más, pero la de Abel fue «de los primogénitos de sus ovejas, y de su grosura». Estas palabras y el agrado de Dios por la ofrenda de Abel, y el desagrado por la de Caín evidencia lo que había en el interior de ambos hermanos. Abel consideró un privilegio ser siervo de Dios, por eso seleccionó lo bueno y mejor del resultado de su trabajo para ofrecerlo a Aquel que reconoce como el Señor de su vida y posesiones; Caín sencillamente acepta el hecho, al menos formalmente, por eso “cumple” tomando de lo que le ha producido la tierra, para llevar a término un acto externo de sumisión.
Seguramente las ofrendas de Caín y Abel se realizaron en la época de la cosecha, el mejor momento para reconocer el señorío de Jehová sobre ellos y sus posesiones; y mostrar también con ello agradecimiento por lo que había recibido de Dios.
Qué principios generales podemos extraer de esta primera mención de la palabra ofrenda en la Biblia, y de la práctica aquí reflejada?

  • El primero es que el hecho de ofrendar a Dios es un acto que se remonta al principio de la existencia del hombre caído sobre la tierra.
  • El segundo, que la ofrenda es un acto público de sumisión, de humillación, de reconocimiento que uno es siervo y no señor, de la propia vida y de los propios bienes.
  • El tercero, que la ofrenda es un acto público de reconocimiento de Dios como nuestro único Señor, nuestro soberano, y que a él le pertenece lo que somos y tenemos, sin exclusión.
  • El cuarto, que dicho reconocimiento tiene momentos precisos en los que debe expresarse: en el momento que recibimos cualquier bien; pero que ello no excluye cualquier otro momento.
  • El quinto, que el acto externo tiene que ser expresión de una realidad interna, no debe realizarse de cualquier manera, de otra manera no enfrentamos a la desaprobación de Dios
  • El sexto, que la ofrenda debe expresarse con lo bueno y mejor, no con cualquier cosa, y menos con lo que no queremos.

El primer acto con el que comienza la vida en la tierra tras el Diluvio
La segunda mención en la Biblia sobre un acto de ofrenda a Dios, lo encontramos al final del capítulo 8 del Génesis (8:20-22). La palabra utilizada es diferente de la del capítulo 4; y también la terminología es más específica, parecida a la que después se usa en la Ley.
Los hechos que aquí se describen acontecieron después que Dios castigó la tierra con un Diluvio universal que acabó con todas las personas y animales terrestres, reptiles y aves, exceptuando aquellos que estaban dentro del arca con Noé. Ese acto se llevó a cabo sólo poner Noé el pie sobre la tierra nuevamente emerjida del agua.
Lo primero que hizo Noé una vez han salido todos del arca, fue levantar un altar y ofrecer un holocausto sobre él, como un acto de gratitud, pero también de reconocimiento a Dios. Noé con este acto estaba indicando que él y su casa eran siervos y no señores de si mismos, ni todas las otras cosas creadas que salieron del arca. También identifica y reconoce a Dios como el Señor, el soberano de todos ellos.
La ofrenda es la presentación a Dios de parte de sus siervos de aquello que es ya de Dios, y un reconocimiento público de sumisión al señorío de Dios.
El altar, y el sacrificio realizado sobre él, identificará a los creyentes a través de las edades. Recordemos a Abraham, y los altares que fue estableciendo en todos los lugares en que peregrinaba, eran el testimonio de que era un siervo y que su Señor era Dios. Abraham únicamente dejó de establecer el altar cuando se apartó de la obediencia a su Señor-Dios.

La primera mención del «diezmo»
Con la Ley el diezmo será una práctica regulada explícitamente, aunque encontramos su primera mención en el capítulo 14 del libro del Génesis, en el «misterioso» pasaje del encuentro de Abraham con Melchîsedec. Después de ésta primera mención, no volveremos a encontrar dicha palabra hasta el libro de Levítico.
Mientras que la ofrenda, como acto de culto, hemos visto que iba dirigida a Dios en reconocimiento de su soberanía y de la sumisión a él del hombre; encontramos que el diezmo, como acto de culto, es entregado a un hombre, Melchîsedec.
La Escritura presenta a Melchîsedec como rey de Salem, y como «sacerdote del Dios alto». En la Biblia únicamente tenemos tenemos tres versículos que tratan sobre la realidad histórica de Melchîsedec, el resto de los textos que encontraremos en la Biblia sobre él se fundamentan en estos tres.
El reconocimiento del «Dios alto» era lo que unía a Abraham y Melquîsedec, el cual era sacerdote del Altísimo. La entrega que Abraham hace a Melquîsedec de los diezmos de todo lo que había recobrado de aquellos reyes que se había llevado a Lot y su familia, muestra que: a) Dios es Señor de todas las cosas que uno adquiere; b) los que sirven a Dios son dignos de recibir el diezmo que se debe a Dios.
Aquí encontramos la primera entrega a un hombre dedicado al servicio de Dios de recursos materiales, que a la luz de lo que consideraremos en la Ley parecería que habían de servir para proveer sus necesidades materiales, para poder seguir sirviendo a Dios.”

La Ofrenda en la Ley
No entraremos a considerar en detalle todo lo que la Ley enseña en relación a las ofrendas, pues excedería el propósito de éstas páginas. Nuestro objetivo es ver como la ofrenda fue considerada en ese tiempo, y se establecieron los principios generales que se proyectan más allá de la Ley.

Ofrendas para los sacrificios

Ofrendas para el mantenimiento de los que servían a Dios
El capítulo 18 del libro de Números recoge como Dios estableció la provisión para el mantenimiento de aquellos que se dedicaban a tiempo completo a la obra de Dios, en la dispensación de la Ley.
Los versículos 8 a 11 y 19, indican la parte de los sacrificios y de las ofendas voluntarias a Dios que los sacerdotes debían quedarse para cubrir sus necesidades y las de su familia.
Los versículos 12 a 18, 20 a 21 y 24, indican que también las primicias y los diezmos que se ofrendaban a Dios eran para los sacerdotes, como el salario de su ministerio en medio de Israel.
Todo lo anterior hace referencia a los beneficios que obtenían los sacerdotes y levitas por el trabajo que realizaban en las cosas del Señor. Ellos no tenían un territorio asignado como las otras tribus de Israel, ni tenían un salario fijo; Dios les proveía a través de sus hermanos, en la medida que estos presentaran sus ofrendas a Dios.
Hemos de hacer notas que los sacerdotes y levitas tenían la obligación de diezmar de aquello que recibían (Nm 18:26), para recordar y testificar que también lo que ellos recibía seguía siendo todo de Dios, y que ellos eran siervos de Dios que servían a su pueblo.
Ofrendas para el mantenimiento del Templo
Cuando el Tabernáculo se levantó en el desierto, se hizo en base a la abundante contribución que los hijos de Israel trajeron para este santo propósito, y fue tan grande la contribución que Moisés tuvo de pedir que no trajesen más (Éxodo 35:4-36:8).
Aquello fue una ofrenda especial, pero el mantenimiento del Tabernáculo primero, y del Templo después, requería una ofrenda repetida. En el primer capítulo del libro de Hageo se describe que en la época de la restauración Israel se olvidó de proveer para las necesidades del Templo, y cómo Dios les tuvo que enviar escasedad para que recordaran su responsabilidad para con Dios y su santuario.

Ayuda a favor de los necesitados
La Ley consideraba beneficiarios de los diezmos también a los extranjeros, los huérfanos y a las viudas, juntamente con los levitas, pues estos tres grupos de personas podían pasar necesidad debido a sus condición (Dt 14:28-29).
También se establecía que en el momento de la cosecha, todo lo que no se hubiera recogida en la primera pasada, quedara también para los extranjeros, los huérfanos y las viudas, para que recogiéndolo ellos tuvieran para atender sus necesidades básicas (Dt 24:17-22).
Todo lo que hemos mencionado eran ofrendas que se ofrecían a Dios, aunque los beneficiarios podían ser para los que servían a tiempo completo al Señor, el mantenimiento del Templo y su servicio, o los más necesitados de la sociedad israelita.